El secreto del duque Capítulo 1
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El secreto del duque

El secreto del duque

Por Morgan Garo

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Capítulo 1

Mi padre tenía la costumbre de comprar caballos que no podíamos permitirnos para ir a cazar zorros que no necesitábamos, y aquella mañana de septiembre lo encontré en el establo admirando una yegua nueva con la cara de un hombre profundamente satisfecho de sí mismo.

—Margaret —dijo al verme—. Mira qué animal. ¿Has visto alguna vez algo semejante?

Había visto muchas cosas semejantes. Todas habían entrado por aquella misma puerta, habían vaciado un poco más nuestra bolsa y habían salido tres meses después rumbo a la subasta de Tetbury, donde mi padre las vendía por la mitad de lo que había pagado y volvía a casa hablando del negocio redondo que había hecho. La yegua me miró con desconfianza.

—¿Cuánto, padre?

—No empieces.

—¿Cuánto?

—Eres igual que tu madre, que en gloria esté. Una mujer no debería saber lo que cuestan las cosas. Le quita el encanto a la vida.

—A mí lo que me quita el encanto a la vida es el panadero, que ayer me recordó por tercera vez que llevamos dos meses sin pagarle. ¿Cuánto, padre?

Suspiró, palmeó el cuello de la yegua y me dijo un precio que me hizo agradecer no haber desayunado todavía, porque de haberlo hecho lo habría perdido allí mismo sobre la paja.

No grité. Hacía años que había aprendido que gritarle a mi padre era como gritarle a la lluvia: agotador, inútil y a él le resbalaba por completo.

En lugar de eso hice lo que llevaba haciendo desde los diecisiete años, que era tragarme el disgusto, añadirlo a todo lo demás y salir a buscar la manera de que la casa de los Linley siguiera en pie un trimestre más.

Mi padre soñaba. Yo administraba sus sueños.

Era un reparto de tareas profundamente injusto, pero alguien tenía que hacerlo, y mi hermano solo tenía nueve años y una afición preocupante por meterse ranas en los bolsillos.

Salí del establo al patio, donde la niebla todavía colgaba sobre los setos, y fue entonces cuando vi al jinete.

Venía por el camino del este. El que no debía usar porque era únicamente nuestro.

Lo supe antes de distinguirle la cara, porque solo había un hombre en el condado con la desfachatez de cruzar el prado de los Linley a caballo como si fuera suyo, y era precisamente el hombre que creía que lo era.

El camino del este atravesaba el Prado Largo, doce acres de buena hierba que mi familia llevaba reclamando una generación entera y que un tribunal de Londres, hacía treinta años, había entregado a la casa de Ashworth con la misma facilidad con que se entrega una propina.

Mi abuelo murió jurando que se los habían robado.

Mi padre lo repetía cada vez que pasaba por allí.

Y yo había mamado el agravio con la leche, de modo que ver a un Ashworth cruzando aquella hierba al galope me produjo un calor muy concreto en algún punto detrás de los ojos.

Salí al camino y me planté en medio.

El jinete tuvo que tirar de las riendas para no arrollarme.

El caballo —un animal magnífico, infinitamente superior a la última adquisición de mi padre, detalle que me irritó todavía más— se encabritó y resopló, y el hombre lo dominó con una facilidad que me irritó por tercera vez en otros tantos segundos.

—¿Es usted consciente —dijo desde lo alto— de que acabo de estar a punto de pasarle por encima?

—¿Es usted consciente —respondí— de que está cabalgando sobre tierra ajena?

Me miró. Tenía la clase de cara que la guerra deja en los hombres que vuelven de ella: atractiva de un modo severo, cerrada, con unos ojos grises que parecían calcular el coste de todo lo que miraban, incluida yo.

Vestía bien sin esforzarse, y se sostenía sobre la silla con una rigidez en el costado izquierdo que en otro hombre habría llamado dolor y que en aquel parecía pura voluntad de no doblarse.

—Tierra ajena —repitió—. Qué interesante. Porque según el catastro, los planos y treinta años de sentencia firme, esta tierra es mía.

—Según el catastro... —Crucé los brazos—. El catastro también dice que sangrar a un enfermo lo cura. Yo no me fiaría demasiado del catastro.

Algo le pasó por la cara. No fue una sonrisa; fue la sombra de no haber esperado que le contestara, que en los hombres de su posición viene a ser lo mismo que el desconcierto en los demás.

—¿Y usted es...?

—La persona sobre cuya hierba está usted pisando. Eso debería bastarle.

—Me temo que necesito algo más concreto para mi denuncia por allanamiento.

—Allanamiento. —Solté una carcajada que no me salió tan despreocupada como pretendía—. Eso tiene mérito. Cabalga usted por mi prado, casi me mata, ¿y el allanamiento lo cometo yo?

—Cabalgo por mi prado. Y si una joven decide arrojarse bajo los cascos de mi caballo para hacer una declaración política sobre el catastro, el allanamiento es lo de menos. Empezaría a preocuparme por su cordura.

Abrí la boca para contestar y descubrí, con considerable fastidio, que tardé medio segundo de más en encontrar la réplica. Medio segundo en el que él, además, lo notó.

—Sé quién es usted —dije al fin, y esta vez la voz me salió más firme—. Es el nuevo duque. El que ha heredado Ashworth Hall este verano. Llevaba meses sin asomar por aquí y ahora resulta que tiene tiempo de sobra para galopar por tierras que su familia le robó a la mía.

La palabra robó quedó flotando entre los dos como un guante arrojado al suelo.

