El secreto del duque Capítulo 12
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Capítulo 12

El duque vino a casa a la mañana siguiente, a una hora indecorosamente temprana, y nos encerramos en el despacho con la puerta abierta y Bett rondando el pasillo con la oreja puesta, porque una cosa era estar prometida y otra muy distinta dar más motivos de conversación al condado.

Se sentó enfrente de mí, en la misma silla mala donde días atrás se había sentado Gerald, y por un momento ninguno de los dos supo cómo empezar. Habíamos discutido sobre tierras, sobre mojones, sobre setas venenosas. No teníamos ninguna práctica en hablar de aquello.

—Anoche —empezó él— no le pregunté. La metí en esto sin preguntarle.

No tuve tiempo y no había otra salida, pero quiero decirlo en voz alta antes que nada: la metí en un compromiso delante de doscientas personas sin su consentimiento.

Si quiere romperlo, lo entenderé. Será un escándalo distinto, peor para usted que para mí, no le voy a mentir.

Pero es su decisión, no la mía. Anoche se la quité. Hoy se la devuelvo.

Lo miré. Tenía ojeras; no había dormido más que yo. Y me estaba ofreciendo, a la luz de la mañana y con la cabeza fría, exactamente lo que un caballero debe ofrecer y casi ninguno ofrece: la salida.

—Si rompo el compromiso —dije despacio—, ¿qué me pasa a mí?

—No voy a adornárselo. Quedaría como la mujer que estuvo a solas con un duque de noche en un jardín y a la que el duque no quiso. Peor que el escándalo de anoche. Mucho peor.

—¿Y a usted?

—A mí no me pasa nada. —Lo dijo sin orgullo, como una constatación amarga—. Soy duque. Soy hombre. El mundo está construido para que a mí no me pase nada. Quedaría como un soltero que se libró de un mal paso. Algunos hasta me felicitarían.

—Entonces no es una decisión —dije—. Es un precipicio con un solo lado. Usted no cae. Yo sí. Eso no es elegir, excelencia. Es fingir que elijo mientras los dos sabemos que no hay nada que elegir.

El duque guardó silencio. Sabía que tenía razón, porque la tenía, y porque era la clase de hombre que prefería una verdad incómoda a un consuelo falso. Eso, descubrí, era una de las pocas cosas que me gustaban de él sin reservas.

—Tiene razón —dijo al fin—. Le he ofrecido una salida que no existe para que usted se sintiera con poder.

Ha sido… condescendiente. Le pido disculpas.

—Se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas—.

Empecemos otra vez, entonces. Sin salidas falsas.

Vamos a casarnos. Los dos lo sabemos. La pregunta de verdad no es si nos casamos, sino cómo lo hacemos para que sea soportable.

Y eso sí puedo negociarlo con usted de igual a igual.

Aquello me gustó más. Aquello sí sonaba a algo que dos personas como nosotros podíamos construir: no una declaración de amor, que ninguno de los dos estaba en condiciones de hacer, sino un contrato entre dos adultos que habían sido empujados a un mismo barco y decidían, al menos, remar en la misma dirección.

—Está bien —dije—. Negociemos. ¿Qué gana usted con esto?

Porque yo gano mucho, lo reconozco: mi familia se salva, mis deudas se vuelven manejables, Tom tendrá futuro.

Es humillante decirlo en voz alta, pero es verdad y prefiero ponerlo sobre la mesa.

Lo que no entiendo es qué gana usted. Un duque puede casarse con quien quiera.

¿Por qué con la hija arruinada del vecino al que su familia lleva treinta años pleiteando?

El duque me miró un largo rato antes de contestar. Y cuando lo hizo, no fue con una de sus respuestas cortantes ni con su ironía de costumbre. Fue con algo más desnudo.

—¿Quiere la respuesta cortés o la verdadera?

—La verdadera. Siempre la verdadera. Las corteses ya me las sé.

—La verdadera es que llevo seis meses en una casa enorme rodeado de gente que me teme, me adula o me compadece, y a veces las tres cosas a la vez.

Heredé un título que no quería, una finca arruinada y un cuerpo que no me responde como antes.

—Hizo una pausa—. Y un día cerré un camino por pura mezquindad, para hacerle daño a una familia que no conocía, y tres días después apareció en mi biblioteca la única persona del condado que se atrevió a llamarme mezquino a la cara.

Que no me tenía miedo. Que no me adulaba.

Que ni siquiera me compadecía por la cojera; usted apartaba la vista, ¿sabe?

