El secreto del duque Capítulo 8
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Capítulo 8

Gerald Ashby se presentó en casa un jueves por la tarde, sin avisar, con un ramo de flores que no eran de temporada y que por tanto habían costado lo que nosotros no gastábamos en flores ni en un año.

Lo vi llegar desde la ventana del despacho, donde estaba peleándome con los gastos del trimestre, y tuve el tiempo justo de maldecir antes de que Bett subiera con la cara de quien trae una mala noticia.

—El señor Ashby, señorita. Pregunta por usted. Le he dicho que vería si estaba en casa.

—Dile que no estoy.

—Le he dicho que vería si estaba. Si ahora le digo que no, sabrá que estoy mintiendo, y ese hombre no es de los que se conforman con una mentira amable. Insistirá. —Bett bajó la voz—. Mejor recíbalo cinco minutos, señorita, con la puerta abierta y conmigo cerca. Cuanto antes entre, antes se va.

Bett, otra vez, tenía razón. Bajé.

Gerald esperaba en el saloncito, de pie junto a la chimenea apagada, examinando la habitación con una lentitud calculada: el papel pintado descolorido, la alfombra gastada en el centro, el reloj que llevaba parado desde marzo porque arreglarlo costaba dinero.

—Margaret. —Me tendió las flores—. Para ti. He pensado que esta casa necesitaba un poco de color.

—Esta casa necesita muchas cosas, señor Ashby. Las flores no están entre las urgentes. —No cogí el ramo. Lo dejó sobre la mesa con una sonrisa que no se inmutó—. ¿A qué debo la visita?

—¿Hace falta un motivo para visitar a una vieja amiga?

—Entre usted y yo nunca ha habido amistad. Ha habido cuatro años de usted preguntando y yo respondiendo lo mismo. No sé qué nombre tiene eso, pero amistad, desde luego, no.

Gerald se rio. Era una risa agradable, esa era la trampa de Gerald: todo en él era agradable en la superficie, la risa, las flores, los modales, y solo cuando llevabas un rato con él empezabas a notar el frío que había debajo, como una corriente bajo el hielo de un estanque que parece firme.

—Sigues tan directa como siempre. Me gusta.

—Se acercó un paso—. Por eso he venido, Margaret.

Porque eres directa y voy a serlo yo también.

Sé cómo están las cosas en esta casa. Lo sabe todo el condado, en realidad, pero yo lo sé con detalle.

Tu padre debe dinero al panadero, al carnicero, a la modista de Tetbury y a dos prestamistas de Bristol que no son tan pacientes como los comerciantes del pueblo.

La casa está hipotecada. La cosecha de este año no cubre ni la mitad de lo que vence en primavera.

—Hizo una pausa para que cada deuda calara—. ¿Me equivoco en algo?

No se equivocaba en nada. Esa era la parte que me heló: no se equivocaba en nada, y eso significaba que alguien le había dado la información, porque aquellos números no estaban a la vista de nadie salvo de mí.

—¿Quién le ha contado todo eso?

—Tengo amigos. Los prestamistas de Bristol, por ejemplo, son muy amigos míos.

Tan amigos que, si yo se lo pidiera, podrían reclamar lo suyo mañana mismo en lugar de en primavera.

—Lo dijo con la misma suavidad con que me había ofrecido las flores—.

O podrían esperar. Indefinidamente. Incluso olvidarse del asunto. Depende.

—¿De qué depende?

—De ti, Margaret. Como casi todo lo bueno de mi vida, depende de ti.

Y ahí estaba. Sin las flores, sin la risa, sin los modales. La corriente bajo el hielo.

—Me está proponiendo —dije despacio— que me case con usted a cambio de que sus amigos prestamistas no arruinen a mi familia.

—Lo dices como si fuera una amenaza. Es lo contrario.

—Abrió las manos, dolido, el muy actor—.

Es una salvación. Llevas años sosteniendo tú sola una casa que se hunde, mientras tu padre compra caballos y tu hermano juega con sapos.

Estás agotada, Margaret, lo veo en tu cara.

Yo te ofrezco el final de todo eso. Una casa que no se cae.

Criados de verdad. Las deudas pagadas. Tu hermano educado.

Tu padre con sus caballos, si tanto los quiere, sin que eso os arruine.

Te ofrezco descansar. ¿Cuándo fue la última vez que descansaste?

Lo peor fue que, por un segundo, un solo segundo asqueroso, la oferta tuvo sentido.

