Capítulo 17
La cancelación de una boda en un condado pequeño no es una noticia. Es un banquete. Y las tres cotillas se sentaron a la mesa con la servilleta puesta.
Nathaniel cumplió su palabra: la culpa la asumió él.
Hizo correr la versión de que era él quien se retiraba, que reconsiderado el asunto había decidido que el compromiso fue precipitado, fruto del escándalo del jardín y no de la voluntad sincera de las partes.
Un duque que se echa atrás queda como un veleta y poco más; una mujer que es plantada por un duque queda como mercancía devuelta.
Él eligió quedar de veleta para ahorrarme a mí lo otro.
Lo supe porque la señora Vance, que no era de las que cotilleaban pero que aquella semana batió todos sus récords, me lo contó con falsa compasión en el mercado, esperando verme llorar.
No lloré delante de ella. Llevaba veintidós años aprendiendo a no llorar delante de la gente que viene a verte llorar. Pero el esfuerzo me dejó hueca, y volví a casa aquel día con la cesta vacía porque se me había olvidado para qué había ido al mercado.
La gente, para mi sorpresa, fue más amable conmigo de lo que esperaba.
Quizá porque la versión de Nathaniel funcionó, quizá porque la solterona pobre que casi pesca a un duque y lo pierde da más lástima que rabia, el caso es que el condado decidió compadecerme en lugar de despellejarme.
Y descubrí que la compasión, cuando no la quieres, escuece casi tanto como el desprecio.
Las semanas siguientes las pasé haciendo lo que sé hacer: trabajar.
Volqué en la finca toda la energía que no sabía dónde meter.
Renegocié yo sola las deudas que íbamos a renegociar juntos, y lo hice bien, mejor de lo que las habría hecho con él mirándome por encima del hombro, me dije, mintiéndome.
Vigilé los caballos de mi padre. Le di clases a Tom, que había vuelto de Ashworth Hall confuso y triste, preguntando por qué ya no íbamos a ver al duque y por qué el poni se había quedado allí.
—¿Hice algo malo? —me preguntó una noche, con esa lógica terrible de los niños que creen que el mundo de los adultos gira en torno a sus faltas.
—No, cariño. Tú no hiciste nada. Los mayores… a veces los mayores rompen las cosas sin querer.
—¿El duque las rompió?
Dudé. Y en esa duda, por una vez, me oí a mí misma no estar segura.
—No lo sé, Tom. De verdad que no lo sé.
Esa fue la primera grieta en el muro. Una pregunta de un niño de nueve años.
Porque cuanto más tiempo pasaba, menos me encajaba. Y a mí las cosas que no encajan me quitan el sueño. De noche, en lugar de dormir, repasaba la escena de la biblioteca como quien recorre un camino conocido buscando dónde tropezó, y siempre tropezaba en los mismos sitios.
Primero: la carta. ¿Cómo había llegado a mi almohada?
Alguien había forzado una ventana de Ashworth Hall, había registrado el despacho de Nathaniel, había robado una carta privada que él guardaba bajo llave y me la había hecho llegar a mí, en secreto, exactamente nueve días antes de la boda.
Eso no lo hace el azar. Eso lo hace una mano.
Y una mano que se toma tantas molestias para romper una boda es una mano que quiere algo de esa boda rota.
Segundo: el comportamiento de Nathaniel.
Yo había repasado mil veces sus palabras, buscando la mentira, y no la encontraba.
Un hombre que tiene una amante y un hijo ilegítimo, descubierto a nueve días de casarse con otra, tiene dos salidas fáciles: negarlo todo ("no sé de qué me hablas, esa carta no es mía") o minimizarlo ("es un desliz del pasado, no significa nada").
Nathaniel no hizo ninguna de las dos. Reconoció la carta, no negó nada, no minimizó nada, y aun así juró que no era lo que parecía y se negó a explicarlo "por una promesa".
Esa no es la conducta de un culpable buscando salir del paso.
Es la conducta de un hombre atrapado entre dos lealtades.
Y los hombres que mienten para salvarse no eligen la versión que peor los deja.
Tercero, y este era el que más me desvelaba: si Nathaniel hubiera querido casarse conmigo a toda costa, le habría bastado con inventarse cualquier explicación creíble.
Yo estaba desesperada por creerle; se lo puse en bandeja, le supliqué que me lo explicara.
Un hombre sin escrúpulos habría improvisado una mentira piadosa y yo me la habría tragado encantada, y nos habríamos casado, y él habría conseguido todo lo que esa carta sugería que buscaba: las tierras, el buen nombre, lo que fuera.
Pero no mintió. Prefirió perderme antes que romper una promesa o que decirme una mentira fácil.
¿Qué clase de hombre hace eso? No uno que me usaba.
Uno que me respetaba demasiado para mentirme, incluso cuando mentirme le habría salido a cuenta.
Cada noche llegaba a la misma conclusión incómoda, y cada mañana la apartaba, porque aceptarla significaba aceptar que quizá me había equivocado, y que quizá había roto lo mejor que me había pasado por un papel que alguien dejó en mi almohada con muy mala intención.
Fue Bett quien lo dijo en voz alta lo que yo rumiaba en silencio.
—Señorita —me soltó una tarde, mientras zurcíamos juntas junto al fuego—, ¿puedo decirle una cosa sin que me eche?
