El secreto del duque Capítulo 15
54%

Capítulo 15

Faltaban doce días para la boda cuando Ashworth Hall amaneció con una ventana forzada.

Me enteré porque estaba allí. Había tomado la costumbre de pasar las mañanas en la casa que pronto sería mía, ayudando a Nathaniel a poner orden en los asuntos de la finca, que llevaban seis meses esperando una cabeza que supiera de dinero.

Aquel día llegué temprano, con la escarcha todavía blanca sobre el césped, y encontré al servicio revuelto y al mayordomo, el imperturbable Hobbes, con una cara que no le había visto nunca.

—¿Qué ocurre, Hobbes?

—Un robo, su… señorita. —Todavía no sabía cómo llamarme, a medio camino entre la solterona y la duquesa—. O un intento. La ventana de la salita del ala este apareció forzada esta mañana. El pestillo estaba roto desde fuera.

—¿Falta algo?

—Eso es lo extraño. —Hobbes frunció el ceño—. Nada de valor. La plata está completa. Los candelabros, los relojes, todo en su sitio. Su excelencia está revisando su despacho ahora mismo, pero a primera vista… no falta nada que un ladrón quisiera llevarse.

Eso me dio mala espina antes de saber por qué. Un ladrón que fuerza una ventana y no se lleva la plata no es un ladrón. Es otra cosa. Es alguien que buscaba algo concreto.

Encontré a Nathaniel en su despacho, de pie ante el escritorio, con los cajones abiertos y los papeles revueltos.

No tenía la cara de un hombre al que han intentado robar la plata.

Tenía la cara de un hombre que comprueba si le falta algo que importa mucho más que la plata, y la tensión de su mandíbula me dijo que la respuesta no le estaba gustando.

—¿Falta algo? —pregunté desde la puerta.

Se sobresaltó. No me había oído entrar, lo cual en un hombre que calculaba salidas hasta en una habitación vacía era señal de que estaba muy lejos.

—Meg. —Cerró un cajón, demasiado rápido—. No. No falta nada. Un ladrón torpe que se asustó y huyó con las manos vacías. No te preocupes.

Mentía. Lo supe en el acto, porque mentir se le daba mal cuando le importaba —se le daba estupendamente cuando no, como a todos los hombres de su clase, pero cuando algo le tocaba de verdad, la mentira le salía rígida, ensayada, con una palabra de más—.

"No te preocupes" era la palabra de más.

Nathaniel no me decía nunca que no me preocupara; sabía que era inútil, que yo me preocupaba de oficio.

Que lo dijera ahora significaba que quería cerrar el tema, y que quisiera cerrar el tema significaba que el tema estaba abierto de par en par.

Pero no insistí. Tenía sus cuartos cerrados, ya lo sabía, y forzar uno el día en que alguien había forzado literalmente una ventana de su casa me pareció poco delicado.

Me dije que, fuera lo que fuese lo que faltaba, él me lo contaría cuando estuviera listo.

Me dije que confiar era parte del trato que habíamos hecho de igual a igual.

Los días siguientes fueron, por fuera, los más dulces de todo el noviazgo.

Como si el susto del robo nos hubiera empujado a aprovechar el tiempo, Nathaniel y yo dejamos de fingir tan a conciencia que no pasaba nada entre nosotros.

No volvimos a estar a punto de besarnos —los dos lo evitábamos con un cuidado casi cómico, conscientes de que la próxima vez nadie nos interrumpiría y de que entonces no habría vuelta atrás—, pero sí ocurrieron mil cosas pequeñas que pesaban más que un beso.

Me guardaba el mejor sitio junto al fuego.

Aprendió cómo tomaba el té sin preguntármelo.

Cuando leíamos en la biblioteca, cada uno en su sillón, a veces levantaba yo la vista y lo encontraba mirándome por encima de su libro, y él no apartaba los ojos con la culpa de antes, sino que sostenía la mirada un momento y volvía a su página con media sonrisa, como quien ha confirmado algo que le gusta.

Empezó a llamar a Tom "general" en serio, y a enseñarle a montar en un poni manso que apareció en las cuadras sin que nadie hubiera hablado de comprar un poni.

Y una tarde, cuando un asunto de la finca se me resistía y yo me había quedado hasta tarde peleándome con él a la luz de las velas, entró sin hacer ruido, dejó una manta sobre mis hombros y un plato de pan y queso junto al tintero, y se sentó enfrente a leer en silencio para hacerme compañía sin molestarme, hasta que lo resolví y eran las dos de la madrugada y los dos teníamos la risa floja del cansancio.

—Deberías estar durmiendo —le dije.

—Tú también.

—Yo tengo un asunto que no se resuelve solo. Tú no tienes excusa.

