El secreto del duque Capítulo 4
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Capítulo 4

El vestido que me puse para el baile de los Pembroke tenía cuatro años, lo había llevado dos temporadas seguidas y mi doncella —que también era nuestra cocinera, nuestra lavandera y, los días de apuro, nuestra contable adjunta— había hecho milagros con un lazo nuevo y una cinta de raso rescatada de un sombrero muerto.

—Está usted preciosa, señorita —dijo Bett, dando un paso atrás para admirar su obra.

—Estoy igual que el año pasado con un lazo distinto.

—El año pasado nadie se fijó en usted y este año tampoco lo harán, así que no se preocupe. —Bett tenía la clase de sinceridad que solo se permiten las personas que te han visto crecer y limpiarte la nariz—. Lo importante es que el lazo es nuevo. Lo demás lo arregla la luz de las velas.

Me miré en el espejo manchado de mi habitación.

El vestido era de un azul que había sido más vivo en otra vida, el lazo disimulaba lo justo y mi cara era la de siempre: demasiado seria para una debutante, demasiado joven para la solterona en que el condado había decidido que me convertiría.

A los veintidós años, sin dote, con un padre que vendía caballos a pérdida y una casa que se sostenía por costumbre, yo no era un buen partido.

Era una advertencia. Las madres me señalaban a sus hijas como ejemplo de lo que pasa cuando un hombre antepone los caballos a las hijas.

Bajé las escaleras. Mi padre esperaba en el vestíbulo con su mejor casaca y la cara radiante de un hombre que va a un baile a pasarlo bien sin que le preocupe ninguna de las cosas que a mí me quitaban el sueño.

—¡Margaret! Estás espléndida. Idéntica a tu madre. —Me ofreció el brazo—. Esta noche bailas hasta gastar los zapatos, ¿me oyes? Nada de quedarte en un rincón con la cabeza en los problemas de la casa.

—No le doy vueltas a la casa en los bailes, padre.

—Le das vueltas a todo hasta cuando duermes, hija. Te oigo murmurar en sueños por la puerta.

No le dije que tenía razón. Subimos al carruaje —alquilado, otro gasto que no podíamos permitirnos y que mi padre consideraba imprescindible porque "a un baile no se llega andando"— y traqueteamos hacia la casa de los Pembroke por el camino largo, porque era sábado y el del este estaba cerrado, detalle que mi padre había olvidado tres veces durante la semana.

La casa de los Pembroke estaba iluminada como un barco en llamas.

Carruajes mejores que el nuestro descargaban a gente mejor vestida que nosotros, y mientras subíamos la escalinata sentí lo de siempre: esa mezcla de orgullo y vergüenza de pertenecer a un sitio del que cuelgas por un hilo de caridad ajena.

El salón era un horno de velas, perfume y conversación. Y no llevaba ni cinco minutos dentro cuando las oí.

—...la pobre Margaret Linley, otra vez con el azul. Aunque le han puesto un lazo, fíjate.

—Un lazo no esconde una dote vacía, querida.

—Yo oí que el padre vendió tres caballos el mes pasado para pagar al carnicero.

—Al panadero, querida. Al panadero. El carnicero los espera desde la primavera.

Eran tres, sentadas en fila junto a la pared, con las copas de ratafía en la mano y los ojos en todas partes a la vez.

Las conocía: la señora Pruitt, ancha y rotunda, que contaba las cosas siempre un grado más escandalosas de lo que eran; la señora Dunmore, flaca como un alfiler, que juraba haber oído conversaciones que se habían celebrado a tres habitaciones de distancia; y la señora Vance, la más joven de las tres, que empezaba cada frase diciendo "yo no soy de las que cotillean, pero" y terminaba siempre cotilleando.

Eran el periódico no oficial del condado.

Lo que pasaba por sus bocas salía deformado y lo que salía deformado se convertía en verdad antes del desayuno.

Fingí no haberlas oído, que era lo que se esperaba de una dama, y me llevé a mi padre hacia el otro extremo del salón antes de que decidiera saludarlas con su entusiasmo de costumbre y les diera material para una semana.

Y entonces lo vi.

El duque de Ashworth estaba junto a una de las columnas, vestido de oscuro entre un mar de casacas de colores, y a su alrededor se había formado el corro previsible: madres con hijas, hijas con abanicos, padres con conversación sobre caballos y cosechas.

Lo rodeaban como las gaviotas rodean un barco de pesca, y él soportaba el asedio con una cortesía glacial que yo, desde la otra punta del salón, supe leer perfectamente: estaba aburriéndose de una manera profunda y silenciosa, y lo disimulaba porque era duque y eso era parte del trabajo.

Levantó la vista. Me encontró entre la gente —no sé cómo, había doscientas personas— y durante un segundo larguísimo nos miramos por encima de todas aquellas cabezas.

Luego, con un gesto mínimo, levantó su copa un par de dedos en mi dirección.

Un saludo. O un sálvame. Con él era difícil distinguirlos.

Aparté la vista. No pensaba cruzar el salón hacia el duque de Ashworth delante de tres cotillas, mi padre y media aristocracia del condado. Habría sido como prenderme fuego yo sola.

