El secreto del duque Capítulo 5
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Capítulo 5

Bailar con un hombre que no puede bailar del todo es una lección de paciencia que ningún manual de etiqueta enseña.

El duque se movía con cuidado, repartiendo el peso, evitando los giros que el costado no le perdonaba, y lo hacía con una dignidad tan estudiada que solo alguien que lo observara de muy cerca —yo, por ejemplo, que lo tenía a un palmo— habría notado el esfuerzo.

Para el resto del salón, el duque de Ashworth bailaba como bailan los duques: con una contención elegante que pasaba por buen gusto.

Yo sabía que era dolor disfrazado de buen gusto, y por algún motivo eso me hacía pisar con más cuidado, como si pudiera repartir su peso pisando yo mejor.

—Mojones —dijo, cuando la música nos juntó lo suficiente para hablar sin que nos oyeran.

—¿Cómo dice?

—Me prometió una conversación sobre mojones. Estoy esperando. Si no cumple, esas tres señoras pensarán que hablamos de algo interesante y se nos echará el invierno encima.

Casi me reí. Casi.

—Está bien. El mojón del Prado Largo. El de piedra, el que está junto al fresno viejo. Mi abuelo juraba que estaba mal puesto. Que lo movieron de noche tres pasos hacia el oeste para que las tierras parecieran más pequeñas en el deslinde.

—¿Y usted lo cree?

—Creo que mi abuelo era capaz de jurar que la luna estaba mal puesta si eso le daba la razón en algo.

—La música nos separó un paso y nos volvió a juntar—.

Pero también creo que un mojón de piedra no se mueve solo.

Así que no lo sé. Como tantas cosas de esta historia, depende de a quién decida una creer.

El duque me miró con una atención nueva.

—Es usted más justa de lo que pretende.

—No se confunda. Sigo pensando que su familia se quedó con lo que era nuestro. Solo reconozco que mi abuelo no era un santo. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez. La vida es irritante en ese sentido.

—La vida es exactamente así de irritante. —Otra vez aquel asomo de sonrisa—. Es lo único en lo que usted y yo hemos estado de acuerdo desde que nos conocemos.

La pieza nos llevó por el centro del salón, y durante unos compases no hablamos.

Yo era consciente de demasiadas cosas a la vez: de su mano en mi cintura, firme y cálida a través de la tela; de los ojos del salón sobre nosotros, porque un duque que baila con la solterona pobre del condado es un acontecimiento; de mi padre junto al ponche, radiante, contándole a Pembroke vaya usted a saber qué; y de las tres cotillas en la pared, siguiéndonos con la cabeza como quien sigue un partido de tenis.

—Le están mirando —dijo el duque, que también lo había notado—. Sus tres periodistas.

—Le están mirando a usted. Yo solo soy la curiosidad que tiene del brazo.

—No se subestime. Esta noche es usted la mujer más comentada del salón, y le aseguro que no es por el lazo.

Me puse colorada. Detesté ponerme colorada.

—¿Sabe lo que pasará mañana? —dije, para no pensar en el calor de mi propia cara—.

Mañana, en tres salones distintos, se contará que el duque de Ashworth bailó con la hija arruinada de los Linley.

Pasado mañana, alguien añadirá que la sacó a bailar dos veces, aunque haya sido una.

La semana que viene seré su prometida secreta.

Y para Navidad habré roto el corazón de tres herederas y envenenado a una duquesa viuda.

Así funciona. No hay nada que pueda hacer para impedirlo salvo no haber venido.

—¿Y por qué ha venido?

La pregunta me pilló desprevenida. Lo miré. Hablaba en serio; quería saberlo.

—Porque si dejo de venir a los sitios donde se me espera, dejo de existir para el condado.

Y una mujer que deja de existir para el condado pierde lo único que le queda cuando ha perdido la dote: la posibilidad de que alguien, algún día, decida casarse con ella a pesar de todo.

—Lo dije sin amargura, como quien recita una lección sabida de memoria—.

Vengo a los bailes a recordarle a la gente que sigo aquí.

Es humillante y es necesario. Como casi todo lo que hago.

El duque se quedó callado. La música giraba a nuestro alrededor, las parejas se cruzaban, y él me miraba como si acabara de verme por primera vez de verdad, no a la mujer que se arrojó bajo su caballo ni a la que lo llamó mezquino en su biblioteca, sino a esto otro: a una chica con un vestido de hace cuatro años que iba a los bailes a demostrar que todavía existía.

—No me gusta —dijo al fin— el mundo que acaba de describirme.

—A mí tampoco. Pero no me preguntaron al diseñarlo.

La pieza terminó. Nos detuvimos, hicimos las reverencias que mandaba la etiqueta, y por un momento ninguno de los dos se soltó del todo. Su mano siguió un instante de más sobre la mía. Lo justo para que yo lo notara. Lo justo para que él supiera que yo lo había notado.

—Gracias por la pieza, señorita Linley.

—Gracias por la estrategia, excelencia. Veremos si funciona.

No funcionó. Lo supe en cuanto me aparté de él y vi acercarse, abriéndose paso entre los invitados con una sonrisa que enseñaba demasiados dientes, a un hombre al que conocía y al que habría preferido no volver a ver en mi vida.

