El secreto del duque Capítulo 16
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Capítulo 16

Fui a Ashworth Hall a la mañana siguiente, antes de que la sensatez tuviera ocasión de detenerme, con la carta y los recibos en el bolsillo y una noche entera sin dormir pesándome en los párpados.

Hobbes me abrió con su reverencia de costumbre y algo en mi cara debió de avisarle, porque no anunció el té ni me preguntó por mi salud.

Me condujo directo a la biblioteca, donde Nathaniel estaba de pie junto a los ventanales con una taza en la mano y la luz dorada de la mañana cayéndole encima como el primer día que elegí libros allí.

Se volvió al oírme. Sonrió. Aquella sonrisa que ya le salía entera, la que le había costado meses, y que ahora me dolió mirar como duele mirar al sol.

—Meg. No te esperaba tan temprano. —Dejó la taza—. ¿Ha pasado algo? Tienes mala cara.

—Tengo mala cara porque no he dormido. —Saqué la carta del bolsillo y la dejé sobre la mesa, entre los dos, con los recibos encima—. Y tú vas a explicarme esto.

Nathaniel bajó la vista a la mesa. Y vi el momento exacto en que reconoció lo que era: cómo la sonrisa se le borró, cómo se le fue el color, cómo el cuerpo entero se le quedó muy quieto de esa manera en que se quedaba quieto cuando algo le importaba demasiado.

No fue la quietud de un hombre sorprendido por una acusación falsa.

Fue la de un hombre que ve, sobre una mesa, lo que creía guardado bajo llave.

Esa quietud me terminó de romper. Una parte cobarde de mí había ido hasta allí rezando por encontrarlo desconcertado, por que me dijera "¿qué es esto?, no lo había visto en mi vida". Pero lo había visto. Lo conocía. Y su cara lo confesó antes que su boca.

—¿De dónde has sacado esto? —preguntó en voz baja.

—¿Esa es tu pregunta? —La voz me temblaba y la odié por temblar—.

¿No "qué es"? ¿No "puedo explicarlo"? Tu primera pregunta es de dónde lo he sacado.

Como si lo único que te importara fuera saber quién ha abierto el cajón.

—Empujé los recibos hacia él—. Es tu letra, Nathaniel.

En todos. Nodriza. Médico. Colegio. Años de pagos.

Y una carta de una mujer que firma "C" y que te escribe "nosotros dos".

Así que no. No me preguntes de dónde lo he sacado.

Pregúntame otra cosa. La que sea. Pero no esa.

Cogió la carta. La desdobló con cuidado, como si pudiera romperse, y la leyó, y mientras la leía vi pasarle por la cara una sucesión de cosas que no supe nombrar: dolor, sí, y algo parecido a la pena, y al final una especie de cansancio antiguo, el de quien carga un peso desde hace tanto que ya ha olvidado cómo se anda sin él.

—¿Lo has leído entero? —preguntó.

—Tres veces. Cuatro. Me lo sé de memoria, si quieres te lo recito.

—Entonces sabes lo que dice.

—Sé lo que dice. Lo que no sé es por qué me lo has ocultado.

—Di un paso hacia él, y la rabia y el dolor se me mezclaban de tal modo que ya no sabía cuál de los dos hablaba—.

Nueve días, Nathaniel. Nos casamos en nueve días.

Y tú tienes una mujer y un hijo en alguna parte a los que mantienes en secreto, a los que pagas el colegio, que te escriben cartas de amor, y en todos estos meses, en todas esas noches a las dos de la madrugada, en todas esas promesas de honestidad que me hiciste mirándome a los ojos, no encontraste ni un solo momento para decírmelo.

—Meg…

—Me hiciste jurar. —La voz se me quebró del todo—.

Me hiciste jurar que lo importante lo decidiríamos los dos, a la luz del día, con la cabeza fría.

Y resulta que tú ya tenías una vida entera decidida a mis espaldas, guardada en un cajón.

¿Sabes lo que es eso? Es exactamente lo que me hizo Gerald, solo que él al menos tuvo la decencia de mentirme a la cara en lugar de mentirme con el silencio.

Eso le dolió. Lo vi. Compararlo con Gerald fue cruel y lo hice a propósito, porque yo estaba sangrando y quería que él sangrara conmigo, que es la cosa más fea que hace el dolor: buscar compañía.

—No es lo que crees —dijo.

—Pues dime qué es. Te escucho. Llevo toda la noche esperando a que me digas qué es.

—Crucé los brazos para que no se me notara que temblaba—.

Explícamelo. La mujer. El niño. Los pagos.

El secreto. Todo. Y hazlo bien, Nathaniel, porque de lo que digas en los próximos minutos depende si hay boda o no.

Y entonces hizo lo único que yo no estaba preparada para soportar.

No me explicó nada.

Se quedó callado. Apretó la carta en la mano, miró por el ventanal hacia el prado donde un día discutimos por un camino, y cuando volvió a hablar su voz era la de un hombre que ha tomado una decisión que le cuesta la vida.

—No puedo contártelo.

—¿Cómo que no puedes?

—No puedo, Meg. No es solo mi secreto. Hay otras personas.

Hice una promesa, y esa promesa incluye el silencio, y no voy a romperla ni siquiera ahora, ni siquiera por esto.