—Mi excusa estaba sentada a esta mesa peleándose con un libro mayor a las dos de la mañana, y me pareció una excusa excelente para no irme a dormir. —Cerró su libro—. Eres la única persona que conozco que se pelea con los problemas de la casa como si fueran enemigos personales.

—Los números y yo tenemos una larga historia de desencuentros. Empezó cuando mi padre compró el primer caballo y esta casa dejó de ir bien para siempre.

—Tu padre. —Negó con la cabeza, pero sin crueldad; con una especie de cariño exasperado que había ido creciendo en él hacia mi desastroso progenitor—.

¿Sabes que la semana pasada intentó venderme una yegua?

A mí. Su futuro yerno. Me la presentó como "una ganga irrepetible".

Le dije que ya tenía caballos suficientes y me ofreció un descuento por ser de la familia.

Me reí tan fuerte que tuve que taparme la boca para no despertar la casa.

—No le habrás comprado nada.

—Le compré la yegua.

—¡Nathaniel!

—¿Qué iba a hacer? Me miraba con esa cara de cachorro que pone.

Además, entre tú y yo, no era mala yegua.

Tu padre tiene un ojo excelente para los caballos.

Su problema no es comprarlos; es venderlos a tiempo.

Esa yegua, bien revendida en primavera, hasta dará beneficio.

—Se encogió de hombros—. Considéralo una inversión en mantener contento a mi suegro. Sale más barato que las alternativas.

Lo miré por encima de las velas, aquel hombre que se quejaba de mi padre y le compraba yeguas, que regañaba a Tom y le enseñaba a montar, que cargaba un costado roto y una herida que no me enseñaba y que sin embargo se sentaba a las dos de la madrugada a hacerme compañía mientras yo me peleaba con los papeles.

Y sentí algo tan grande y tan claro en el pecho que me asustó, porque ya no había manera de llamarlo de otra forma, ya no servían los rodeos de "respeto" ni de "acuerdo ventajoso".

Era lo que era. Y lo era desde hacía más tiempo del que estaba dispuesta a confesar.

No se lo dije. Era demasiado tarde, estaba demasiado cansada, y además habíamos jurado que eso lo decidiríamos los dos a la vez, a la luz del día y con la cabeza fría, no a las dos de la madrugada.

Pero me lo dije a mí misma, en silencio, que es donde una se dice las verdades importantes antes de atreverse a decirlas en voz alta.

Me estaba enamorando de él. De Nathaniel Ashworth, el malo del Prado Largo, el que me cerró el camino, el que me llamó a la cara hija de un jugador.

Lo notaba con una claridad que no admitía discusión, y la idea, en lugar de aterrarme como había temido, me dejó una calma rara, como cuando algo que llevas mucho tiempo temiendo por fin pasa y resulta que se puede vivir con ello.

Me fui a casa de madrugada, en el carruaje, con la manta de Nathaniel sobre los hombros porque había insistido en que me la llevara para el frío. Olía a él y me dormí casi abrazada a ella, como una niña.

Tres días después llegó la carta.

No vino con la correspondencia normal, esa que Bett dejaba en la bandeja del vestíbulo.

Apareció en mi habitación, sobre la almohada, sin sobre, sin sello, sin una sola palabra que dijera de dónde venía ni quién la había dejado allí.

Doblada en cuatro, con los bordes ya gastados de haber sido doblada y desdoblada por otras manos antes que las mías.

La encontré al subir a acostarme. La casa estaba en silencio, mi padre roncaba al otro lado del pasillo, Tom dormía en Ashworth desde que había empezado lo del poni. Cogí la carta pensando que sería una nota de Bett, o un recado olvidado, y la abrí junto a la vela sin ninguna alarma.

No era de Bett.

La letra era de mujer. Fina, inclinada, con esa caligrafía cuidada de quien ha aprendido a escribir con esfuerzo y le tiene respeto al papel. Estaba fechada hacía año y medio. Y empezaba así:

"Mi querido Nathaniel:"

Se me paró algo dentro antes de seguir leyendo. Pero seguí. Claro que seguí. Una no encuentra una carta que empieza así, dirigida al hombre con el que va a casarse en nueve días, y la deja sin leer.

"No sé cómo agradecerte lo del último envío.

El médico dice que el pequeño está mucho mejor, que la fiebre cedió gracias a las medicinas que pudimos pagar, y que si seguimos así pasará el invierno sin peligro.

No habría sido posible sin ti. Sé que para ti esto no es caridad sino algo que le debes al niño y a mí, pero permíteme dártelas una vez más, porque sin ti no sé qué habría sido de nosotros dos… "

La carta seguía. Hablaba del niño con una ternura que me cortaba el aliento: que ya empezaba a hablar, que preguntaba cosas…

Hablaba del colegio al que esperaban mandarlo "cuando tenga edad, si Dios quiere y tú lo permites, porque sé que tú quieres para él lo mismo que yo".

