El secreto del duque Capítulo 14
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Capítulo 14

Nathaniel me invitó a Ashworth Hall un jueves por la tarde, con la excusa de que tenía que elegir las habitaciones que serían mías cuando me casara, y aquella excusa nos llevó, sin que ninguno lo planeara, a la biblioteca.

Era la habitación que más me gustaba de toda la casa.

Lo había sido desde el día en que entré a discutir por un camino, aunque entonces estaba demasiado furiosa para reconocerlo.

Tenía dos pisos de libros, una escalera de caracol de hierro para alcanzar los de arriba, y unos ventanales altos por los que la luz de la tarde entraba dorada y se posaba sobre el polvo como si lo hiciera a propósito.

—Elige —dijo Nathaniel, abriendo el brazo hacia las estanterías—. Los que quieras. Para tu cuarto nuevo. Una mujer debería empezar una casa con sus propios libros, no con los heredados de un marido.

—Eso es lo más sensato que has dicho nunca.

—Lo sé. Anótalo. No pasará a menudo.

Subí la escalera de caracol mientras él se quedaba abajo, junto a la mesa, porque la escalera y su costado no eran amigos.

Recorrí los lomos con el dedo, sacando uno, devolviéndolo, sacando otro, embriagada de una manera que solo entienden los que han pasado años sin poder comprar un libro.

Y desde arriba, sin volverme, le hablaba, y él me contestaba desde abajo, y nuestras voces se cruzaban en aquella luz dorada con una facilidad que no habíamos tenido nunca, quizá porque no nos estábamos mirando.

—Este —dije, levantando un volumen—. ¿Lo has leído?

—Todos. Los inviernos en esta casa son largos y la guerra me dejó muchas noches sin sueño. Leí toda esa pared el primer año.

—¿Toda?

—Toda. No es mérito. Es insomnio con buena biblioteca.

Bajé con seis libros apretados contra el pecho, más de los que podía cargar, y en el penúltimo escalón uno se me escapó. Me incliné a cogerlo sin soltar los otros, perdí el equilibrio, y el mundo se ladeó.

No llegué a caer. Nathaniel se había movido —rápido, más rápido de lo que su costado debería haberle permitido— y me sujetó por el codo y la cintura, y los seis libros se desparramaron por el suelo de la biblioteca con un estruendo de tapas y páginas, y yo quedé sostenida contra él, en el último escalón, con su brazo firme rodeándome y su cara a un palmo de la mía.

Ninguno se movió.

Olía a tinta, a lana buena y a algo más cálido debajo, algo que era solo suyo.

Sentía su respiración, un poco agitada por el esfuerzo del movimiento brusco, y bajo mi mano —que sin darme cuenta había ido a parar a su pecho— el latido fuerte y rápido de un corazón que no estaba tan tranquilo como su dueño pretendía.

Sus ojos grises, tan cerca, ya no me parecían de lluvia.

Me parecían de tormenta a punto de descargar.

—Te tengo —dijo en voz baja, y la voz le salió ronca.

No me soltó, y yo no me aparté. Estábamos los dos en ese borde otra vez, el mismo del prado de las setas, solo que aquí no había niebla que culpar ni lluvia que inventar, solo una biblioteca dorada y seis libros en el suelo.

Nathaniel bajó la mirada a mi boca. Esta vez no la apartó. Y yo, que me había ordenado tantas veces no notar el calor de su mano, dejé de darme órdenes por un momento y simplemente lo miré, y le di permiso con los ojos.

Se inclinó. Despacio. Lo bastante despacio para que yo pudiera apartarme si quería, lo cual era su manera de preguntar sin palabras, y yo no me aparté, que era mi manera de contestar.

Y entonces, abajo, en el vestíbulo, se oyó la voz del mayordomo y unos pasos, y la magia se rompió como se rompe el agua cuando cae una piedra.

Nos separamos. Rápido, torpes, como dos críos sorprendidos en una travesura.

Nathaniel se agachó a recoger los libros con una concentración excesiva, y yo me alisé la falda que no necesitaba alisarse, y para cuando el mayordomo entró a anunciar que el té estaba servido, éramos otra vez dos personas perfectamente decentes a una distancia perfectamente decente, salvo por el color de nuestras caras, que no había manera de disimular.

El mayordomo, que llevaba treinta años en aquella casa y había visto de todo, no dijo nada. Pero la comisura de su boca, idéntica a la de su señor, lo dijo por él.

Tomamos el té. Hablamos de los libros que me llevaba.

Fingimos los dos que no había pasado nada, porque nombrarlo habría sido darle un peso que todavía no estábamos listos para sostener.

Pero algo había cambiado, y los dos lo sabíamos, y se notaba en cómo él me pasaba la taza con cuidado de no rozarme y en cómo yo cuidaba de no rozarlo, porque ahora rozarse era peligroso de una manera nueva.

Cuando me marché, ya de noche, Nathaniel me acompañó al carruaje. Y antes de que subiera, me detuvo con una mano en el brazo.

—Meg. —Dudó, lo cual era raro en él—. Lo de antes.

En la biblioteca. No quiero que pienses que…

que me aprovecho de la situación. Estás a punto de casarte conmigo porque no tuviste más remedio.

Lo último que quiero es que sientas que también tienes que…

—se buscó las palabras— que pagar el favor de alguna manera.

No me debes nada de eso. Quiero que lo sepas.

Lo miré. Bajo la luz del farol del carruaje, con la cara seria y aquella honestidad suya que me desarmaba más que cualquier galantería, me pareció el hombre menos peligroso y más peligroso del mundo a la vez.

—Nathaniel —dije—. Si en la biblioteca hubiera sentido que te pagaba un favor, te habría dejado caer a ti escaleras abajo, costado incluido.

No me confundas con una mujer que hace las cosas por obligación.

Lo de antes no fue una deuda. —Subí al carruaje y me volví a mirarlo desde arriba—. Y tú lo sabes perfectamente.

Cerré la portezuela antes de que pudiera contestar, porque tenía mis propias salidas dignas que cuidar, y el carruaje arrancó dejándolo de pie bajo el farol con una expresión que me llevé conmigo todo el camino a casa: la de un hombre al que acaban de descubrir en algo que creía estar disimulando.

Sonreí en la oscuridad del carruaje como una tonta. Llevaba seis libros nuevos en el regazo, un casi-beso en la memoria y la sensación peligrosa de que aquello —fuera lo que fuera aquello— ya no había manera de pararlo.

Lo que no vi, porque iba demasiado ocupada sonriendo, fue la sombra de un jinete detenido en el cruce del camino, apartado entre los árboles, mirando pasar mi carruaje hacia casa. No lo vi. El cochero tampoco. La noche era cerrada y el jinete sabía elegir bien dónde ponerse.

Pero estaba allí. Y había visto el farol, y los dos de pie junto al carruaje, y todo lo que aquello significaba.