Estaba cansada. Llevaba años cansada. Y él lo sabía, y había envuelto el veneno en exactamente la cosa que más deseaba, que no era amor ni flores ni una casa grande, sino dejar de cargar sola con todo durante una sola noche.

Ese segundo me dio más miedo que él.

—No —dije.

Gerald inclinó la cabeza, como si no hubiera oído bien.

—¿Cómo dices?

—No. La misma respuesta de los últimos cuatro años. No me casaré con usted, señor Ashby. Ni por flores, ni por amistad, ni por miedo a sus amigos de Bristol. Prefiero perder la casa peleando a conservarla rindiéndome. Siempre lo he preferido. No va a cambiar hoy.

Algo se le movió en la cara. La sonrisa siguió donde estaba, pero los ojos se le quedaron quietos, fijos, y por primera vez en cuatro años vi a Gerald Ashby sin la capa agradable: un hombre acostumbrado a conseguir lo que quería, mirando el único objeto que llevaba media vida negándosele.

—Es por el duque —dijo. No era una pregunta.

—Esto no tiene nada que ver con el duque.

—Tres bailes, Margaret. Cartas, dicen. Encuentros en el Prado Largo.

—Se acercó otro paso, y esta vez no me eché atrás, porque echarme atrás habría sido darle algo—.

Todo el condado habla. ¿De verdad crees que un duque va a casarse con la hija arruinada del vecino con el que su familia lleva una generación pleiteada?

¿De verdad eres tan ingenua? Te está usando para entretenerse en una finca aburrida.

Cuando se canse, se casará con una heredera de Londres con dote y apellido, y tú te quedarás aquí, manchada por los rumores, sin él y sin mí, recogiendo setas hasta que la casa se caiga sobre tu cabeza.

Cada palabra estaba elegida para doler, y dolía, porque tenía dentro la forma exacta de mis propios miedos a las tres de la madrugada.

Y de pronto me di cuenta. Había dicho recogiendo setas…

No todo eran rumores lanzados al aire. Para hablar así, tenía que haberme seguido hasta el bosque y eso me asustaba.

—Puede que tenga razón —dije, con una calma que me sorprendió a mí misma—.

Puede que el duque se canse y se case con una heredera de Londres.

Puede que yo me quede aquí recogiendo setas.

Todo eso puede pasar, señor Ashby. Pero ¿sabe qué no va a pasar, pase lo que pase?

Que yo me case con usted. Eso es lo único seguro de todo este asunto.

Y creo que lo que de verdad no soporta no es que prefiera al duque.

Es que lo prefiero todo a usted. La pobreza.

Las setas. La casa cayéndose. Todo, antes que usted.

Y eso, en cuatro años, no ha conseguido cambiarlo con nada.

El saloncito se quedó muy quieto. Bett, desde el pasillo, había dejado de fingir que no escuchaba. Gerald me miró un largo momento, y luego, despacio, recompuso la sonrisa, se la volvió a poner como quien se ajusta una corbata, y recogió su sombrero de la mesa.

—Eres magnífica cuando te enfadas —dijo—.

Siempre lo he pensado. —Caminó hacia la puerta, sin prisa, y se detuvo en el umbral—.

Volveré, Margaret. No por terquedad. Por certeza.

Tú y yo vamos a terminar juntos; lo sé desde que tenías dieciocho años.

La única diferencia entre que pase por las buenas o por las malas la decides tú.

Pero va a pasar. —Se caló el sombrero—. Da recuerdos al duque. Mientras dure.

Se marchó. Oí sus pasos cruzar el vestíbulo, la puerta de la calle, los cascos de su caballo alejándose por el camino. Y solo cuando el sonido se perdió del todo me di cuenta de que tenía las manos cerradas en dos puños tan apretados que las uñas me habían dejado marcas en las palmas.

—Señorita. —Bett entró, pálida—. Ese hombre...

—Lo sé, Bett.

—Ese hombre no estaba pidiendo. Estaba avisando.

—Lo sé.

Me senté. Las flores que no eran de temporada seguían sobre la mesa, caras y arrogantes, y las miré sin verlas, pensando en prestamistas de Bristol que eran amigos suyos, en números que solo yo conocía y que sin embargo él recitaba de memoria, y en la única pregunta que de verdad importaba y que no tenía respuesta: quién, dentro de mi propia casa o muy cerca de ella, le había abierto a Gerald Ashby los libros que yo guardaba bajo llave.

—Tira esas flores —dije—. Al estiércol, si quieres. Crecerán mejor ahí.

Bett las cogió y se marchó con ellas.