Gerald Ashby.

—Margaret. —Se inclinó sobre mi mano sin que yo se la hubiera ofrecido, y me la retuvo un segundo más de lo cortés, como hacía todo: un segundo más de lo cortés, siempre, en el límite exacto donde quejarse te convierte a ti en la exagerada—.

Estás radiante esta noche. Aunque me sorprende verte malgastar las primeras piezas con su excelencia, cuando hay viejos amigos en el salón deseando bailar contigo.

—Señor Ashby. —Recuperé la mano—. No sabía que estuviera invitado.

—Los Pembroke y mi padre tienen negocios. Donde hay negocios, hay invitación. —Su sonrisa se amplió—. Y donde estás tú, procuro estar yo. Ya lo sabes. Siempre lo has sabido.

A mi lado, noté que el duque no se había marchado.

Seguía allí, a medio paso, observando a Gerald con una expresión cortés y completamente helada, esa que yo le había visto el primer día sobre el Prado Largo.

La expresión de un hombre que calcula el coste de las cosas y acaba de calcular el de aquel.

—Creo que no nos conocemos —dijo el duque.

—Gerald Ashby. —Gerald le tendió la mano con una reverencia justa, ni un grado más de la que un duque exige—. Mi familia tiene tierras al sur del condado. Y un largo entendimiento con los Linley. Muy largo. ¿Verdad, Margaret?

No era verdad. Lo único largo entre Gerald Ashby y yo era el tiempo que llevaba diciéndole que no y el que él llevaba fingiendo no oírlo. Pero corregirlo allí, delante del duque y a tiro de las cotillas, habría sido darle exactamente lo que buscaba: una escena.

—El señor Ashby y yo nos conocemos desde hace años —dije, con cuidado—. Eso es cierto.

—Desde hace años —repitió Gerald, satisfecho, como si yo hubiera confesado algo—.

Y le aseguro, excelencia, que Margaret es una joya que este condado no sabe apreciar.

Pobre, sí. ¿Y qué? La pobreza se arregla.

El carácter, no. Y ella tiene carácter de sobra.

—Me miró de arriba abajo de una manera que me hizo desear el abrigo que había dejado en el guardarropa—.

Algún día alguien tendrá el buen juicio de llevársela antes de que sea tarde.

El duque dio un paso. No fue un paso amenazante; fue, simplemente, un paso que lo colocó medio cuerpo entre Gerald y yo, tan natural que cualquiera lo habría tomado por casualidad. Yo no lo tomé por casualidad.

—La señorita Linley —dijo, con una suavidad de hielo— me ha concedido el honor de discutir conmigo sobre lindes toda la velada. Me temo que la acaparo. Estoy seguro de que lo entiende, señor Ashby. Los asuntos de tierras no esperan.

Fue una despedida. Cortés, impecable, imposible de rebatir sin quedar como un grosero.

Gerald lo entendió. Su sonrisa no se movió ni un milímetro, pero algo se le endureció en los ojos, y por un instante miró al duque con una franqueza que no había mostrado en toda la conversación: la de un hombre que acaba de identificar a un rival.

—Por supuesto, excelencia. Los asuntos de tierras. —Volvió a inclinarse hacia mí, demasiado cerca—. Hablaremos pronto, Margaret. Tú y yo tenemos mucho de qué hablar. Siempre lo hemos tenido.

Se marchó entre la gente, y solté el aire que no sabía que estaba reteniendo.

—¿Quién es ese hombre? —preguntó el duque en voz baja.

—Alguien a quien llevo cuatro años diciéndole que no.

—No parece haberlo oído.

—No. —Miré hacia donde Gerald se había perdido entre las casacas—. Nunca lo ha oído. Esa es exactamente la cuestión.

El duque siguió mi mirada. Su mandíbula se había tensado, y cuando volvió a hablar, su voz tenía un punto que no le había oído antes, más bajo, casi privado.

—Si alguna vez no lo oye con demasiada insistencia, señorita Linley, dígamelo.

Lo miré, sorprendida. No por la frase, sino por cómo la había dicho: sin galantería, sin estrategia, sin la comisura irónica de costumbre. La había dicho en serio.

—No necesito que nadie me proteja, excelencia.

—No he dicho que lo necesite. He dicho que me lo diga.

Son cosas distintas. —Recuperó la cortesía como quien se vuelve a poner un guante—.

Y ahora, si me disculpa, mi costado me informa de que he agotado mi cupo de baile de esta década.

Voy a sentarme antes de que el condado me vea cojear y lo añada a la lista de cosas que comentar. Buenas noches, señorita Linley.

Se alejó hacia las sillas, recto, lento, cuidadoso, y yo me quedé en mitad del salón con dos hombres dándome vueltas en la cabeza por motivos opuestos: uno al que llevaba cuatro años evitando y otro al que se suponía que debía odiar.

Y lo más irritante de toda la noche, más que el vestido viejo, más que las cotillas, más que Gerald, era darme cuenta de que solo uno de los dos me daba miedo, y no era el que se suponía que era mi enemigo.