Capítulo 18
Salí hacia Ashworth Hall con las primeras luces, a caballo, sin desayunar y sin permitirme pensar demasiado, porque pensar demasiado era lo que llevaba semanas haciendo y solo me había servido para empeorar las cosas.
No sabía si me recibiría. No sabía si tenía derecho a que me recibiera.
Había roto un compromiso, lo había comparado con el hombre que lo chantajeaba a él y a mí, le había exigido una verdad y luego me había marchado sin volverme cuando él no pudo dármela.
Si Nathaniel me cerraba la puerta en las narices, estaría en su perfecto derecho.
Pero tenía que intentarlo. Llevaba semanas siendo el instrumento de Gerald sin saberlo, y no pensaba seguir siéndolo ni un día más.
Hobbes me abrió con su reverencia de siempre y un parpadeo de sorpresa que disimuló en el acto.
—Señorita Linley. Su excelencia está en la biblioteca. ¿Le anuncio?
—No hace falta que me anuncie, Hobbes. Hace falta que no me deje marchar antes de verlo, aunque tenga que sujetarme usted mismo. ¿Cuento con eso?
El viejo mayordomo, que llevaba treinta años en aquella casa y había visto romperse el compromiso de su señor sin decir una palabra, me miró con algo parecido a la aprobación.
—Cuenta con eso, señorita. Por aquí.
Nathaniel estaba donde lo había dejado tres semanas atrás, junto a los ventanales de la biblioteca, como si no se hubiera movido de allí en todo aquel tiempo.
Más delgado. Con peor cara. Con el costado, lo noté, más rígido que de costumbre, lo cual en él era un barómetro infalible del ánimo.
Se volvió al oír la puerta, y cuando me vio se quedó muy quieto, sin acabar de creérselo.
—Meg.
—No digas nada todavía. —Cerré la puerta a mi espalda, dejando a Hobbes fuera—. Déjame hablar a mí primero, porque he ensayado esto durante todo el camino y si me interrumpes lo perderé. ¿Puedo?
Asintió, sin moverse.
—Sé quién dejó esa carta en mi almohada.
—Vi cómo se le tensaba la cara—. Fue Gerald Ashby.
Él forzó la ventana de tu casa. Él registró tu despacho y robó esa carta.
Él me la hizo llegar nueve días antes de la boda sabiendo exactamente lo que yo iba a pensar al leerla.
Igual que él montó lo del jardín en casa de los Hartwell, con las dos notas falsas, para deshonrarme y forzarme a casarme con él.
Lo del jardín le salió al revés porque tú me pediste en matrimonio.
Y entonces buscó otra arma, y la encontró en tu cajón.
—Respiré—. Lo he atado todo esta semana, pieza por pieza.
No tengo pruebas que valgan en un tribunal, pero las tengo en la cabeza, y mi instinto para estas cosas no se equivoca. Fue él. Las dos veces fue él.
Nathaniel no dijo nada. Pero algo se le había encendido en los ojos, una mezcla de rabia fría hacia Gerald y de otra cosa que no me atreví a nombrar todavía.
—Y aquí está lo que de verdad he venido a decirte.
—Esta era la parte difícil; me obligué a sostenerle la mirada—.
Me equivoqué. No al desconfiar de una carta; cualquiera habría desconfiado, estaba hecha para eso.
Me equivoqué en lo otro. En no mirar todo lo demás.
Tú me pediste que mirara al hombre que conocía y decidiera si era capaz de lo que esa carta sugería, y yo no lo hice, porque tenía tanto miedo de que me engañaran otra vez que preferí creer lo peor antes que arriesgarme a confiar.
Llevo toda la vida protegiéndome así. Y por protegerme de ti, te dejé solo cargando con una deshonra que aceptaste para protegerme a mí.
—Se me quebró la voz, pero seguí—. He venido a decirte que sé que no me traicionaste.
Lo sé. No porque tenga pruebas de lo que dice esa carta, sino porque ningún hombre que me usara habría preferido perderme antes que mentirme.
Tú podías haberte inventado cualquier cosa aquella mañana y yo me la habría tragado.
