El secreto del duque Capítulo 13
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Capítulo 13

Estar prometida a un hombre con el que no te has casado todavía y al que se supone que odias resultó ser un estado de lo más peculiar.

El condado decidió, en cuanto se anunció el compromiso, que la historia que más le convenía era la romántica: los viejos enemigos cuyo rencor escondía una pasión, las dos familias reconciliadas por el amor de los jóvenes, el duque hosco ablandado por la hija orgullosa del vecino.

Era mucho más bonita que la verdad, que consistía en dos personas empujadas a un mismo barco por tres cotillas y una luna mal puesta.

Pero a la gente le gustan las historias bonitas, y nadie tenía interés en estropear aquella, así que de la noche a la mañana pasé de ser la solterona pobre a ser la protagonista de un cuento que yo no había escrito.

Lo que nadie sabía era lo que de verdad pasaba en las semanas de aquel noviazgo, que no era ni el cuento del condado ni el odio del principio, sino algo mucho más difícil de lo que parecía.

Nathaniel venía a casa tres veces por semana.

Con la excusa de los preparativos —que una boda, descubrí, genera una cantidad obscena de decisiones sobre cosas que a nadie le importan— pasábamos tardes enteras en el despacho, con la puerta abierta y Bett de carabina, hablando.

Y resultó que hablar con Nathaniel Ashworth, una vez que dejábamos de discutir sobre tierras, era lo más parecido a un vicio que había conocido nunca.

Hablábamos de todo. De los libros de su biblioteca, que ahora me prestaba a brazadas y que yo devoraba de noche.

De cómo llevar la finca, que él administraba con el corazón igual que su padre y que yo le ayudaba a ordenar con la cabeza, hasta que entre los dos pusimos al día lo que él solo no había sabido sacar adelante en seis meses.

De Tom. De mi madre, de la suya. De la guerra, a veces, aunque de la guerra hablaba poco y siempre por los bordes, nunca por el centro, como quien bordea un sitio en el que prefiere no mirar.

Porque había un pozo. Lo noté pronto. Había en Nathaniel una zona a la que no me dejaba acercarme, un cuarto cerrado dentro de él, y cuando la conversación se acercaba demasiado —un nombre, una fecha, algo de los años de la guerra— se le tensaba el costado, se levantaba a servir algo que no hacía falta servir o cambiaba de tema con una habilidad que solo se aprende practicando mucho.

Yo lo respetaba. Todos tenemos cuartos cerrados, y yo no era quién para forzar el suyo cuando ni siquiera le había abierto del todo los míos.

—¿Te duele? —le pregunté una tarde, sin pensarlo, cuando lo vi cambiar el peso en la silla por tercera vez—. El costado. La pierna. ¿Te duele ahora?

Levantó la vista, sorprendido. La gente no le preguntaba eso. Simplemente le miraban con descaro.

—Siempre —dijo, sencillamente—. Más unos días que otros. Hoy es de los regulares.

—¿Qué fue? Si puedo preguntarlo.

—Metralla. En Vitoria. —Lo dijo despacio, midiendo cuánto contar—.

Un obús cayó cerca. A mí me alcanzó de refilón.

A otros… no de refilón. —Y ahí estaba el borde del pozo otra vez; lo vi acercarse a él y apartarse—.

Tuve suerte. Es lo que dicen siempre los médicos de los que cojean: que tuvieron suerte.

Y es verdad. La suerte es un asunto muy relativo en una guerra.

—¿Quién no tuvo suerte?

Fue demasiado directo. Lo supe en cuanto lo dije. Nathaniel se quedó muy quieto, y por un instante pensé que iba a contármelo, que el cuarto cerrado iba a abrirse una rendija. Pero entonces se levantó, fue hasta la ventana, y cuando habló su voz había vuelto a la superficie.

—Mucha gente, Meg. Mucha gente no tuvo suerte.

Es lo que tiene la guerra: que la suerte se reparte fatal y uno se pasa el resto de la vida preguntándose por qué le tocó a él la buena.

—Se volvió, con una media sonrisa que no le llegaba a los ojos—.

¿Hablamos de algo menos lúgubre? Bett va a pensar que la he hecho de carabina de un funeral.

Lo dejé. Cerré aquella puerta por él, porque me pareció lo decente, y volvimos a las flores de la boda y a si invitábamos o no a los Hartwell, que se morían por venir después de haber estado a punto de echarme de su casa.

Pero me quedé con eso. Con aquel borde que él no dejaba cruzar a nadie. Con la certeza de que Nathaniel Ashworth cargaba algo de aquellos años que no le había contado a nadie.

No le di más vueltas. Tenía una boda que organizar, unas deudas que renegociar y un hermano de nueve años que había convencido al jardinero de Ashworth Hall de excavar un segundo estanque para el general Wellington. La vida iba, por una vez, razonablemente bien.

Debí desconfiar de eso. Cuando la vida va razonablemente bien y una se ha pasado años acostumbrada a que no, lo sensato es desconfiar.

Pero estaba demasiado ocupada siendo, después de mucho tiempo, casi feliz, y la felicidad tiene la mala costumbre de bajar la guardia justo cuando más habría que subirla.

Porque mientras yo organizaba flores y Nathaniel rodeaba lo suyo y Tom excavaba estanques, había un hombre en el condado que no había olvidado ni perdonado, y que llevaba semanas mirando nuestra felicidad creciente con la paciencia fría de quien sabe esperar.

Gerald Ashby no había vuelto a aparecer desde el baile. Ni una visita, ni una nota, ni una flor. Decidí que era una buena señal, y volví a mis flores y a mis quehaceres con la conciencia tranquila de quien cree que lo peor ya ha pasado.