El secreto del duque Epílogo
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Epílogo

Tres años después

El Prado Largo seguía siendo el Prado Largo, doce acres de buena hierba junto al fresno viejo, pero ya nadie discutía de quién era.

Lo habíamos resuelto del modo más sencillo y más impropio de dos familias que se habían odiado una generación: lo unimos.

El día que firmamos los papeles que juntaban las tierras de los Linley y las de Ashworth bajo un solo nombre, Nathaniel mandó arrancar el mojón de piedra, el que estaba tres pasos al oeste de donde debía, y plantar en su sitio un manzano.

"Para que nadie vuelva a medir nada nunca", dijo.

El manzano había echado raíces y empezaba a dar sombra, y bajo esa sombra era donde yo estaba aquella tarde de septiembre, con un libro abierto en el regazo que ya casi nunca leía, viendo a mi marido enseñar a montar a mi hijo.

Porque teníamos un hijo. Se llamaba Samuel, y tenía dos años escasos y la misma terquedad de su padre y, según Bett, la misma cabeza para fijarse en todo de su madre, lo cual prometía darnos guerra.

Iba subido en el poni más manso de las cuadras, sujeto por las manos enormes y cuidadosas de Nathaniel, riéndose con esa risa de cascabel que me recordaba a Tom a su edad.

Tom, que ya no tenía nueve años sino doce, estaba a unos pasos, fingiendo que vigilaba a su sobrino con la dignidad de quien se considera ya un hombre, pero en realidad pendiente del estanque, donde una nueva generación de sapos había sustituido al difunto general Wellington, muerto de viejo y enterrado con honores militares bajo el fresno.

Mi hermano se había convertido en un muchacho larguirucho y serio que estudiaba con un preceptor pagado sin esfuerzo, que ya no se metía ranas en los bolsillos —solo a veces— y que llamaba a Nathaniel "Nat" con la naturalidad de quien ha tenido siempre un hermano mayor.

Mi padre venía a comer los domingos. Seguía comprando caballos que no necesitaba, pero ahora podía permitírselos, lo cual le había quitado al vicio toda la angustia y le había dejado solo la diversión.

Nathaniel le compraba la mitad y revendía la otra mitad en primavera con beneficio, y entre los dos habían convertido la ruina de mi padre en algo parecido a un negocio, para asombro de todos y sobre todo del propio interesado.

De Gerald Ashby supimos lo justo. Fue juzgado en las sesiones de invierno de aquel año, declarado culpable de agresión y de tentativa contra la vida de un par del reino y enviado lejos, muy lejos, a las colonias, con una condena que le aseguraba no volver a pisar el condado en mucho tiempo, si es que volvía alguna vez.

Su padre, el viejo Ashby, vendió las tierras del sur y se marchó del condado, incapaz de soportar las miradas.

No sentí pena. Tampoco triunfo. Solo el alivio limpio de un asunto cerrado para siempre.

De Catherine y del niño, en cambio, supimos mucho, y todo bueno.

La carta que Gerald había robado para destruirnos se había convertido, con el tiempo, en justo lo contrario de lo que él pretendía: en lugar de separarnos, nos había unido alrededor de una promesa que ahora cumplíamos los dos, juntos y a la luz del día.

Ya no había secreto que guardar. El primer verano de casados, Nathaniel me llevó a conocerlos.

Catherine resultó ser una mujer menuda y serena, con unos ojos cansados que se le encendían al hablar de su hijo, y cuando supo que yo conocía la historia entera y que no había en mí ni un asomo de reproche, me abrazó y lloró sobre mi hombro como si llevara años esperando que alguien le dijera que ya no tenía que esconderse de nada.

El niño se llamaba Daniel, como su padre.

Tenía los ojos del teniente que murió en los brazos de Nathaniel, y la costumbre, cuando algo le interesaba, de mirarlo todo con una seriedad concentrada que, en efecto, se parecía asombrosamente a la de mi marido, de tanto imitarlo.

Venía a Ashworth Hall dos o tres veces al año, con su madre, y se había hecho inseparable de Tom pese a la diferencia de edad, los dos enredados siempre en el estanque de los sapos.

Nathaniel le pagaba el colegio sin esconderlo ya de nadie, y cuando alguna lengua del condado quiso insinuar lo que en su día insinuó aquella carta, mi marido lo cortó de raíz, en público, contando sin un gramo de vergüenza la verdad: que aquel niño era el hijo del hombre más valiente que había conocido, el hombre que había muerto en su lugar, y que cuidar de él era el mayor honor de su vida.

