El secreto del duque Capítulo 19
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Capítulo 19

La noticia de que la boda volvía a estar en pie corrió por el condado con la misma velocidad con que había corrido la de su cancelación, solo que esta vez yo no me molesté en disimular nada.

Si tres semanas atrás había cruzado los salones con la barbilla alta para sobrevivir a la humillación, ahora la llevaba alta por otro motivo.

Dejé que me vieran ir a Ashworth Hall a plena luz.

Dejé que vieran a Nathaniel venir a buscarme a casa y quedarse a cenar con mi padre, que lo recibía como a un hijo y volvía a ofrecerle yeguas.

Dejé que el condado entero entendiera que lo que se había roto se había vuelto a unir, y que esta vez no era el escándalo del jardín lo que nos empujaba, sino algo que habíamos elegido los dos con los ojos abiertos.

Las tres cotillas estaban desconcertadas.

Una boda rota era un manjar; una boda rota que se recompone sin explicación clara las dejaba sin guion.

La señora Pruitt insinuó que el duque me había readmitido por lástima.

La señora Dunmore aseguró haber oído que en realidad nunca se había roto y que todo fue una estratagema.

La señora Vance, que no era de las que cotilleaban, propuso la teoría más cercana a la verdad sin pretenderlo: que aquellos dos se querían y punto, y que lo demás eran ganas de buscarle tres pies al gato.

Las otras dos la miraron como se mira a una traidora.

Yo las dejé hablar. Por primera vez en mi vida, lo que dijeran de mí me importaba menos que el barro de mis botas.

Lo que no vi —porque andaba demasiado ocupada siendo feliz, ese defecto mío que ya conocía— fue el efecto que toda aquella felicidad pública tuvo sobre la única persona del condado para quien era una catástrofe.

Me enteré de cómo se lo tomó Gerald por boca de mi padre, que se enteraba de todo sin enterarse de nada, esa habilidad suya.

—¿Sabes a quién me encontré ayer en Tetbury?

—dijo una noche durante la cena, mientras Nathaniel partía el pan—.

Al joven Ashby. Gerald. El hijo del viejo Ashby, el de las tierras del sur.

Hacía tiempo que no se le veía el pelo. —Mi padre masticó, ajeno por completo a la tensión que sus palabras provocaban en los otros dos comensales de la mesa—.

Curioso. Le saludé, por cortesía, y me preguntó por ti, Margaret.

Con mucho interés. Que cómo estabas, que si era cierto lo de la boda, que cuándo era.

Le dije que dentro de quince días y que estabas radiante.

—Sonrió, satisfecho de su propia amabilidad—.

Y entonces puso una cara rarísima. Como si le hubiera dado una mala noticia en lugar de una buena.

Gente extraña, los Ashby. Siempre lo fueron.

Nathaniel y yo cruzamos una mirada por encima de la mesa.

No dijimos nada delante de mi padre, que habría querido saberlo todo y no habría entendido nada, pero la mirada lo dijo por los dos: Gerald sabía.

Sabía que la boda iba en serio, que su segunda jugada había fracasado igual que la primera, que la carta que tanto le había costado robar no solo no nos había separado, sino que nos había unido más fuerte después de la tormenta.

Más tarde, cuando mi padre se retiró a sus puros y Nathaniel y yo nos quedamos un momento a solas en el saloncito, con la puerta abierta y Bett de carabina como mandaba la decencia, él me cogió la mano por encima de la mesa.

—No me gusta —dijo en voz baja—. Ashby preguntando por la fecha. Ashby reapareciendo justo ahora.

—A mí tampoco. Pero ¿qué puede hacer ya? Lo del jardín le falló. Lo de la carta le falló. Estamos juntos, la boda es en quince días, y por mucho que le pese, no hay nada que pueda…

—Meg. —Me apretó la mano, serio—. Un hombre que fuerza una ventana y roba para separar a dos personas no es un hombre que se rinda porque le hayan fallado dos planes.

Es un hombre que busca el tercero. Y los hombres como Ashby, cuando se les acaban los planes inteligentes, no se rinden.

Pasan a los planes estúpidos. Y los planes estúpidos son los peligrosos, porque ya no calculan. Solo quieren hacer daño.

Me quedé callada. Tenía razón, y yo lo sabía, y lo había sabido desde la conversación con Bett junto al fuego, solo que la felicidad de aquellas dos semanas me había adormecido la prudencia.

—¿Qué propones? —pregunté.

—Que no salgas sola. A ningún sitio. Ni al mercado, ni a la finca, ni a recoger setas a ese prado tuyo.

Hasta la boda, y hasta que averigüe cómo pararle los pies de una vez, no quiero que Ashby pueda encontrarte en ningún sitio sin gente alrededor.

—Me miró—. Sé que odias que te protejan.

Sé que prefieres la casa cayéndose a que nadie te sostenga.

Pero esto no es protegerte, Meg. Es estrategia.

Tú harías lo mismo si fuera tu finca la que pierde dinero: cerrarías la puerta por la que se escapa. Pues Ashby es la puerta. Ciérrala.

Lo dijo apelando a lo único a lo que yo no podía negarme: a la lógica pura y dura. Y funcionó, porque tenía razón.

—Está bien —dije—. No saldré sola. Te lo prometo.

Y lo dije en serio. Cumplí dos días. Dos días enteros sin poner un pie fuera de casa sin compañía, dos días en que Bett me acompañaba al gallinero y un mozo me seguía hasta el huerto, dos días en que me sentí ridícula y vigilada y protegida y a salvo.

Al tercer día llegó una nota de mi modista de Tetbury, la que me cosía el vestido de novia, diciendo que necesitaba una última prueba urgente, que si no iba aquella misma tarde el vestido no estaría listo para la boda.

Una nota perfectamente normal. Con la letra de la modista, que yo conocía. Con su sello.

Debí desconfiar. Había aprendido, a base de notas falsas en jardines y cartas en almohadas, que las notas urgentes que me sacaban de casa eran la herramienta favorita de cierto hombre. Debí mandar a Bett a comprobarlo, o esperar a que Nathaniel pudiera acompañarme, o sencillamente no ir.

Pero el vestido de novia tiene algo que nubla el juicio de cualquier mujer, hasta el de una que se enorgullece de no nublarse nunca.

Y la modista era de fiar, y la letra era suya, y el sello era el suyo, y faltaban trece días para la boda más importante de mi vida.

Así que me dije que Tetbury estaba lleno de gente a plena tarde, que iría derecha a la modista y volvería derecha a casa, que no corría ningún peligro entre tanta gente.

Enganché el caballo al carro. No avisé a Nathaniel, que estaba en su finca ocupándose precisamente de "pararle los pies a Ashby", fuera lo que fuera que eso significara.

No me llevé a Bett, porque tenía la colada a medias y me pareció una tontería arrancarla de ella para una prueba de media hora, así que opté por dejarle una nota explicándole lo que ocurría y le dije al mozo que no hacía falta que me acompañara a Tetbury en pleno día.

Rompí mi promesa de las tres maneras posibles a la vez, y me convencí de que no la rompía porque iba a un sitio público, de día, por un asunto inocente.

Salí hacia Tetbury sola, con la nota de la modista en el bolsillo y la cabeza llena de encaje y de futuro, sin sospechar que la modista llevaba todo el día en su taller sin haber escrito ninguna nota.