El secreto del dragón escondido LA PARTIDA DE
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LA PARTIDA DE

HOHENZOLLERN

Coraje se terminó de vestir y se sentó a mirar por la ventana, pensando en nada.

Todavía era temprano para salir de la habitación.

Poco a poco comenzaron a escucharse movimientos en el Castillo y le pareció oportuno golpear la puerta de la habitación de su padre.

Llamó dos veces antes de abrir. Benjhamin aún dormía.

—Pssst… papá.

Benjhamin abrió los ojos grandes y se incorporó. Tenía la mirada extraviada. Pestañeó unas diez veces, luego levantó los brazos, bostezó y se miró la herida satisfecho.

—Muero de hambre —dijo el muchacho.

—No tardo.

Bajaron a desayunar. Hohenzollern parecía una ciudad.

Decenas de personas iban y venían, discutían en voz alta, se reían o se quejaban.

Habían llegado al menos cuatro mil personas, entre invitados y sirvientes en los últimos días.

El castillo no podía albergar tantas personas, por lo que habían apostado caravanas de carpas en las inmediaciones de los patios internos y los paredones.

Gentes de todas las etnias y con las vestimentas más extrañas circulaban sin prestarles ningún tipo de atención. Vestían túnicas y turbantes, uniformes militares, trajes de etiqueta, largas capas principescas y hasta vieron a un hombre pasar en una brillante armadura plateada.

—¿Quién es? —susurró Coraje tirando de la manga del saco de su padre.

—Sir Godofrid de Shortshire, descendiente de los Pendragon.

—¿Pendragon?

—¿Que no has ido a la escuela? Uther Pendragón era el padre del Rey Arturo, Sir Godofrid es descendiente directo de uno de los tantos hermanos del Rey Arturo.

Coraje se detuvo a mirar al hombre, tenía un físico privilegiado, su armadura era blanco-plateada, llevaba una capa roja colgando del cuello, un escudo con insignias de leones y dragones y una brillante espada colgada de su cintura.

Benjhamin saludó a algunas personas con un leve movimiento de cabeza y luego se sentó en una de las mesas dispuesto a desayunar. Coraje se sirvió un tazón de café y comenzó a seleccionar con la mirada todas las cosas que le pondría a su emparedado.

La Dragonesa de Blanco los interrumpió. —¿Cómo está esa herida, Sir Benjhamin?

—Mejor —contestó poniéndose de pie.

—¿No estará pensando en participar de los Juegos?

—No esta vez, partimos en unas horas.

—¿Y van a perderse los Juegos?

—¿Qué juegos? —preguntó Coraje intrigado.

—¿Acaso tu padre no te lo ha contado? —preguntó decepcionada—. Los Juegos de Hohenzollern son el evento del año. ¿Por qué crees que hemos venido todos al castillo?

—Tal vez veamos la ceremonia de inauguración, luego nos vamos —afirmó su padre.

—¿Y quién va a representar su voto ante el Gran Consejo?

—Le Blanc, los papeles ya están firmados.

—¡Qué decepción! A propósito, el muchacho está un poco pálido —dijo acercando los pechos contra su rostro. La Dragonesa era una mujer con un físico exuberante. A Coraje se le trabó la lengua.

—No me gusta el aura amarilla en sus pupilas —agregó apoyando los dedos sobre sus mejillas y estirando la piel hacia abajo.

—¿Es grave? —preguntó Benjhamin.

—No lo sé, preferiría que lo revisen mis chicas —sentenció la mujer.

—Estoy bien, gracias —afirmó Coraje.

El hombre de la armadura plateada sentado al otro lado de la mesa no le quitaba la mirada de encima al muchacho.

Coraje sostuvo la suya y se quedaron como congelados, mirando el uno al otro.

Finalmente, Coraje sintió una picazón en la nariz y pestañeó.

El caballero no expresó ninguna emoción.

Bebió su café, comió un pedazo de tocino y se levantó, haciendo un breve movimiento de cabeza en señal de saludo.

—No debes mirar fijo a los desconocidos, podrías meternos en una pelea, James.

—¿James?

—¿Dije James? —preguntó Benjhamin rápido—. Lo siento. Mi hermano solía mirar fijo a cualquiera buscando pleito. Sonó un cuerno y todos se levantaron apresurados de la mesa.

—Debo dejar unos documentos firmados y resolver algunas cuestiones; si quieres puedes ver la ceremonia de inauguración de los Juegos desde las gradas.

Cuando termine con mis pendientes, podemos ver juntos la llegada del ganador de la Carrera de las Casas, te buscaré en las gradas centrales, cerca de la Dragonesa de Blanco. Luego nos marchamos. ¿De acuerdo?

—Sí.

—Una cosa más —le advirtió antes de retirarse—. No te metas en problemas, muchacho.