—¿Ese es el duque? —Mi padre entornó los ojos—. ¡Pero si es el hijo de Henry Ashworth! Madre mía, cómo ha crecido. Voy a saludarlo, cazábamos juntos con su padre.

—Padre, no...

Pero mi padre ya cruzaba el salón con la determinación alegre de un hombre que no concibe que su compañía pueda no ser bienvenida, y a mí no me quedó más remedio que seguirlo, porque dejarlo llegar solo hasta el duque era arriesgarme a que le contara la historia entera de nuestras tierras a voz en grito delante de todos.

—¡Excelencia! —Mi padre le tendió la mano con la familiaridad de quien saluda a un sobrino—. Edward Linley. Conocí a su padre, que en paz descanse. Cazábamos zorros juntos en estos mismos campos. ¡Cómo se parece usted a él!

El duque le estrechó la mano. Si le sorprendió el asalto, no lo demostró.

—Señor Linley. —Sus ojos me encontraron por encima del hombro de mi padre—. Su hija me había advertido de su talento para las cacerías.

—¿Ah, sí? —Mi padre se volvió hacia mí, encantado—. ¿Has hablado de mí con el duque, Margaret?

—Hemos hablado del camino del este, padre. Salió tu nombre.

—¡El camino del este! —Mi padre se rio—. Verá, excelencia, eso tiene fácil arreglo entre vecinos. Su padre y yo teníamos un entendimiento, y estoy seguro de que usted y yo...

—Su hija y yo ya hemos llegado a un entendimiento, señor Linley. —El duque lo dijo con suavidad, pero cortó la frase de mi padre limpiamente—. Lunes y jueves. Funciona bastante bien. Es una mujer difícil de convencer, pero cuando uno la convence, el trato se sostiene.

Mi padre nos miró a uno y a otro, momentáneamente desconcertado de que el asunto estuviera resuelto sin su intervención. Luego, como hacía siempre que algo escapaba a su comprensión, decidió que era una buena noticia y sonrió.

—¡Espléndido! Espléndido. Mi Margaret tiene buena cabeza para estas cosas.

La mejor del condado, se lo digo yo. —Me palmeó el hombro—.

Bueno, los dejo. He visto a Pembroke junto al ponche y le debo una revancha al billar desde mayo.

Excelencia, un placer. ¡No le robe demasiado tiempo a mi hija, que esta noche baila!

Y se marchó, dejándome plantada delante del duque de Ashworth con las mejillas ardiendo y tres cotillas observando la escena desde la pared como gatos delante de un agujero de ratón.

—Su padre —dijo el duque— es exactamente como me lo había imaginado.

—Mi padre es mejor de lo que parece y peor de lo que cree. Como casi todo el mundo. —Bajé la voz—. Y ahora, gracias a su numerito, esas tres mujeres de ahí van a pasarse la velada preguntándose qué tengo yo para que el duque me dedique más de dos frases.

El duque siguió mi mirada hacia la pared. La señora Pruitt fingió de golpe un interés fascinante por su abanico. La señora Dunmore no se molestó en disimular.

—¿Le preocupa lo que digan?

—Me preocupa lo que inventen, que es distinto y mucho peor. Esas tres podrían convertir un saludo en un compromiso antes de la medianoche. Es su talento. El único, pero lo cultivan con dedicación.

—Entonces tendremos que no darles material. —El duque dejó su copa en la bandeja de un criado que pasaba—. ¿Sabe cuál es la mejor manera de que tres cotillas no inventen una historia escandalosa sobre dos personas?

—Que esas dos personas no se acerquen jamás.

—Demasiado tarde para eso. —Torció la boca apenas—.

No. La mejor manera es darles una historia tan aburrida que no merezca la pena contarla.

Un duque y la hija de un vecino discutiendo sobre un camino rural.

No hay nada más tedioso. Bailaríamos una pieza, hablaríamos de setos y mojones, y se irían a buscar carne más fresca a otra parte.

Lo miré. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo: me estaba pidiendo un baile envuelto en una estrategia, para que yo no pudiera negarme sin reconocer que me importaba más de lo que admitía.

—Eso —dije— es lo más retorcido que me han propuesto en un salón de baile.

—Probablemente. ¿Funciona?

Las violas empezaban a afinar al otro lado del salón.

Mi padre, junto al ponche, me hacía señas para que bailara.

Las tres cotillas esperaban en la pared a ver qué hacía.

Y el duque de Ashworth tenía la mano medio tendida, con esa cara de granito que ya no me parecía tan de granito, y un costado que le impedía bailar más de una pieza y que sin embargo me estaba ofreciendo esa pieza a mí.

—Una pieza —dije—. Y hablaremos de mojones todo el rato.

—De mojones y de setos. Le doy mi palabra de duque.

Le di la mano. Nunca lo había tocado, y noté el calor de su palma a través de mi guante remendado, y me ordené a mí misma no notarlo, con el mismo éxito con que me ordenaba no preocuparme mientras dormía.

Mientras me llevaba hacia el centro del salón, oí a mi espalda el inconfundible susurro de la señora Dunmore.

—Yo no soy de las que cotillean, pero ¿habéis visto eso?

—Lo he visto, querida —respondió la señora Pruitt—. Vaya si lo he visto.