Capítulo 2
La carta llegó tres días después, con el sello de Ashworth en el lacre y la letra de un secretario que cobraba por adornar cada mayúscula.
La leí dos veces en el vestíbulo, de pie, sin quitarme el abrigo.
Decía, en un párrafo que podría haberse resuelto en una línea, que el camino del este quedaba cerrado a partir del lunes siguiente, que cualquier persona o vehículo de la casa Linley que se encontrara en él sería considerado intruso, y que su excelencia el duque de Ashworth confiaba en que la familia sabría tomar las disposiciones oportunas.
Firmaba el secretario. El duque ni siquiera se había molestado en mojar la pluma.
—¿Malas noticias? —Mi padre asomó desde el comedor con una tostada en la mano y mermelada en la barbilla.
—El duque cierra el camino del este. El lunes.
—¿Cuál es el camino del este?
Respiré hondo. Mi padre llevaba sesenta años usando aquel camino y era perfectamente capaz de no saber cómo se llamaba.
—El atajo a Tetbury, padre. El que cruza el Prado Largo. Sin él tardamos dos horas más en llegar al mercado.
—Ah. —Le dio un mordisco a la tostada—. Bueno, hablaré con él. Somos vecinos, al fin y al cabo. Su padre y yo cazábamos juntos. Un buen hombre, el viejo duque. Mal jugador de cartas, eso sí, pero buen hombre.
—Padre, el viejo duque te ganó el Prado Largo en los tribunales.
—Eso fue su padre. O su abuelo. Uno de ellos. —Hizo un gesto vago con la tostada—. En cualquier caso, hablaré con el chico. Seguro que se trata de un malentendido.
No era un malentendido. Yo había mirado al chico a los ojos sobre aquella hierba y no había en ellos nada parecido a un malentendido; había la satisfacción muy concreta de un hombre que ha encontrado la manera más limpia de hacerle daño a una familia que detesta.
Pero discutir con mi padre era como discutir con la yegua nueva, así que me guardé la carta en el bolsillo y decidí que aquel chico, ese duque, ese costado izquierdo que se negaba a doblarse, iba a tener que vérselas conmigo y no con la tostada de mi padre.
Esa fue, probablemente, mi primera decisión verdaderamente estúpida del otoño.
Ashworth Hall se veía desde el alto del camino mucho antes de llegar: una casa enorme y gris, con más ventanas de las que cualquier familia podía necesitar y un parque delante donde habrían cabido tres veces nuestras tierras.
Fui a caballo, sola, lo cual ya era una imprudencia, y vestida con mi mejor abrigo, que era mi único abrigo, detalle que esperaba que no se notara.
Me recibió un mayordomo con la cara de quien ha visto pasar por aquella puerta a gente mucho más importante que yo y no piensa fingir lo contrario.
—Su excelencia no recibe sin cita previa.
—Dígale que es la señorita Linley. Y que vengo por el camino del este. Estoy segura de que sabrá de qué se trata.
El mayordomo me dejó en un recibidor frío donde un reloj enorme marcaba los minutos con un desprecio audible, y allí me tuvo el tiempo justo para que yo entendiera que aquella espera era el primer mensaje.
Cuando por fin volvió, me condujo por un pasillo con retratos de duques muertos que me miraban todos con el mismo gesto de granito —debía de ser cosa de familia— hasta una biblioteca donde el duque de Ashworth estaba de pie junto a la ventana, vestido para montar, con unos papeles en la mano y la expresión de un hombre al que acaban de interrumpir algo importante para hacerle perder el tiempo.
—Señorita Linley. —No me ofreció asiento—. Confieso que es la última persona que esperaba ver en mi biblioteca.
—Le aseguro, excelencia, que es el último sitio donde yo esperaba estar.
—Y sin embargo, aquí está. —Dejó los papeles sobre la mesa—. Sin acompañante, sin cita y, si no me equivoco, sin haber pedido permiso a su padre. Empiezo a pensar que lo de arrojarse bajo los caballos no fue una excepción, sino una costumbre.
—Mi padre insistió en venir en persona, pero preferí venir yo.
Su intención era decirle que su padre y el suyo cazaban zorros juntos, y que seguro que todo esto se arreglaba recordando viejos tiempos.
—Dejé que la frase aterrizara—. Yo preferí hablar con la persona que firma las órdenes. Me pareció más realista.
Algo se movió en su cara. Otra vez esa sombra de no esperar la respuesta. Empezaba a coleccionarlas.
—Siéntese —dijo al fin.
—Prefiero estar de pie.
—Acaba de cabalgar una hora para venir a discutir conmigo. Siéntese, señorita Linley, o tendré que quedarme yo también de pie por cortesía, y le aseguro que mi pierna tiene opiniones muy firmes sobre el asunto.
Lo dijo sin un gramo de autocompasión, casi con fastidio, como quien menciona un mueble que estorba.
Me senté. Él se sentó enfrente, despacio, y por un instante vi cómo apoyaba el peso antes de doblar la rodilla, y aparté la vista porque me pareció que mirar aquello era una intimidad que no me había ganado.
—El camino —dije.
—El camino es mío.
—El camino lo ha usado mi familia durante treinta años con el consentimiento de la suya. Su padre nunca lo cerró.
—Mi padre permitía muchas cosas que yo no estoy dispuesto a permitir.
Era un hombre generoso. La generosidad, descubrí al heredar sus deudas, es un lujo que él no podía pagar y que yo, desde luego, no puedo.
—Juntó las manos—. ¿Sabe cuánto le costaba a la finca mantener ese camino abierto?