—Se volvió hacia mí, y tenía los ojos brillantes pero la voz firme—.

Te juro por lo que quieras que esa carta no significa lo que tú crees.

Te juro que no te he traicionado, que no hay ninguna mujer que ocupe el lugar que vaya a corresponderte a ti.

Eso te lo juro y puedes creerme o no. Pero los detalles, el quién y el porqué…

no puedo dártelos. No me pertenecen solo a mí.

Lo miré, incrédula.

—¿Me estás pidiendo que me case contigo dentro de nueve días confiando en tu palabra, sin una sola explicación, con esto sobre la mesa?

—Te estoy pidiendo que confíes en mí. Sí.

Es exactamente lo que te estoy pidiendo.

—Dio un paso hacia mí—. Sé lo que parece.

Sé que parece lo peor. Pero te estoy pidiendo que mires todo lo demás, todo lo que ha pasado entre nosotros estos meses, y que decidas si el hombre que conoces es capaz de lo que esa carta sugiere.

Eso es lo único que te pido. Que me creas a mí por encima de un papel.

Y ahí estaba la trampa, la verdadera, la que ni él ni yo veíamos todavía: que me pedía exactamente lo que yo no podía dar.

Porque yo había construido toda mi vida sobre no confiar en las palabras de los hombres encantadores.

Mi padre me había prometido mil veces que esta vez el caballo daría beneficio.

Gerald me había jurado afecto mientras me chantajeaba.

Había aprendido, a fuerza de golpes, que cuando un hombre te pide que confíes en su palabra en lugar de en las pruebas, casi siempre es porque las pruebas le dan la razón a tu miedo.

Y aun así. Aun así, una parte de mí, la que se había dormido la noche anterior abrazada a su manta, quería creerle.

Quería agarrarse a ese "te lo juro" y olvidar los recibos.

Y esa parte me daba más miedo que toda la carta, porque era la parte que mi padre y Gerald habían usado contra mí toda la vida.

—No puedo —dije al fin, y cada palabra me costó sangre—.

No puedo casarme contigo a ciegas, Nathaniel.

No me pidas eso. Si me caso contigo sin saber la verdad, dejo de ser yo.

Me convierto en mi padre creyendo que el próximo caballo será distinto.

Y prefiero perderte sabiendo la verdad que conservarte tragándome una mentira.

—No es una mentira.

—Entonces demuéstramelo. Cuéntamelo. Es así de fácil.

—No lo es. Ojalá lo fuera. —Cerró los ojos un instante—.

Hay una promesa de por medio, Meg. Una promesa hecha a alguien que ya no puede liberarme de ella.

Y si tengo que elegir entre romper esa promesa o perderte a ti…

—La voz se le rompió, por fin, en la última palabra—.

Dios me perdone, pero no puedo romperla.

Ni por ti. Y saber que eso me cuesta lo único bueno que me ha pasado en años es el peor castigo que podían haberme buscado.

Nos quedamos los dos en silencio en aquella biblioteca dorada, a tres pasos de distancia y a un mundo entero, con una carta sobre la mesa que ninguno de los dos había escrito y que sin embargo nos estaba destrozando a los dos.

Y comprendí, con una claridad fría y horrible, que los dos teníamos razón a la vez, que era lo peor que podía pasar.

Él no podía romper su promesa. Yo no podía casarme a ciegas.

Ninguno mentía. Ninguno cedía. Y entre esas dos verdades irreconciliables no había sitio para una boda.

—Entonces no hay nada más que hablar —dije dándome la vuelta.

—Meg. —Su voz me detuvo en la puerta. No me volví—.

La boda. El condado. El escándalo. Si la cancelas tú, te destrozará.

Lo sabes. Volverás a ser la mujer del jardín, y esta vez sin remedio.

Deja que la cancele yo. Que la culpa sea mía.

Puedo soportarlo; soy duque, ya te lo dije, el mundo está hecho para que a mí no me pase nada. Deja que al menos te proteja en esto.

Y fue eso —su ofrecimiento, en mitad de la peor mañana de mi vida, de cargar él con la deshonra para ahorrármela a mí— lo que estuvo a punto de hacerme dar la vuelta y creerle.

Porque un hombre que acaba de perderte y cuya primera preocupación sigue siendo protegerte no encaja, no encaja en absoluto, con el hombre que aquella carta describía.

Pero no me di la vuelta. No podía. El miedo de toda una vida pesaba más que un solo gesto bueno, por hermoso que fuera.

—Haz lo que quieras con el escándalo —dije, sin volverme—. Ya no me importa. Adiós, Nathaniel.

Y salí de la biblioteca dorada, crucé el vestíbulo donde Hobbes fingió no ver que lloraba, y subí al carruaje que me llevó de vuelta a una casa que volvía a ser solo mía, deshaciendo en una mañana todo lo que habíamos tardado meses en construir.

No miré atrás ni una vez. No me atreví. Si lo hubiera hecho, lo habría visto en el ventanal de la biblioteca, de pie, con la luz dorada cayéndole encima y la carta entre las manos, y no estaba segura de que mi resolución resistiera esa imagen.

Así que clavé la vista al frente, en el camino, en mis manos cerradas sobre el regazo, en cualquier cosa menos en la casa que dejaba atrás.