Capítulo 7
Las cartas se convirtieron en costumbre antes de que me diera cuenta.
Empezó con el mojón. Siguió con una nota suya preguntando, con sequedad, si el camino del este aguantaba bien las lluvias de octubre o si el puente necesitaba otra tabla.
Le contesté que el puente estaba mejor que su humor.
Me respondió que eso no era difícil. Y así, nota a nota, dos veces por semana, a veces tres, fuimos construyendo una correspondencia que ninguno de los dos habría reconocido en voz alta y que yo escondía en el cajón de mi mesa bajo los papeles de la finca, que era el único sitio de la casa donde nadie miraba jamás.
Eran cartas extrañas. No había en ellas una sola palabra que una madre no pudiera leerle a una hija.
Hablábamos de cosechas, de mojones, de un caballo que él quería comprar y sobre el que me pidió opinión —"usted, que se ha criado entre las compras ruinosas de su padre, sabrá distinguir un buen animal de un robo"—, de Tom y su sapo, de los libros que él tenía en aquella biblioteca enorme y que yo no había podido permitirme nunca.
Pero debajo de cada línea había otra cosa que no se decía, y los dos lo sabíamos.
Lo que no me esperaba era encontrármelo en persona un martes que no tocaba.
Yo había ido al Prado Largo a recoger setas, que en octubre brotaban bajo el fresno viejo y que, recogidas y secas, ahorraban unos peniques en el guiso del invierno.
Estaba agachada entre la hierba húmeda, con la cesta medio llena y las botas empapadas, cuando oí el caballo.
Lo conocía ya, aquel paso. Levanté la vista y allí estaba, parado en el camino, mirándome con una expresión que no supe descifrar.
—Señorita Linley. Recolectando en mi prado. Otra vez allanamiento.
—Recolectando setas que crecen solas y que a usted no le sirven de nada, excelencia. Si quiere, le hago una lista de las venenosas para que sepa cuáles no comerse.
—Sería un detalle. —Desmontó, con ese cuidado de siempre—. Aunque dudo que mi cocinera me dejara cocinar nada. Cree que un duque en la cocina es el principio del fin de la civilización.
—Su cocinera y mi Bett se llevarían de maravilla.
Se acercó. Se agachó —despacio, con la mano apoyada en la rodilla buena— y cogió una seta del suelo, la examinó y me la tendió.
—¿Esta?
—Esa lo mata a usted antes de la cena. Es una oronja verde. La peor de todas. —Se la quité de la mano con cuidado y la tiré lejos—. No vuelva a tocar una si no sabe lo que es.
—Tomo nota. —Pero no se levantó. Se quedó agachado a mi lado, entre la hierba mojada, dos personas en cuclillas en mitad de un prado en disputa como si fuera el sitio más natural del mundo para mantener una conversación—. ¿Esto lo hace para ahorrar en el guiso?
—Sí.
Lo dije sin vergüenza, porque la vergüenza también es un lujo y yo había dejado de poder permitírmela hacía tiempo.
Él me miró un momento largo, y en su cara no había lástima, que era lo que más temía y lo que habría hecho que me levantara y me marchara.
Había otra cosa. Algo más parecido al respeto.
—Mi madre recogía moras —dijo de pronto—.
Cuando yo era niño. Teníamos esta casa enorme, criados a montones, y mi madre se escapaba en septiembre a recoger moras en los setos como una campesina, y volvía con las manos moradas y reñía si alguien intentaba mandar a un sirviente a hacerlo por ella.
Decía que las cosas que valen la pena hay que cogerlas con las propias manos.
—Hizo una pausa—. Murió cuando yo tenía doce años.
Mi padre nunca volvió a dejar que nadie recogiera moras.
Hizo arrancar los zarzales. Decía que le recordaban a ella.
No supe qué decir. Era la primera vez que me contaba algo que no fuera defensivo o irónico. Era el duque de Ashworth dejándome ver por fin, sin estrategia, al niño de doce años que perdió a su madre y al padre que arrancó los zarzales para no recordarla.
—Lo siento —dije, y por una vez lo dije de verdad, sin que fuera una fórmula.
—Fue hace mucho. —Cogió otra seta, una buena esta vez, y la dejó en mi cesta con un cuidado raro en un hombre tan grande—.
No sé por qué se lo cuento. No se lo he contado a nadie en años.
Será el prado. O las setas. O que usted no me sonríe por el título, lo cual, descubro, hace que uno tenga ganas de hablar.
—Hablar es peligroso, excelencia. La gente que habla acaba conociéndose. Y dos personas que se supone que se odian no deberían conocerse. Estropea el odio.
—¿Estoy estropeándole el odio, señorita Linley?
Lo miré. Estábamos a un palmo, agachados en la hierba, y la niebla de octubre se nos pegaba al pelo y a la ropa, y sus ojos grises ya no me parecían de piedra por ningún lado. Me parecían de lluvia. De agua. De algo que se mueve.
—Sí —dije en voz baja—. Lo está estropeando bastante.
Algo cambió en el aire entre los dos. Él bajó la mirada un instante a mi boca —lo vi, no lo imaginé, esta vez fue él— y luego, despacio, como quien se aparta de un borde, se incorporó.
Apoyó la mano en la rodilla, hizo fuerza, y se puso de pie con ese esfuerzo que ya no intentaba disimular delante de mí.
—Debería volver a casa —dijo, y su voz sonaba distinta—. Va a llover más fuerte. Y su cesta ya está llena.
No estaba llena. Los dos lo veíamos. Pero entendí lo que hacía, porque yo estaba haciendo lo mismo: poner tierra de por medio antes de que la cosa que llevábamos semanas sin decir se dijera sola, allí, en mitad de un prado, sin que ninguno de los dos estuviera preparado para lo que vendría después.
—Tiene razón —dije, levantándome también—. Va a llover.
Recogí la cesta. Él recogió las riendas. Y durante un momento nos quedamos los dos de pie, frente a frente, sin saber cómo despedirnos, porque "buenos días" se había quedado pequeño hacía rato y cualquier otra cosa era demasiado grande.
—Señorita Linley.
—¿Excelencia?
—Nada. —Negó con la cabeza, casi para sí mismo, con una media sonrisa que esta vez sí llegó a sonrisa, la primera que le veía completa—. Tenga cuidado con las oronjas. Y con el camino. Y con todo, en general.
—Lo tendré.
Subió al caballo. Yo eché a andar hacia casa con la cesta a medio llenar y las botas empapadas y el corazón haciendo un ruido absurdo, y no me volví a mirarlo, porque sabía que si me volvía lo encontraría todavía allí, mirándome, y entonces ninguno de los dos se iría, y llovería sobre los dos, y pasaría algo que no podía pasar.
Llegué a casa calada hasta los huesos. Bett me riñó por las botas, mi padre me preguntó por las setas y Tom quiso saber si había visto al duque, porque el duque le caía bien a pesar de ser el malo. Le dije que no, que no lo había visto, y fue la primera mentira que conté por él.