El duque desmontó. Lo hizo despacio, apoyando el peso con cuidado en la pierna derecha, y cuando estuvo en el suelo era más alto de lo que me había parecido y la severidad de su cara tenía de cerca un punto de cansancio que no le quitaba ni una pizca de arrogancia.

—Robar —dijo— es una palabra que requiere un ladrón.

Y hasta donde yo sé, lo único que hizo mi abuelo fue ganar un pleito que el suyo perdió.

Hay una diferencia, señorita Linley. —Así que sabía quién era yo.

Lo había sabido desde el principio—. La diferencia está en que un hombre perdió ese pleito porque había hipotecado estas tierras tres veces para pagar deudas de juego, y cuando no pudo responder por ellas decidió que era más cómodo llamarlo robo que reconocer que las había perdido a las cartas.

—Mi abuelo no...

—Su abuelo debía cuatro mil libras a medio condado cuando murió.

Lo sé porque dos de esas deudas las heredé yo junto con el ducado y todavía estoy esperando que alguien me las pague.

—Inclinó la cabeza con una cortesía que era el insulto más grande de toda la conversación—.

De modo que, si vamos a hablar de robos, señorita, con mucho gusto le abro los libros.

Aunque sospecho que prefiere la versión que le contaron de niña.

Es más cómoda. Y no obliga a nadie a pagar nada.

El calor se me había extendido a las orejas, a las manos, a la punta de la lengua. Lo peor no era que fuese cruel. Lo peor era que una parte pequeña y traicionera de mí, la misma que se desvelaba a las tres de la madrugada, sabía que lo de las deudas de juego de mi abuelo no era del todo mentira.

—Mi abuelo —dije, midiendo cada palabra— está muerto. Y es muy fácil cargarle las culpas a un muerto, excelencia, porque tiene la elegancia de no poder contestar. Igual que es muy fácil cabalgar por la tierra de los demás cuando se tiene un título lo bastante grande para no temer las consecuencias.

—No le temo a las consecuencias porque no hay ninguna. La tierra es mía.

—La hierba que pisa la sembró mi familia.

—Entonces le agradezco el detalle. Crece estupendamente.

Lo dijo con una calma tan perfecta, tan absolutamente desprovista de esfuerzo, que comprendí que estaba disfrutando.

No mucho. No de manera evidente. Pero aquel hombre, el duque de Ashworth, el heredero del agravio de mi familia, estaba de pie sobre la hierba robada de mis abuelos pasándolo razonablemente bien a mi costa, y yo no tenía ni un solo argumento que pudiera borrarle de la cara aquella superioridad de granito.

Así que hice lo único que me quedaba, que fue lo menos digno y lo más satisfactorio.

Le di la espalda y eché a andar hacia la casa sin despedirme.

—Señorita Linley. —Su voz me alcanzó cuando ya llevaba diez pasos—. Una última cosa.

Me detuve. No me volví.

—El camino del este atraviesa mi propiedad —dijo—.

Voy a cerrarlo. Con una verja y un guarda.

Su familia lleva treinta años usándolo para llegar al mercado de Tetbury sin tener ningún derecho a ello, y como ya hemos establecido que es usted muy sensible a la cuestión de pisar la tierra ajena, estoy seguro de que lo entenderá.

Me volví entonces. Despacio.

El camino del este era el único atajo decente a Tetbury.

Sin él, cada viaje al mercado eran dos horas más por el valle, dos horas que en plena cosecha no teníamos, dos horas que podían ser la diferencia entre vender el grano fresco y venderlo pasado.

Lo sabía él. Lo veía en su cara. No lo había dicho por la verja; lo había dicho porque acababa de encontrar exactamente dónde dolía y había decidido apretar.

—No se atreverá —dije.

—Ya he dado la orden esta mañana. —Volvió a subir a su caballo, otra vez con ese cuidado preciso con el costado izquierdo—.

Por eso cabalgaba por aquí, en realidad.

Quería ver la tierra antes de cerrarla. No esperaba encontrar a nadie dispuesto a morir bajo mi caballo por defenderla.

—Recogió las riendas—. Ha sido una mañana de lo más instructiva, señorita Linley. Buenos días.

Hizo girar al caballo y se alejó al trote por el camino del este.

Su camino del este. Lo vi empequeñecer entre la niebla hasta que el seto se lo tragó, y me quedé sola en mitad del Prado Largo con las manos cerradas en dos puños y la sensación exacta de haber perdido una batalla cuya existencia ignoraba media hora antes.

Detrás de mí, desde el establo, llegó la voz alegre de mi padre.

—¡Margaret! ¿Con quién hablabas? ¡Ven a ver cómo trota la yegua!

Cerré los ojos un momento. Una yegua que no podíamos pagar, un camino que acababan de quitarnos, un panadero impagado y un duque con ojos de granito que se marchaba pensando que había ganado.

Lo cual, para ser justos, era exactamente lo que había hecho.

Pero solo por aquella mañana. Eso me prometí mientras volvía hacia la casa, pisando bien fuerte la hierba que un tribunal le había dado a su familia y que mi corazón se negaba en redondo a considerar suya. Solo por aquella mañana.

Aún no sabía su nombre de pila. No sabía que en menos de dos meses lo tendría tan cerca como para contarle las pestañas, ni en qué circunstancias, ni con cuánta gente mirando. De haberlo sabido, creo que aquella mañana habría dejado que la yegua de mi padre me diera una coz y santas pascuas.

Habría sido más barato. Y, desde luego, mucho menos escandaloso.