El secreto del duque Capítulo 10
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Capítulo 10

El baile de los Hartwell cayó en la última semana de octubre, y yo no quería ir.

No era el vestido, aunque el vestido seguía siendo el mismo azul de cuatro años con un lazo distinto, porque Bett se había superado a sí misma con otra cinta rescatada de otro sombrero difunto.

No era el dinero del carruaje alquilado, aunque también.

Era una sensación que no sabía nombrar y que llevaba días instalada en la boca del estómago, como cuando el cielo se queda quieto antes de una tormenta y los animales se ponen nerviosos sin saber por qué.

—Tienes que ir —dijo mi padre, que sí quería ir, porque mi padre siempre quería ir a todas partes—.

Los Hartwell se ofenden si falta alguien con invitación.

Y nosotros tenemos invitación, lo cual a estas alturas es casi un milagro, así que iremos y sonreiremos y bailarás, Margaret, y dejarás de poner esa cara de funeral.

—No tengo cara de funeral.

—Tienes cara de estar pensando algo. Es peor.

Fuimos. Por supuesto que fuimos. Una no rechaza las pocas invitaciones que le quedan cuando su existencia social depende de seguir apareciendo, y yo lo sabía mejor que nadie, así que me puse el azul y el lazo nuevo y subí al carruaje.

La casa de los Hartwell era más pequeña que la de los Pembroke pero presumía más, con velas en cada rincón y un cuarteto traído de Bath que tocaba como si le pagaran por nota. Y nada más entrar, antes de quitarme el chal, las vi.

Las tres. Pruitt, Dunmore y Vance, en su fila habitual junto a la pared, con las copas en la mano y los ojos en la puerta, controlando quién entraba y con quién, archivándolo todo para el comentario posterior.

La señora Pruitt me localizó al instante y le dijo algo a la señora Dunmore sin dejar de mirarme, y la señora Dunmore asintió, y la señora Vance se inclinó hacia las dos con la cara de quien no es de las que cotillean, pero hace una excepción.

Algo iban a contar de mí aquella noche. Lo supe con la misma seguridad con que sabía que dos y dos son cuatro. No sabía el qué. Pero las tres me miraban como quien mira una receta que ya tiene casi lista y solo espera el último ingrediente.

El duque llegó media hora después que nosotros.

Lo noté sin verlo entrar, por el cambio en el salón: las cabezas que se volvían, el murmullo que subía un grado, y las madres que enderezaban a sus hijas como soldados pasando revista.

El duque de Ashworth tenía esa capacidad de alterar una habitación con solo cruzar la puerta, y yo, que me había prometido no buscarlo con la mirada, lo busqué con la mirada antes de terminar de prometérmelo.

Nos vimos. Por encima de las cabezas, como en el baile de los Pembroke, solo que esta vez no hubo copa levantada ni saludo discreto.

Esta vez él me miró un segundo largo, serio, y desvió la vista, y entendí que estaba haciendo exactamente lo mismo que yo: fingir, delante de todo el condado, que no éramos dos personas que se escribían cartas a medianoche.

Lo hicimos bien. Durante una hora lo hicimos muy bien.

Él bailó una pieza con la hija mayor de los Hartwell, cortés y glacial, y yo bailé con un primo de los Pembroke que me pisó dos veces y me habló de sus perros sin parar, y los dos nos mantuvimos en extremos opuestos del salón como dos imanes empeñados en demostrar que no se atraen.

Y entonces, hacia las once, un criado me trajo una nota. Estaba doblada y sin sello.

—De parte de su hermano, señorita. Dice que es urgente.

Se me heló la sangre. Tom. Lo habíamos dejado en casa con Bett, sano y dormido, y la única razón por la que Tom mandaría una nota urgente a un baile era que algo hubiera pasado. Desdoblé el papel con dedos torpes.

Margaret, ven al jardín de atrás, junto al invernadero. Es sobre Tom. Date prisa.

La letra no era de Tom. Tom tenía nueve años y escribía como un pollo que pisa tinta. Aquella letra era de adulto, apresurada, anónima. Pero decía "es sobre Tom", y entre pensarlo con calma y echar a correr hacia mi hermano, el cuerpo eligió por mí antes de que la cabeza pudiera pensar nada.