—Desde cuándo pides permiso, Bett.
—La carta de la que me habló. —Dejó la labor—.
Llevo días dándole vueltas. Alguien que entra en una casa, fuerza una ventana, roba un papel concreto entre mil papeles y se las apaña para dejárselo a usted justo antes de la boda…
Sabía lo que le haría a usted leerla. —Me miró fijamente—.
¿A quién conoce usted, señorita, que quiera tanto romper su boda, y que tenga el estómago de meterse en casa ajena a robar?
No contesté. No hacía falta. El nombre se había formado solo en mi cabeza, frío y nítido, y me dejó un sabor a hierro en la boca.
Gerald.
Gerald, que conocía mis deudas antes de que yo se las contara.
Gerald, que me había avisado en el saloncito de que íbamos a terminar juntos por las buenas o por las malas.
Gerald, que en el baile de los Hartwell se había puesto blanco al oír el compromiso y se había marchado sin despedirse.
Gerald, que llevaba semanas callado, una quietud que yo había tomado por rendición y que ahora se me revelaba como otra cosa: la del que está ocupado trabajando.
—Bett —dije despacio—. La noche del baile de los Hartwell. Las notas que nos llevaron al jardín. Eran de letra adulta, las dos, firmadas como si una fuera de Tom. Letra disimulada, pero adulta.
—¿Y?
—Y la carta de la mujer la robaron de Ashworth Hall.
Pero las notas del jardín… esas las escribió alguien que sabía que mi punto débil es mi hermano.
Que si me decían "es sobre Tom", yo correría sin pensar.
—Solté la labor—. Solo unas pocas personas en el mundo saben que harían correr a Margaret Linley usando a su hermano.
Y una de ellas lleva cuatro años estudiándome como se estudia una plaza antes de asaltarla.
Bett se persignó.
—Madre de Dios. ¿Cree que fue él? ¿Las dos cosas? ¿El jardín y la carta?
—Creo —dije, y mientras lo decía las piezas iban encajando una tras otra con un chasquido casi audible— que Gerald Ashby montó lo del jardín para deshonrarme, convencido de que un duque jamás se rebajaría a casarse con la solterona pobre del vecino.
Creía que me quedaría manchada y sin opciones, y que entonces él aparecería como el único dispuesto a "salvarme" casándose conmigo.
Su plan de siempre, pero por la fuerza. —Me levanté, incapaz de seguir sentada—.
Solo que le salió al revés. Nathaniel me pidió en matrimonio delante de todos y le arruinó la jugada.
Por eso se puso blanco en el baile. No esperaba eso. Nadie lo esperaba.
—Y entonces… —Bett seguía el hilo con los ojos muy abiertos.
—Y entonces, al ver que la boda iba en serio, que no era de fachada, que Nathaniel y yo…
—se me cerró la garganta— buscó otra arma.
Se metió en Ashworth Hall, encontró algo que pudiera destruirnos, y lo usó.
La carta. No le importó que fuera verdad o mentira lo que esa carta sugiriera. Le bastó con que a mí me lo pareciera.
Me quedé de pie junto al fuego, temblando, no de frío, con toda la historia recompuesta delante de mí, encajada al fin pieza con pieza, y con un resultado espantoso.
Gerald no había intentado romper mi boda porque me quisiera.
La había roto porque no soportaba perder.
Y yo, yo había hecho exactamente lo que él necesitaba que hiciera: había leído su carta envenenada, había desconfiado de Nathaniel, había roto el compromiso con mis propias manos.
Le había hecho el trabajo. Me había convertido en el instrumento de mi propia desgracia, y encima había dejado a Nathaniel solo, cargando con una deshonra que aceptó para protegerme, mientras el verdadero culpable miraba desde la sombra cómo su plan, fracasado una vez, triunfaba a la segunda.
—Tengo que hablar con él —dije—. Con Nathaniel. Tengo que…
—Tiene que tener cuidado —me cortó Bett, y había miedo en su voz—.
Señorita, escúcheme. Si ese hombre fue capaz de meterse en casa de un duque a robar, si lleva cuatro años detrás de usted y acaba de ver cómo su segundo plan le sale bien…
no se va a quedar quieto ahora que casi lo tiene.
Ha conseguido separarla del duque. Lo siguiente que querrá es ocupar el sitio que ha dejado vacío.
Y usted está otra vez sola, sin compromiso, sin la protección de un duque, exactamente donde él la quería.
Tenía razón. Bett siempre tenía razón.
Aquella noche apenas dormí, pero por una vez no fue el insomnio del que da vueltas sin rumbo.
Fue el de quien ya sabe lo que tiene que hacer y solo espera a que amanezca para hacerlo.
Iría a Ashworth Hall en cuanto saliera el sol.
Le pediría perdón a Nathaniel por haber dudado, le diría que sabía lo de Gerald, que entendía que tuviera una promesa que guardar y que no necesitaba conocer sus detalles para confiar en él.
Se lo diría todo. Y dejaría que él decidiera si todavía quería a la mujer que había roto su compromiso por un papel.
Era un buen plan. Lo repasé en la oscuridad una y otra vez, buscándole los fallos, y no le encontré ninguno.
El fallo no estaba en mi plan. Estaba en que yo no era la única persona del condado haciendo planes aquella noche.