Capítulo 3
El primer jueves de camino abierto descubrí que un acuerdo con el duque de Ashworth no era un acuerdo, sino una serie de oportunidades para seguir discutiendo con él en lugares cada vez más inconvenientes.
Lo encontré en el puente del arroyo, a caballo, supervisando a dos hombres que reparaban una tabla suelta.
Podía haber pasado de largo. El acuerdo no incluía conversación; incluía una verja abierta y nada más.
Pero él levantó la vista al oír mi carro, y yo aflojé las riendas sin habérmelo propuesto, y para cuando quise darme cuenta ya estábamos los dos parados en mitad del puente como dos personas que no tienen absolutamente nada mejor que hacer.
—Señorita Linley. Puntual.
—Es jueves. Tengo cinco días a la semana para llegar tarde a todas partes. Los jueves prefiero aprovecharlos.
—Una filosofía admirable. —Señaló con la cabeza el carro, donde mi hermano Tom iba sentado entre los sacos de grano con las piernas colgando—. ¿Y este caballero?
—Mi hermano. Thomas. Tiene nueve años y una rana en el bolsillo izquierdo, así que le recomiendo mantener las distancias.
Tom, que hasta ese momento había mirado al duque con la boca abierta y la reverencia muda que los niños reservan para los caballos grandes y los hombres importantes, se puso colorado hasta las orejas.
—No es una rana —protestó—. Es un sapo. Las ranas y los sapos no son lo mismo.
El duque lo miró con seriedad. Esperé el desdén, el "qué impertinencia", pero no llegó.
—Tienes razón —dijo—. El sapo tiene la piel seca y verrugosa, y la rana la tiene lisa. Y el sapo camina; la rana salta. ¿Cómo se llama el tuyo?
Tom parpadeó, atónito de que un duque supiera de sapos y, peor aún, de que se lo preguntara.
—Wellington.
—Buen nombre para un sapo. Aguanta el barro y no se rinde. —El duque inclinó la cabeza con una solemnidad perfecta—. Es un placer, general Wellington.
Y Tom se rio. Tom, que era tímido con los desconocidos y que llevaba dos años sin un padre que le hiciera caso porque el nuestro estaba demasiado ocupado comprando yeguas, se rio con esa risa suya de cascabel que yo no le oía desde hacía semanas, y algo se me movió en el pecho de una manera que no me gustó nada, porque estaba dirigido al hombre equivocado.
Aparté la vista del duque y me concentré en las riendas.
—No sabía que los duques supieran de anfibios.
—Los duques sabemos de muchas cosas inútiles.
Es nuestra principal ocupación. —Hizo girar el caballo para ponerse a la par del carro mientras los hombres terminaban con la tabla—.
De niño tenía un estanque. Pasaba allí horas.
Era eso o las clases de latín, y los sapos resultaron mucho mejor compañía que el latín.
—¿Y ahora?
—Ahora tengo una finca arruinada, un costado que no me deja montar más de una hora seguida y un condado entero esperando a ver cuándo me caso para dejar de especular sobre ello.
—Lo dijo ligero, casi divertido, pero había debajo algo que no lo era—.
El estanque sigue ahí. Ya no tengo tiempo para los sapos.
No supe qué contestar a eso, así que no contesté, que con el duque empezaba a ser mi estrategia más exitosa.
Los hombres terminaron. La tabla quedó firme. El duque la probó con el casco de su caballo, asintió, y por un momento pensé que se despediría y cada uno seguiría su camino y aquello quedaría en una conversación rara sobre sapos.
—El sábado —dijo entonces— los Pembroke dan un baile.
Lo sabía. Todo el condado lo sabía. Los Pembroke daban un baile cada otoño y era el acontecimiento que partía el año en dos: el antes, dedicado a conseguir una invitación, y el después, dedicado a comentar lo ocurrido durante el resto del invierno.
Nosotros teníamos invitación porque mi madre, en vida, había sido amiga de lady Pembroke, y porque retirársela a la hija huérfana habría quedado feo. La caridad social tiene esas ventajas.
—Lo sé —dije—. Iremos.
—Me alegro. —Recogió las riendas—. Será más soportable con alguien dispuesto a llamarme mezquino entre baile y baile. El resto de los invitados me sonríe demasiado. Es agotador que te sonrían cuando sabes que es por el título.
—No cuente conmigo para sonreírle, excelencia. Eso se lo garantizo.
—Es lo único que le pido. —Y aquella comisura otra vez, esa que no llegaba a sonrisa pero que estaba aprendiendo a reconocer como lo más parecido a una que aquel hombre se permitía—. Buenos días, señorita Linley. General Wellington.
Se alejó hacia Ashworth Hall, recto sobre el caballo a pesar del costado, y Tom lo siguió con la mirada hasta que desapareció tras la curva del seto.
—Meg —dijo mi hermano—. ¿Ese hombre es el malo? El del Prado Largo. El que papá dice que nos robó las tierras.
Miré el camino vacío por donde se había ido.
—Sí —dije—. Ese es.
—Pues sabe mucho de sapos para ser el malo.
Arreé al caballo y no contesté, porque no tenía respuesta, o porque la que tenía no me gustaba.
El malo del Prado Largo sabía de sapos, trataba a mi hermano con más atención que su propio padre, y cargaba con una finca arruinada y un cuerpo roto y un condado entero esperando a verlo caer.
Nada de eso le devolvía las tierras a mi familia.
Nada de eso borraba treinta años de agravio.
Pero era mucho más difícil odiar limpiamente a un hombre después de oírlo bautizar a un sapo general que antes, y eso me fastidiaba más que el cierre del camino, más que la yegua de mi padre, más que el panadero impagado.
Aquella noche, inclinada sobre los papeles de la finca a la luz de una vela, me sorprendí pensando cuántos días faltaban para el sábado. Tres. Cerré el cuaderno de golpe, como si la culpa fuera suya, y me fui a la cama decidida a odiarlo el doble el sábado para compensar.