Salí. Crucé el salón procurando que no se notara la prisa, salí por las puertas de cristal a la terraza, bajé los escalones hacia el jardín trasero que los Hartwell tenían a oscuras salvo por la luna, y rodeé el seto hacia el invernadero con el corazón en la garganta y el nombre de Tom martilleándome dentro.

No había nadie junto al invernadero.

Había alguien, pero no era quien yo buscaba.

El duque de Ashworth estaba allí, de pie en la penumbra, con una nota idéntica a la mía en la mano y la misma cara de alarma que yo debía de tener. Levantó la vista al oírme llegar.

—Señorita Linley. —Miró la nota que yo traía, luego la suya—. ¿A usted también?

—Me han dicho que era sobre mi hermano. —La voz me temblaba de la carrera y del miedo—. Que Tom...

—A mí me han dicho que era sobre usted. Que estaba en peligro.

Que viniera solo y no se lo dijera a nadie.

—Su cara cambió mientras lo decía, con algo parecido al miedo transformándose en otra cosa a medida que entendía, igual que yo empezaba a entender—.

No hay ningún peligro. No le pasa nada a su hermano. Nos han traído aquí a los dos.

—¿Quién? ¿Por qué nos…?

Y entonces lo oí. Lo oímos los dos a la vez: voces que se acercaban por el camino del seto, voces de mujer, tres voces que yo conocía perfectamente porque llevaba toda la noche notándolas clavadas en la espalda.

—...te juro que los he visto salir, primero ella y luego él, con un minuto de diferencia, como quien no quiere la cosa.

—¿Hacia el invernadero?

—¿Adónde si no, querida? Al invernadero se va a una cosa y solo a una cosa.

El duque reaccionó antes que yo. Me miró, miró el seto por donde venían las voces, calculó la distancia, las salidas, todo en un segundo, igual que había calculado el primer día sobre el Prado Largo, solo que esta vez no calculaba el coste de una tierra sino el de mi reputación entera.

—Es una trampa —dijo en voz baja, rápida—. Nos han citado aquí para que nos encuentren juntos. Escúcheme. Vuelva por el otro lado, por detrás del invernadero, hay un sendero. Yo las entretengo. Si solo me encuentran a mí, no hay escándalo. Váyase. Ahora.

—No llegaré a tiempo, están casi…

—Váyase, Margaret.

Era la primera vez que me llamaba por mi nombre. Lo dijo urgente, sin la cortesía del "señorita Linley", y por eso me quedé un segundo de más quieta, mirándolo, un segundo que no teníamos.

Ese segundo lo decidió todo.

Las tres mujeres doblaron el seto. La luna estaba lo bastante alta para que se viera todo y lo bastante baja para que nada se viera con claridad, que es la peor luz posible: la que deja ver lo justo para imaginar el resto.

Y lo que la señora Pruitt, la señora Dunmore y la señora Vance vieron fue a la señorita Margaret Linley y al duque de Ashworth, solos, en un jardín a oscuras, de noche, a un paso el uno del otro, con las caras vueltas hacia ellas y una culpa en los ojos que era de haber sido descubiertos, sí, pero no en lo que ellas pensaban.

Hubo un silencio. Y entonces la señora Pruitt se llevó la mano al pecho, abrió la boca, y dijo, con una voz que llegó nítida hasta el salón a través de las puertas de cristal abiertas:

—¡Santo cielo!

Detrás de ella, la señora Dunmore ya se daba la vuelta hacia la casa, hacia la música, hacia las doscientas personas que bailaban sin saber nada todavía, con la cara iluminada de la mujer que acaba de recibir, servido en bandeja y bajo la luna, el mejor regalo que la providencia le había hecho en años.

—Lo sabía —la oí decir mientras corría hacia dentro—. Lo sabía, lo sabía, lo sabía.

El duque cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, me miró, y en su cara no había cálculo ya, ni cortesía, ni dureza. Había algo mucho más simple y mucho peor.

—Lo siento —dijo en voz baja—. No he llegado a tiempo.

Detrás de él, a través de las puertas de cristal, oí cómo la música del cuarteto de Bath vacilaba, se rompía, se detenía. Y en su lugar empezó a subir otro sonido, mucho más antiguo y mucho más cruel que cualquier música: el de un salón entero volviéndose, a la vez, hacia el jardín.