No lo hiciste. Y eso, Nathaniel, eso me dice quién eres más que mil cartas.
El aire de la biblioteca se había vuelto otra cosa. Ya no era la tensión de tres semanas atrás, la de dos verdades irreconciliables. Era el de un hombre intentando hablar y no encontrando la voz.
—No necesito que me lo expliques —añadí, más bajo—.
He venido a decirte eso también. Sé que hay una promesa de por medio, una promesa que no puedes romper.
La respeto. Si me aceptas otra vez, me casaré contigo sin saber qué dice esa carta, confiando en tu palabra de que no es lo que parece.
Esta vez sí. Porque he aprendido, a un precio altísimo, que negarse a confiar también es una forma de equivocarse. Quizá la peor.
Nathaniel cruzó la distancia que nos separaba. Despacio, por el costado, pero sin detenerse, y cuando llegó hasta mí me tomó la cara entre las manos —las dos manos, cálidas, temblorosas— y apoyó su frente en la mía, y durante un momento ninguno de los dos dijo nada porque no hacía falta.
—No —dijo al fin, en voz baja, sin separarse—.
No vas a casarte conmigo sin saberlo. Ya no.
Has venido hasta aquí a ofrecerme tu confianza a ciegas, después de todo lo que has sufrido por confiar a ciegas en otros, y eso es…
—tragó saliva— es lo más valiente que ha hecho nadie por mí en toda mi vida.
No voy a pagártelo con un secreto. Te lo voy a contar.
Todo. Lo que le prometí a Daniel fue guardar el secreto ante el mundo, para protegerlos a ellos.
Nunca ante la mujer con la que me casara.
Esa parte la añadí yo, por miedo, y el miedo no es ninguna promesa que deba cumplir.
Me llevó hasta los dos sillones junto al fuego, los nuestros, y nos sentamos, y por primera vez desde que lo conocía no rodeó el pozo. Se asomó a él. Y me dejó asomarme con él.
—Se llamaba Daniel Carrow —empezó—. Era teniente, bajo mi mando, en Vitoria.
Tenía veintitrés años, una esposa en Bristol llamada Catherine y un hijo que no había llegado a conocer, porque embarcó antes de que naciera.
—Miraba el fuego, no a mí—. Era el mejor hombre de mi compañía.
Y el día del obús, el que me dejó esto —se tocó el costado—, yo estaba donde tenía que estar él, y él estaba donde tenía que estar yo, porque media hora antes le había cambiado el puesto.
Una orden de nada. Una de esas decisiones que tomas en un segundo sin pensar.
El obús cayó en su posición. En la que habría sido la mía.
Se me cerró la garganta. Empezaba a entender, y entender era mucho peor que sospechar.
—No murió en el acto —siguió Nathaniel, y la voz le salía cada vez más baja—.
Murió en mis brazos, dos horas después, mientras esperábamos a un cirujano que no llegó a tiempo.
Y en esas dos horas no habló de él. Habló de Catherine.
Del niño. Me hizo prometerle que no los dejaría solos, que velaría por ellos, que el pequeño no pasaría hambre ni se quedaría sin estudios por haberse quedado sin padre.
Me lo hizo jurar, Meg. Un hombre que se moría en mi sitio me pidió esa única cosa, y yo se la juré.
—Por fin me miró, y tenía los ojos llenos—.
Le envío dinero a Catherine cada trimestre.
Nodriza cuando el niño era pequeño. El médico.
El colegio, ahora. Y le pedí que no se lo contara a nadie, que mantuviéramos el secreto, porque…
porque si se sabía que el duque de Ashworth mantenía a una viuda y a un niño, el mundo pensaría exactamente lo que tú pensaste.
Y eso la deshonraría a ella, que no ha hecho nada, y mancharía la memoria de Daniel, que murió siendo el mejor de todos nosotros.
La discreción no era por mí. Era por ellos. Por él.
—Santo Dios… —murmuré.
—Tiene los ojos de Daniel. —Esbozó una sonrisa rota—.
