Capítulo 6
La predicción se cumplió con una puntualidad que casi tuvo gracia.
El martes, en el mercado de Tetbury, la mujer del boticario me preguntó con voz de terciopelo si era cierto que el duque de Ashworth me había sacado a bailar tres veces.
El miércoles, la modista —a la que debíamos dinero, lo cual hacía la conversación doblemente incómoda— me felicitó con un guiño por "haber pescado al pez más grande del condado".
Y el jueves, cuando crucé el camino del este con el carro y los sacos, el guarda nuevo del duque se quitó el sombrero y me llamó "milady" con una sonrisa cómplice que me dieron ganas de borrarle de una pedrada.
Tres veces. Había sido una pieza. Una. Pero para entonces la pieza se había convertido en tres en boca de la señora Pruitt, en tres y un paseo por la terraza en boca de la señora Dunmore, y en un compromiso prácticamente cerrado en boca de la señora Vance, que no era de las que cotilleaban pero que aquella semana había hecho una excepción notable.
—No bailé tres veces con el duque —le dije a Bett mientras amasaba el pan que ya no podíamos comprar—. Bailé una. Estuve a su lado un rato más porque mi padre lo asaltó y porque apareció Gerald Ashby. Eso es todo.
—Ya, señorita. —Bett amasaba sin levantar la vista—. Pero usted misma me dijo que con esas tres no importa lo que pase, sino lo que cuentan que pasa. Y lo que cuentan es bonito. Yo de usted lo dejaría correr. Que digan misa. Un poco de buen nombre nunca le ha hecho daño a una joven sin dote.
Bett tenía razón, como casi siempre, y yo no la escuché, como casi siempre.
Lo que me molestaba no era que dijeran que había bailado con el duque.
Lo que me molestaba era que, cada vez que alguien lo mencionaba, yo notaba un calorcillo absurdo en el pecho que no tenía ningún derecho a estar ahí.
El duque de Ashworth era el heredero del hombre que arruinó a mi familia.
Había cerrado nuestro camino por capricho y solo lo había reabierto a medias cuando le convino quedar bien delante del condado.
Era arrogante, frío, y se permitía decirme a la cara que mi abuelo era un jugador.
Todas esas cosas eran verdad. Y sin embargo, cuando la mujer del boticario pronunció su nombre, yo me sorprendí pensando en una mano que se demoró un instante de más sobre la mía, y tuve que recordarme a mí misma, con cierta severidad, que aquello era exactamente la clase de tontería que arruina a las mujeres pobres con más eficacia que cualquier padre manirroto.
El sábado siguiente, una semana justa después del baile, una carta volvió a llegar con el sello de Ashworth.
Esta vez no la había escrito el secretario. La letra era distinta: más rápida, más inclinada, con menos adornos y más prisa. La letra de un hombre que escribe sus propias cartas cuando el asunto le importa lo suficiente como para no delegarlo.
Señorita Linley:
El mojón del Prado Largo. El de piedra, junto al fresno viejo.
He hecho que lo midan contra el deslinde original de 1761, que encontré entre los papeles de mi abuelo.
Está, en efecto, tres pasos al oeste de donde debería.
Su abuelo tenía razón en eso, aunque dudo que tuviera razón en cómo llegó a estar ahí.
No le devuelve las tierras. La sentencia es la sentencia y no pienso reabrir un pleito que mi familia ganó. Pero pensé que querría saber que, en al menos una cosa de toda esta vieja historia, los Linley no se equivocaban.
Considérelo un gesto. No de amistad, ya hemos establecido que eso no lo tenemos. Llámelo exactitud. Me gusta que las cosas estén donde deben estar, aunque me convenga que estén donde no deben.
Ashworth.
La leí tres veces, de pie en el vestíbulo, igual que la primera. Pero esta no me dejó con frío.
Era la cosa más exasperante que me habían hecho en mucho tiempo.
Porque no me devolvía nada. Porque dejaba bien claro que no me devolvía nada.
Porque se molestaba, en plena finca arruinada y con un costado que no le dejaba montar más de una hora, en mandar a alguien a medir un mojón de piedra solo para reconocer, a solas, en una carta que nadie más iba a leer, que en algo, en una sola cosa, mi familia había tenido razón.
Nadie había hecho eso nunca. En treinta años de agravio, nadie de la casa de Ashworth había concedido a los Linley ni un milímetro.
Y ahora el duque me concedía tres pasos de un mojón que no servían para nada, salvo para demostrarme que había escuchado lo que le conté entre baile y baile y que se lo había tomado en serio.
Me senté en el escalón del vestíbulo con la carta en la mano y me permití, por una vez, no pensar en nada.
Ni en deudas, ni en consecuencias, ni lo que dirían las cotillas, ni el peligro que tenía aquel calorcillo en el pecho.
Me limité a quedarme allí sentada, leyendo por cuarta vez "su abuelo tenía razón en eso", con una sonrisa que no le habría enseñado al duque ni aunque me lo pidiera de rodillas.
—¿Buenas noticias? —Mi padre asomó desde el comedor, otra vez con una tostada, como si viviera de ellas.
Doblé la carta y me la guardé en el bolsillo, junto al corazón, donde no debía.
—El duque ha medido un mojón —dije.
—¿Y eso es bueno o malo?
Lo pensé.
—No lo sé, padre. Sinceramente, no lo sé.
Y era verdad. No lo sabía. Sabía que un mojón medido no pagaba al panadero, ni reabría el camino los cinco días, ni cambiaba que yo fuera la solterona pobre del condado y él un duque que tarde o temprano se casaría con alguien de su rango para acallar los rumores.
Sabía todo eso. Y aun así me pasé el resto del día tarareando, lo cual asustó a Bett, alarmó a Tom y dejó a mi padre con la sospecha, no del todo infundada, de que su hija práctica y sensata había empezado, por fin y para su tranquilidad, a perder un poco la cabeza.
Esa noche le contesté. Tardé tres borradores, lo cual era ridículo para cuatro líneas, y rompí los dos primeros porque sonaban a lo que eran: a una mujer que se había alegrado demasiado.
Excelencia:
Gracias por medir el mojón. Lo de la exactitud lo entiendo perfectamente; yo también prefiero que las cosas estén en su sitio aunque me arruine comprobarlo.
Tiene razón en una cosa: no me devuelve las tierras. Pero llevaba treinta años oyendo que mi familia se inventó el agravio, y resulta que en al menos tres pasos de mojón, no nos lo inventamos. Para una Linley, eso es prácticamente una herencia.
No es amistad. Que quede claro. Es solo que ahora le debo una cortesía, y eso me fastidia más de lo que se imagina.
Linley.
La sellé antes de poder arrepentirme y se la di a Tom para que la dejara en la verja del este el lunes, cuando pasáramos.
Luego me fui a la cama y me quedé mirando el techo un buen rato, intentando recordar el momento exacto en que el duque de Ashworth había dejado de ser el hombre al que tenía que odiar para convertirse en el hombre al que le escribía cartas a medianoche.
Decidí que el lunes volvería a odiarlo como Dios manda. Tocaba mercado. Y una mujer con una casa que sostener no tenía tiempo para mojones, ni para cartas, ni para duques que escribían su propia letra cuando el asunto les importaba.
Me dormí repitiéndomelo, pero no me lo creí ni yo.