Después de aquello, nadie volvió a insinuar nada.

Hay verdades que, dichas en voz alta y sin miedo, cierran todas las bocas de golpe.

A veces, viendo a Daniel y a Tom correr juntos por la orilla del estanque, sorprendía a Nathaniel mirándolos con una expresión que ya no era la del pozo cerrado de antes, la del hombre que rodeaba su culpa sin asomarse.

Era otra cosa. Una paz difícil, ganada a pulso, la de quien ha aprendido a llevar un peso sin que lo aplaste, porque ha dejado de cargarlo solo.

Las tres cotillas seguían en su sitio, naturalmente.

Esa clase de instituciones no se jubilan.

Seguían sentándose juntas en cada baile, en cada boda, en cada bautizo —vinieron al de Samuel, las tres, con regalos y con la cara de quien asiste a la coronación de algo que considera obra suya—, y seguían contando las cosas un grado más escandalosas de lo que eran.

Pero les había tomado cariño, un cariño raro y resignado, como se le toma a una gotera que lleva tanto tiempo en casa que ya forma parte de la familia.

Al fin y al cabo, si lo pensaba bien —y yo lo pensaba todo, era mi defecto—, les debía a aquellas tres lenguas la vida entera que tenía ahora.

Sin su escándalo y sin su empeño en ver pasión donde solo había una discusión a oscuras, Nathaniel y yo quizá nos habríamos pasado la vida cerrándonos caminos el uno al otro, midiendo mojones y odiándonos de lejos por unas tierras y unos muertos.

Aquella tarde, bajo el manzano, las vi venir por el camino del este —abierto los siete días de la semana desde hacía dos años, sin verja ni guarda—, las tres juntas, de visita, con la excusa de traerle a Samuel un jersey tejido y la intención real de inspeccionar de cerca el estado de mi segundo embarazo, del que medio condado hablaba ya aunque yo apenas se lo había contado a nadie.

—¡Su excelencia! —gorjeó la señora Pruitt, que nunca se había acostumbrado a tutearme y compensaba con un exceso de título—. ¡Qué estampa! El duque con el pequeño, usted bajo el árbol… ¡parece un cuadro!

—Yo siempre dije que acabarían así —aseguró la señora Dunmore, que no había dicho tal cosa nunca, sino más bien lo contrario—. Lo supe desde aquel primer baile. Hay cosas que una ve venir.

—Yo no soy de las que comentan —empezó la señora Vance, y las tres nos quedamos esperando, porque aquella frase era ya una institución en sí misma—, pero dicen por ahí, querida, que viene otro Ashworth en camino. ¿Hay algo de cierto? Una no querría hacerse eco de un rumor infundado.

Miré a Nathaniel, que había oído desde el poni y me sonreía con aquella comisura que ya era una sonrisa completa permanente, la sonrisa que le había costado meses aprender y que ahora no se le caía nunca.

Miré a Samuel, riéndose. Miré a Tom y a los sapos y al manzano y al camino abierto y a las tres cotillas esperando con los ojos brillantes la noticia que iban a llevarse, escandalizada y reluciente, por todo el condado antes de la cena.

Y por una vez —solo por una vez, porque tampoco era cuestión de malacostumbrarlas— decidí darles la verdad sin que tuvieran que inventársela.

—Hay algo de cierto, señora Vance —dije, posando una mano sobre mi regazo—. Para la primavera. Y pueden contarlo tal cual es, sin adornos, por una vez en su vida. Verán qué raro se les hace.

Las tres se llevaron la mano al pecho a la vez, encantadas, escandalizadas, y juraría que felices. Y mientras se marchaban camino del pueblo a repartir la noticia, oí a la señora Pruitt decirle a la señora Dunmore, ya sin poder contenerse:

—Dos hijos en dos años. Yo siempre dije que esos dos se odiaban demasiado para que no acabara en algo así.

—Y tan apasionado, querida. Con lo que se odiaban.

—Yo no soy de las que comentan —dijo la señora Vance—, pero del odio al amor, ya se sabe…

Sus voces se perdieron por el camino del este, abierto y soleado, y yo me quedé bajo el manzano, riéndome sola, con la mano sobre el bulto apenas insinuado de mi vientre y los ojos en mi marido y mi hijo.

Pensé en la mujer furiosa que dos años atrás se había arrojado bajo el caballo de un duque al que odiaba, convencida de que defendía una tierra.

Qué poco imaginaba lo que estaba defendiendo en realidad…

Fin