, cuando yo me levantaba con esfuerzo, y yo se lo agradecí más que cualquier compasión.

No supe qué decir. No me había dado cuenta de que él había notado que yo apartaba la vista.

—Lo que gano —continuó— es eso. Una mujer que me dirá la verdad aunque me duela.

Que pondrá orden en esta casa mejor de lo que lo pongo yo, no me mire así, sé perfectamente que se moría de ganas de pedirme los libros desde que entró en mi biblioteca.

Que tratará a la gente de mi casa como personas y no como muebles.

Y que no me querrá por el título, porque el título es justamente lo que más detesta de mí.

—Por fin asomó esa sombra de sonrisa suya—.

Es el matrimonio más ventajoso que podría hacer, señorita Linley.

Lo que pasa es que la ventaja no se mide en dote.

Se mide en no volver a estar solo en esa casa con gente que me miente.

El despacho se quedó en silencio. Fuera, en el pasillo, oí a Bett fingir que barría algo que no necesitaba barrerse.

—Eso —dije, cuando recuperé la voz— ha sido lo más parecido a una declaración que me han hecho en mi vida.

—No era una declaración. Era un balance.

Usted me pidió saber qué ganaba y se lo he dicho con números, a mi manera.

—Se recostó—. No le voy a mentir prometiéndole amor, señorita Linley.

Sería barato y usted lo olería en el acto.

Le prometo respeto. Le prometo honestidad.

Le prometo que jamás la compraré, ni por miedo como Ashby ni por lástima como intenté yo ayer.

Y le prometo que, si alguna vez llega a haber algo más entre nosotros, no será porque un jardín y tres cotillas nos obligaran.

Será porque los dos, a la luz del día y con la cabeza fría, lo habremos decidido.

Eso es todo lo que tengo. ¿Le basta para casarse conmigo?

Lo pensé. Pensé en mi padre temblando al darle la mano la noche anterior. En Tom y su futuro. En las deudas, en Gerald, en los prestamistas de Bristol. Pensé en el camino del este y en un mojón medido tres pasos al oeste. Pensé en cartas a medianoche sobre cosechas que no hablaban de cosechas.

Y pensé, sobre todo, que aquel hombre acababa de ofrecerme lo único que nadie me había ofrecido nunca: la verdad, sin adornarla, y la promesa de no comprarme.

Para una mujer a la que todos habían intentado comprar de un modo u otro, eso valía más que cualquier declaración de amor que pudiera haberme recitado.

—Me basta —dije.

—¿Está segura?

—No. Pero las cosas importantes nunca se deciden estando segura. Eso me lo enseñó mi padre sin querer, comprando caballos. —Le tendí la mano por encima de la mesa, igual que se cierra un trato—. De igual a igual, excelencia. Me caso con usted. Pero con tres condiciones.

El duque me estrechó la mano, y otra vez sentí el calor de su palma, y otra vez me ordené no notarlo, con el mismo éxito de siempre.

—Dígalas.

—Una: no paga mis deudas. Las renegocia conmigo, juntos, como dos personas que entienden de dinero. No quiero un regalo. Quiero un plan.

—Aceptada. La segunda.

—Dos: a mi padre se le trata con respeto delante de la gente, por ridículo que se ponga. Es un desastre, lo sé mejor que nadie. Pero es mi desastre, y no permitiré que nadie lo humille, ni siquiera usted.

Algo se le suavizó en la cara.

—Aceptada, y con gusto. ¿La tercera?

Dudé. La tercera era la difícil, la que me costaba decir, porque decirla era admitir algo.

—Tres —dije, bajando la voz—. El día que decidamos si hay algo más entre nosotros, como acaba de decir… lo decidiremos los dos. No usted por mí para protegerme. No yo por usted por gratitud. Los dos. A la vez. Con la cabeza fría y a la luz del día, como ha dicho. Júremelo.

El duque no apartó los ojos. El amago de sonrisa había desaparecido; aquello iba en serio para los dos.

—Se lo juro —dijo—. Palabra de duque. Que no vale gran cosa, pero es lo único que tengo y se lo doy entero.

Y así fue como me prometí, sin amor declarado y con un apretón de manos, al hombre que se suponía que debía odiar. Cuando salió, Bett dejó por fin de barrer el suelo limpio y me miró desde la puerta con los ojos brillantes.

—Señorita —dijo—. Ese hombre la quiere.

—Ese hombre me respeta, Bett. Es distinto.

—Ya. —Bett recogió la escoba, nada convencida—. Y yo barro porque hay polvo. Lo que usted diga, señorita.