El puente sobre el arroyo lo reparo yo. El seto lo podo yo.
Y por él pasan los carros de los Linley cargados de grano que se vende en un mercado del que mi finca no ve ni un penique.
De modo que, dígame, ¿por qué exactamente debería seguir pagando yo para que su familia llegue antes a vender su cosecha?
Era una buena pregunta. Esa era la parte irritante: era una buena pregunta, y yo había venido sin una buena respuesta, solo con rabia y un abrigo bueno.
—Porque cerrarlo no le aporta nada a usted —dije—.
No gana tierra. No gana dinero. El camino seguirá ahí, cerrado, sin que nadie lo use, costándole igual el seto y el puente.
Lo único que consigue cerrándolo es hacernos daño.
Y un hombre que solo hace algo para hacer daño, excelencia, es un hombre con muy poco que hacer.
Se quedó callado un momento. El reloj del recibidor seguía oyéndose, lejano, marcando su desprecio a través de tres puertas.
—Tiene razón en una cosa —dijo—. No gano nada.
—Entonces...
—Pero usted ha venido. —Se inclinó apenas hacia delante—.
Llevo seis semanas en esta casa intentando entender una finca que mi padre administró con el corazón y muy poco método, rodeado de gente que me dice a todo que sí porque soy duque y porque cojeo y les doy lástima.
Y esta mañana cierro un camino y, tres días después, la única persona en todo el condado que se atreve a presentarse en mi biblioteca a decirme a la cara que soy mezquino es la hija del hombre que más motivos tiene para odiarme.
—Esbozó algo que no llegaba a sonrisa—. Reconocerá que tiene su gracia.
—No le veo la gracia por ningún lado.
—No, supongo que desde su silla no.
Me puse de pie. No iba a sacar nada de allí salvo la humillación de haber rogado, y prefería ahorrármela.
—Quédese con su camino, excelencia. Iremos por el valle.
Dos horas más, cosecha tras cosecha, y cada vez que mi padre me pregunte por qué tardamos tanto, le diré que es porque el duque de Ashworth necesitaba ganarle una discusión a una mujer para sentirse menos solo en su casa enorme.
—Recogí los guantes—. Le deseo que le aproveche.
Llegué a la puerta. Tenía la mano en el pomo cuando habló.
—Espere.
No me volví, pero esperé. Otra vez. Empezaba a tener la sensación de que aquel hombre y yo íbamos a pasarnos la vida hablándonos de espaldas.
—Le propongo un trato —dijo—. Dos días a la semana.
Los días de mercado de Tetbury. El camino abierto para los carros de los Linley, esos dos días, y cerrado el resto.
Usted me ahorra el papelón de parecer un tirano delante del condado, que por lo visto ya empieza a comentarlo, y yo le ahorro a usted las dos horas del valle.
Los dos salimos perdiendo lo justo para no sentirnos en deuda con el otro.
Me volví. Estaba de pie junto a la mesa, con una mano apoyada en ella para repartir el peso, mirándome con aquellos ojos grises que seguían calculando el coste de todo pero que por un momento parecían estar calculando otra cosa que no sabía leer.
—¿Por qué? —pregunté—. Hace tres días quería denunciarme por allanamiento.
—Hace tres días no había venido nadie a llamarme mezquino a la cara.
Resulta que lo prefiero al sí de los demás.
—Se encogió de hombros, un gesto que le costó un poco por el costado—.
No se confunda, señorita Linley. Sigo pensando que su abuelo perdió esas tierras a las cartas y que su familia lleva treinta años cobrándose en rencor lo que no supo conservar en el juego.
Esto no es amistad. Es un horario de mercado.
—Bien. Porque yo sigo pensando que su familia se aprovechó de un hombre arruinado y que usted ha heredado el agravio junto con el título. Esto tampoco es amistad por mi parte.
—Entonces estamos de acuerdo. —Ese amago de sonrisa otra vez—. Es la primera vez en mi vida que llegar a un acuerdo con alguien consiste en confirmar que nos despreciamos. Resulta extrañamente eficiente.
Me acompañó él mismo hasta la puerta, despacio, sin disculparse por el ritmo, y en el escalón de entrada, mientras un mozo me traía el caballo, dijo una última cosa.
—Su padre. —Se apoyó en el marco de la puerta—. Ya que al final no ha venido a recordarme las cacerías de nuestros padres, dígale de mi parte que se las recuerdo yo. Y que aun así el camino se cierra cinco días de la semana.
—Se lo diré. Aunque dudo que distinga el matiz. Para mi padre, que un duque le recuerde las cacerías ya es casi una reconciliación. Es una forma de vivir muy cómoda. Y absolutamente ruinosa.
—Lo sé bien —dijo—. El mío era igual. —Y por un instante, solo un instante, su expresión pétrea se le ablandó en algo que no era arrogancia, sino el reconocimiento de una persona que ha cargado con el mismo peso que tú—.
Buenos días, señorita Linley. Recuerde. Los lunes y los jueves. Avísele a su cochero.
Subí al caballo y me marché sin darle las gracias, porque dárselas habría sido reconocer que había ganado de nuevo, y porque la verdad, mucho más incómoda, era que no sabía cuál de los dos había ganado aquella mañana.
Cabalgué la hora de vuelta pensando en lo sucedido, y solo cuando vi aparecer el tejado torcido de nuestra casa entre los árboles me di cuenta de que en algún momento de la conversación había dejado de mirarle la cojera y había empezado a mirarle la boca.