LA BÓVEDA
Coraje se inventó una excusa para no desayunar con Katia y los demás, en cambio decidió que haría una breve visita a Vharis, quien descansaba en la oscura bóveda del Nautilus lejos de la luz del sol.
Descendió más de seis pisos por las escaleras, colándose detrás del personal a bordo para pasar por donde solo la tripulación tenía acceso.
El camino lo guio hasta un portón sin acceso con un letrero en rojo que decía, “Espacio de Carga – Prohibido el acceso a toda persona ajena al personal.”
Después de esperar un buen rato la puerta se abrió y dos hombres salieron caminando con una caja de herramientas, y linternas.
Se trataba del personal de mantenimiento.
Coraje se escondió atrás de la puerta, y sin que se dieran cuenta y entró en la oscura bóveda.
Sintió como detrás suyo volvían a cerrar el portón con llaves. Estaba atrapado.
Hubiera sido ideal traer el paraguas, pero había acordado con Diciembre que el paraguas no se utilizaría más. El mismo estaba embalado en una de las maletas.
La bóveda era como una noche sin estrellas. Coraje caminaba con las manos por delante para no chocarse con nada; había automóviles, carruajes, contenedores cerrados y hasta animales. Le pareció ver una luz que se prendía y se apagaba. La luz se movía de un lugar a otro.
Coraje se escondió detrás de unas cajas mientras la luz se acercaba.
Si sus oídos no le fallaban, parecían unos tacos de mujer.
Sintió los pasos cerca y un calor en la frente.
Era algo grande. Se trataba de un caballo que andaba deambulando por la bóveda.
Tenía una pequeña linterna en su boca que apagaba y prendía con los dientes.
Coraje tomó al caballo por el bozal e intentó quitarle la linterna, pero el cuadrúpedo no pensaba soltarla. Lo llevó a tiro por los pasillos de la bóveda mientras el equino prendía y apagaba la luz.
Cuando la luz de la linterna se encendía veía muebles, carros, cajas, automóviles por doquier. Pudo ver un rincón con heno. Llevó el caballo hasta allí y, a cambio de un puñado de alfalfa, intercambiaron linterna por alimento.
Había más de 600 vehículos en la bóveda.
Dar con La Escafandra, como había apodado Hugo al auto de viaje de la familia, requeriría mucha suerte.
Coraje recordó unas palabras que su abuelo le había enseñado cuando era pequeño sobre la fortuna: la buena suerte es el resultado de la insistencia, le había enseñado.
Comenzó a buscar el automóvil sin éxito, revisando los vehículos uno por uno. Los automóviles en 1922 eran muy parecidos entre sí. La suerte también es el resultado de la paciencia, le había dicho su abuelo.
Coraje se detuvo a pensar y apagó la linterna ya que la batería parecía estar agotándose.
Respiró profundo, hacía calor por la cercanía con las calderas.
Secó la transpiración con la camisa y comenzó a observar sin mirar, como su abuelo le había enseñado: para tener suerte, debes aprender a mirar sin mirar.
Coraje recordó el episodio en el que su abuelo le enseñaba a encontrar una rana entre los matorrales de la casa de campo en Vermont años atrás.
Debes abrir los ojos y mirar todo, pero sin mirar nada en especial.
Primero debes detenerte en todos los detalles; luego debes olvidarte de todos los objetos y simplemente mirar sin prestar atención.
De pronto, notarás que algo se sale de la escena.
En aquel entonces, en Vermont y siendo apenas un niño, Coraje se había detenido a mirar sin mirar; estaba el matorral verde-marrón, ramas y hojas que el viento movía suavemente.
También había un grupo de hormigas que caminaba prolijamente en fila, una detrás de la otra.
La tierra estaba húmeda y hasta había notado un grillo que no había visto antes.
Entonces dejó de mirar con atención para mirar sin mirar como su abuelo le proponía, y allí, sentada sobre sus ancas, una simpática rana de campo movía su garganta en forma agitada detrás de una pequeña rama.
Lamentablemente Hugo ya no estaba allí para aconsejarlo; estaba solo, encerrado en una oscura bóveda, varios metros bajo el agua a bordo de un transatlántico.
—Te extraño —murmuró.
El último halo de luz de la linterna comenzaba a extinguirse.
Con poca esperanza de dar con el automóvil decidió que sería mejor aprovechar lo que quedaba de batería para regresar hasta la puerta de ingreso cuando recordó otra frase de su abuelo: a veces, para conseguir mucha suerte, hay que conseguir un poco de buena suerte en alguna otra parte.
—Un poco de suerte, vamos un poco de suerte —repetía mientras la transpiración bajaba por la espalda. Hasta que lo vi: un faro de querosén y una caja de fósforos, a solo dos metros de su nariz.
—Un poco de suerte, eso es —murmuró. Coraje tomó el farol, lo encendió y la suerte llegó como por obra de magia. Su automóvil, La Escafandra, como la había apodado Hugo, estaba frente a él, junto al tráiler donde escondían el ataúd de Vharis.