Hablaba de lo sola que estaba, de lo difícil que era criarlo sin un padre cerca, y de lo mucho que significaba saber que él, pese a la distancia y a todo lo que los separaba, no los había abandonado.

Pedía discreción: "sé que tienes tus motivos para que nadie sepa de nosotros, y los respeto, aunque me duela.

Algún día, quizá, las cosas puedan ser distintas.

" Estaba firmada solo con una inicial. Una "C" temblorosa, trazada con afecto.

Y dentro de la carta, doblados con ella, había recibos.

Varios. De una nodriza, pagada trimestralmente.

De un médico, por visitas y medicinas. De un colegio, una reserva de plaza para un niño cuyo nombre no aparecía.

Todos con la misma firma al pie autorizando el pago: la de Nathaniel Ashworth.

Su letra. La que yo conocía de memoria de meses de cartas a medianoche sobre mojones y cosechas. Inconfundible.

Me quedé sentada en el borde de la cama con la carta en una mano y los recibos en la otra, y la vela temblando porque me temblaba a mí el pulso, y el mundo entero recolocándose a mi alrededor de una manera espantosa.

Una mujer. Un niño. Pagos durante años. Nodriza, médico, colegio. Una "C" que firmaba con afecto y le pedía discreción. "Sin ti no sé qué habría sido de nosotros dos." "Sé que tienes tus motivos para que nadie sepa de nosotros." "Algún día, quizá, las cosas puedan ser distintas."

Su padre.

Esa fue la palabra que se me clavó. Intenté pensar con la cabeza fría, como intentaba pensarlo todo siempre, pero la frialdad no me servía ahora, o me servía demasiado bien, porque todo apuntaba en la misma dirección horrible.

Un hombre con un pozo cerrado del que no me dejaba acercarme.

Una zona de su pasado que rodeaba sin asomarse, que despachaba con un “¿Hablamos de algo menos lúgubre?” cada vez que me acercaba demasiado.

Una mujer sola en alguna parte que le escribía "nosotros dos" y le pedía discreción.

Un niño... Y pagos, pagos durante años, con su firma al pie, de nodriza y médico y colegio, la clase de gasto sostenido que un hombre solo asume por una cosa en este mundo.

Un secreto que guardaba con tanto cuidado que, cuando alguien le forzó una ventana y se lo robó, me mintió a la cara y me dijo que no faltaba nada.

Eso era lo que faltaba. Esto. La carta que ahora yo tenía en las manos.

Y de pronto todo encajó de la peor manera posible: el robo no había sido un ladrón torpe.

Alguien había entrado en Ashworth Hall a buscar algo y había encontrado exactamente esto, lo había encontrado, y me lo había hecho llegar a mí.

Alguien quería que yo lo supiera. Alguien quería romper lo que había entre Nathaniel y yo nueve días antes de la boda, y había encontrado el arma perfecta para hacerlo.

Pero no pensé en nada de eso aquella noche.

No tuve cabeza para el quién ni para el porqué.

La cabeza se me había quedado atascada mucho antes, en una idea sola que lo tapaba todo y que me llenó el pecho de un frío que conocía bien: el frío de cuando una se da cuenta de que ha vuelto a confiar en alguien que se reservaba lo más importante.

Porque eso era lo que de verdad me partía en dos, más que la mujer y más que el niño.

No era que Nathaniel tuviera un pasado; todos lo teníamos.

Era que me había mirado a los ojos un mes atrás, en mi despacho, y me había prometido honestidad.

Me había dicho que no me mentiría aunque doliera, que prefería una verdad incómoda a un consuelo falso.

Me había hecho jurar que lo importante lo decidiríamos los dos, a la luz del día, con la cabeza fría.

Y mientras me decía todo aquello, mientras me prestaba libros y me dejaba mantas sobre los hombros y me compraba yeguas absurdas a mi padre, tenía guardada en un cajón una mujer que firmaba "nosotros dos" y un hijo al que pagaba el colegio, y no me había dicho ni una sola palabra.

Me había enamorado de un hombre, y el hombre del que me había enamorado no existía. O existía a medias, con un cuarto cerrado en el que vivía otra familia, y yo me iba a casar con la mitad que me había dejado ver.

Apagué la vela. No para dormir —no dormí— sino porque no soportaba seguir viendo aquella letra suya al pie de los recibos, la misma con la que me había escrito sobre mojones a medianoche.

Y en la oscuridad, abrazada todavía sin querer a la manta que olía a él y que ahora me daba ganas de tirar al fuego, hice lo único que sabía hacer cuando el suelo se hundía bajo mis pies.

Empecé a levantar muros.