El secreto del dragón escondido IRA
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IRA

La segunda patología que el médico de la familia había diagnosticado era el enojo desmedido. Antes de que el mayordomo hubiera terminado de leer la carta, la furia de Coraje había alcanzado niveles aquilianos, aunque esta vez parecían justificados.

El muchacho había tardado diez años en construir un muro de cemento para evitar sufrir, y su padre lo había derrumbado con una simple carta.

Coraje había perdido a su madre cuando tenía apenas 6 años.

Le dijeron que había muerto en un accidente.

Él mismo había visto su rostro blanco inerte y su piel helada; la habían sepultado en una bóveda en el Bronx.

El mes pasado, había estado en el cementerio de Woodlawn por el aniversario de su muerte.

—Lo siento —dijo el mayordomo.

—¿Lo sabías? —preguntó levantándose de la silla.

—Sí.

Coraje endureció su rostro. Diciembre, el único ser humano en el cual él había podido confiar, era cómplice de la más cruel simulación que un niño pudiera sufrir.

—¿Hugo también? ¿Y el tío James?

Diciembre asintió —la idea del falso entierro fue un plan de su abuelo, pero tiene una explicación, la hubieran matado si no la hacían desaparecer. Su padre prometió contarle la verdad cuando fuera el momento indicado.

Eran escasos los recuerdos que Coraje tenía sobre su mamá. Sin embargo, recordaba sensaciones, su calor a la mañana, sus besos, sus risas. Su piel blanca como la leche, y su mirada milagrosa. Su madre se había convertido en un ángel desde su partida, y ahora no era más que una vil bruja.

—¿Quién es Maddam Thenesis? ¿Por qué debo recuperar su diario? ¿Y para qué el paraguas? —preguntó releyendo el resto de la carta.

—A su debido tiempo.

—A su debido tiempo, pueden meterse esta carta en el nombre del padre, del hijo y del...

Diciembre entrecerró los ojos y se tapó las orejas para no escuchar la catarata de insultos encadenados que sucedieron detrás. Siendo que esta novela podría ser leída por menores de edad, la editorial recomendó censurarlos.