Pero el niño ha empezado a imitar mis gestos en las pocas visitas que les hago; me he convertido, sin pretenderlo, en lo más parecido a un padre que ese crío tiene.
Y eso me destroza y me honra a partes iguales, porque no es mi hijo, Meg.
Es el hijo del hombre que murió en mi lugar.
Y cuidarlo es lo único que puedo hacer para soportar haber sobrevivido.
Ahí estaba el pozo entero, por fin, al descubierto.
La culpa de guerra que rodeaba sin asomarse.
El "mucha gente no tuvo suerte". El costado que le dolía siempre y que era la marca física del sitio que ocupó otro hombre.
Todo encajaba, y encajaba de la manera más noble y más dolorosa posible, y yo me sentí pequeña y avergonzada por haber leído en aquella carta una traición cuando lo que había era la prueba más limpia de la clase de hombre que tenía delante.
—Perdóname —dije, y las lágrimas que no había llorado delante de la señora Vance se me cayeron por fin, todas a la vez—. Perdóname por haber dudado. Por haberte dejado solo. Por haber creído, aunque fuera un instante, que eras capaz de…
—No. —Me cogió las manos—. No te disculpes por protegerte de la única manera que te enseñó la vida.
Yo tuve la culpa por callar. Debí contártelo el día que te pedí que confiaras en mí; pedirte confianza sin darte verdad fue injusto.
Estábamos los dos defendiéndonos de cosas distintas.
—Me apretó los dedos—. Gerald Ashby contaba con eso, Meg.
Con que los dos estábamos heridos en los puntos exactos donde nos golpeó.
No éramos tan difíciles de romper. Pero mira.
—Me dejó ver una media sonrisa—. Aquí estamos otra vez.
Resulta que sí éramos difíciles. Solo tardamos un poco.
Me reí entre lágrimas, esa risa fea y húmeda de cuando el alivio y la pena salen juntos.
—Te quiero —dije. Sin más. Sin haberlo decidido los dos a la luz del día con la cabeza fría, como habíamos jurado, sino allí, despeinada y llorando junto al fuego, porque algunas verdades no esperan a las condiciones ideales—.
Eso vine a decirte de verdad, debajo de todo lo demás.
Lo descubrí la noche de la manta y no te lo dije porque habíamos jurado decidirlo juntos.
Pues ya está decidido. Por mi parte está decidido desde hace semanas.
Te quiero, Nathaniel Ashworth, y me da igual el Prado Largo, y me da igual lo que diga el condado, y me da igual todo lo que no seas tú.
Nathaniel me miró como si le acabara de devolver algo que daba por perdido. Y entonces, por fin, sin biblioteca que nos interrumpiera, sin mayordomo, sin nadie, me besó.
No fue brusco. No fue la rabia convertida en otra cosa que yo había imaginado a veces.
Fue lento, y hondo, y completo, un beso de meses de espera y de tres semanas de pérdida, un beso que sabía a lágrimas mías y a alivio suyo, y que borró de un trazo todos los muros que yo había levantado en mi vida, porque contra aquel beso no había muro que sirviera.
Cuando nos separamos, apoyó otra vez su frente en la mía y soltó una risa baja, incrédula.
—Para que conste —murmuró—, esto sí lo hemos decidido los dos. A la luz del día. Con la cabeza, no diré que fría, pero presente. Queda cumplido el juramento.
—Queda cumplido —dije.
Y por un momento, aquella mañana, en la biblioteca dorada donde nos habíamos enamorado discutiendo, fuimos simplemente dos personas que habían estado a punto de perderse y no se habían perdido. Sin Gerald. Sin cartas. Sin tierras en disputa. Solo nosotros, y un fuego, y un beso largamente debido.
Me quedé en Ashworth Hall hasta media tarde.
Volvimos a hablar de la boda, esta vez sin sombras.
Y cuando por fin me marché, lo hice mirando atrás todo el camino, asomada a la ventanilla del carruaje hasta que la curva del seto me robó la casa, justo lo contrario de lo que había hecho tres semanas antes.
Aquella vez no me atreví a mirar. Esta vez no quería dejar de hacerlo.