El secreto del duque Capítulo 9
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Capítulo 9

No le conté al duque lo de Gerald, pero el duque se enteró igual, porque en un condado pequeño los secretos duran exactamente lo que tarda una doncella en hablar con otra doncella en el mercado.

Me lo dijo él mismo, un jueves de camino, parado otra vez en el puente como si aquel puente fuera el único lugar del mundo donde tuviéramos permiso para encontrarnos.

—Ashby la visitó.

No era una pregunta. Detuve el carro.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Eso no importa. ¿Es cierto?

—Vino a traerme flores. —Procuré que sonara intrascendente—. No eran de temporada. Las tiré al estiércol. Fin de la historia.

—No es el fin de la historia, porque está usted apretando las riendas como si quisiera estrangularlas. —Acercó su caballo—. ¿Qué le dijo?

Pensé en mentir. Pero lo miré a la cara, aquella cara que ya no era de piedra, y descubrí que mentirle costaba más cada vez, como si la verdad pesara menos en su presencia y me saliera sola.

—Me ofreció pagar las deudas de mi familia —dije— a cambio de casarme con él. Y me dejó claro que los prestamistas de Bristol que esperan hasta primavera son amigos suyos, y que esa paciencia puede terminar mañana si él lo decide. No fue una propuesta, excelencia. Fue una factura con un plazo.

El duque se quedó muy quieto. Vi cómo la cortesía se le caía de la cara igual que se le había caído a Gerald el hielo de la suya, solo que debajo del duque no había una corriente fría. Había otra cosa. Algo caliente y peligroso que tardó un segundo en controlar.

—¿Y usted qué respondió?

—Que no. La misma respuesta de los últimos cuatro años.

—¿Cuatro años? —Algo se le tensó en la mandíbula—. ¿Lleva cuatro años haciéndole esto?

—Lleva cuatro años pidiendo. Lo de las deudas es nuevo.

Antes solo eran flores y certezas. "Vamos a terminar juntos, Margaret, lo sé desde que tenías dieciocho años.

" Esa clase de cosas. —Imité su tono sin querer, y me dio un escalofrío oírlo en mi propia voz—.

Lo de ahora es distinto. Antes pedía. Ahora avisa.

Y además añadió que usted se cansará de entretenerse en una finca aburrida, que se casará con una heredera de Londres con dote y apellido, y que yo me quedaré aquí, manchada por los rumores, recogiendo setas hasta que la casa se me caiga encima, pero sé que lo dijo para hacerme daño.

—¿Por qué no me lo contó?

La pregunta era directa, sin reproche, y precisamente por eso fue difícil de contestar.

—¿Por qué debería contárselo? —dije al fin, en voz baja—. No va a cambiar nada.

Nos quedamos los dos callados en el puente, con el arroyo corriendo debajo y el caballo del duque resoplando vapor en el aire frío. Él me miraba, y yo le aguanté la mirada, porque apartarla habría sido cobardía y porque, además, no quería apartarla, que era la parte que me daba miedo.

—Escúcheme bien —dijo el duque, y su voz había bajado a ese registro privado que le había oído una sola vez, en el baile—.

No le debe nada a ese hombre. Ni una respuesta, ni una cortesía, ni un minuto de miedo.

Las deudas de su familia las puedo mirar yo.

Tengo abogados, tengo contactos, sé cómo se manejan los prestamistas de Bristol mejor que Ashby. Si quiere, mañana mismo...

—No.

Lo corté antes de que terminara, y la fuerza de mi propia voz nos sorprendió a los dos.

—No, excelencia. Se lo agradezco. De verdad que se lo agradezco, y no sabe cuánto me cuesta decir esa palabra.

Pero si dejo que usted pague mis deudas, no soy mejor que si dejara que las pagara Gerald.

Sería cambiar a un hombre que me compra por miedo por un hombre que me compra por lástima.

Y prefiero la casa cayéndose a ser comprada por nadie.

Ya se lo dije a él y se lo digo a usted: lo prefiero todo antes que eso. Todo.

El duque me miró un largo momento. Esperé el enfado, o la insistencia, o esa manera que tienen los hombres poderosos de oír un "no" como el principio de una negociación. No llegó nada de eso.

Llegó una sonrisa. Lenta, completa, la segunda que le veía entera, y mucho más peligrosa que la primera.

—Tiene usted —dijo— el orgullo más caro y más estúpido que he conocido en mi vida.

—Lo sé.

—No era un reproche. —La sonrisa se quedó donde estaba—.

Era envidia. Yo vendí el mío hace años, señorita Linley, a cambio de un título y una finca que no quería.

Es bueno ver a alguien que todavía conserva el suyo intacto, aunque se arruine sosteniéndolo.

Resulta… —buscó la palabra— alentador. Es la única cosa alentadora que he visto en este condado desde que llegué.

No supe qué contestar a eso.

—Pero permítame al menos una cosa —añadió—.

No voy a pagar sus deudas. Ha quedado claro y respeto el motivo, por absurdo que me parezca.

Pero voy a averiguar quién le contó a Ashby lo que debe su familia.

Porque usted guarda esas cosas bajo llave, y eso significa que alguien con acceso a su casa o a sus acreedores está hablando con él.

Y ese alguien es un problema suyo, sí, pero ese alguien, señorita Linley, también sabe que usted y yo nos escribimos. Y eso lo convierte en un problema mío.

Tenía razón. No se me había ocurrido pensarlo así, y en cuanto lo dijo, un frío que no venía de octubre me bajó por la espalda.

—¿Cree que Gerald sabe lo de las cartas?

—Lo sé porque me lo dejó caer en el baile de los Pembroke.

Y estoy seguro de que quería que yo lo supiera —Recogió las riendas—.

Ese hombre la vigila, señorita Linley. Lleva años haciéndolo.

Y un hombre que vigila y a quien le dicen que no durante cuatro años no es un pretendiente.

Es otra cosa. Una cosa de la que conviene no fiarse y a la que conviene no darle la espalda.

—Habla usted como si lo conociera.

—Conozco el tipo. La guerra está llena de ellos.

Hombres encantadores que sonríen mientras calculan.

Aprendí a reconocerlos porque los que no aprendían volvían a casa en una caja, si volvían.

—Lo dijo sin dramatismo, como un hecho—.

Tenga cuidado con Ashby. No por mí, ni por lo que signifique o deje de significar que nos escribamos entre nosotros.

Por usted. Por Tom. Por esa casa que prefiere ver caer antes que vender. Cuídese.

Hizo girar el caballo. Pero antes de marcharse, se detuvo, y dijo una última cosa, mirándome de un modo que me dejó sin aire en mitad del puente.

—Y para que conste, señorita Linley: cuando Ashby le dijo que yo me cansaría y me casaría con una heredera de Londres, se equivocó. No en lo de la heredera; eso es probablemente lo que el condado espera de mí. Se equivocó en lo de cansarme.

Y se fue, dejándome en el puente con el corazón haciendo otra vez aquel ruido absurdo, el carro a medio cruzar, los sacos de grano esperando un mercado que de pronto me importaba mucho menos que la frase que aquel hombre imposible acababa de soltar antes de desaparecer entre la niebla como si no hubiera dicho nada.

Crucé el camino. Vendí el grano. Volví a casa. E hice todas las cosas que hacía siempre, con las manos, mientras la cabeza se quedaba atrás, en un puente, escuchando a un duque admitir que no pensaba cansarse.

Aquella noche le escribí una sola línea, la sellé y se la di a Tom.

Excelencia: yo tampoco estoy cansada. Linley.