El secreto del château de Aglaia (Misterios de patas y peligro 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

A Alban no cuesta convencerlo. En cuanto le mostramos los caracteres rojos en el Libro de los Muertos , capta la situación. Como en la escalera, decide ir en cabeza y me asigna la tarea de cerrar la marcha.

—¡Sí, señor! ¡A la orden, señor! —bromeo.

Tras cruzar la puerta del gnomo narigudo, avanza despacio, atento a posibles trampas.

El corredor por el que descendemos no es muy ancho.

Tallado directamente en la roca calcárea, se adentra en las profundidades de la tierra.

El techo abovedado es tan bajo que Alban y yo tenemos que ir agachados.

A cada giro, ráfagas de aire helado nos azotan.

Tengo frío y me siento cada vez más claustrofóbica, sobre todo cuando un olor a pescado me llega a la nariz de vez en cuando.

Noto que Corentin no está a gusto. Lleva a Rimbaud en brazos y no para de susurrarle palabras de ánimo.

No se quejará; le daría demasiado miedo que su tío le ordenase volver.

En cuanto a su tío, se toma muy en serio su papel de explorador y no pierde ocasión de señalar un bulto en el suelo o una estalactita que podría partirnos el cráneo.

Cuando el corredor da otro giro —ya he perdido la cuenta—, nos topamos con una verja de hierro forjado que bloquea el paso.

Los barrotes están tan juntos que apenas cabe un brazo entre ellos.

La asegura un candado de combinación. Nos apiñamos alrededor, enfocándola con las linternas.

En los cuatro anillos del candado veo letras del alfabeto grabadas.

—¡Venga ya! —gruñe Alban—. Me habría extrañado que fuera de otra manera. Tu tía abuela y sus…

—Era una mujer muy inteligente —lo corto, antes de que ponga a Aglaia a parir.

—¡Chiflada! Estaba completamente chiflada.

Corentin deja a Rimbaud en el suelo, se cuela entre nosotros y empieza a girar los anillos del candado. Los clics resuenan en las paredes grisáceas del túnel.

—¡No toques eso, Corentin! —ordena su tío.

—Déjalo que lo intente. ¡Es un chico muy listo! —afirmo, y le lanzo una mirada cargada de intención.

Abre la boca para responder, pero un clic agudo lo detiene.

—¡Está abierto! —anuncia Corentin, triunfante.

Alban y yo nos agachamos hacia él y comprobamos que dice la verdad.

—¿Cómo lo has hecho? —pregunto, realmente impresionada.

—¡Mirad el suelo!

Bajo la mirada y veo una baldosa en relieve. El dibujo representa a una mujer joven vestida con una túnica plisada, cuyos brazos terminan en alas de pájaro.

—¡Isis! —exclama Alban.

—ISIS: esa es la contraseña que introduje. Y funcionó.

—Bien hecho, Corentin.

Le revuelve el pelo pelirrojo a su sobrino, que le responde con una sonrisa. En ese momento, percibo el amor que los une y se me saltan las lágrimas.

—¡La sacerdotisa póstuma del Templo de Isis vuelve a las andadas! —se burla Alban, volviéndose hacia mí—. Y todavía dices que no estaba chiflada.

—Bueno, ¿nos vamos o echamos raíces? —esquivo la pregunta con un encogimiento de hombros.

Abierta la verja, entramos en un espacio inmenso que me deja sin palabras.

—¡Dios mío! —jura Alban.

—¡Guau! —exclama su sobrino—. ¡Es mágico!

—¡Guau!

Sus voces resuenan en las paredes de una cueva gigantesca.

Nos quedamos un buen rato paseando las linternas de arriba abajo, de izquierda a derecha.

Iluminan una playa en la que nos encontramos.

Su arena fina es de un blanco inmaculado.

Pequeñas olas oscuras y suaves terminan su recorrido a pocos pasos de nosotros.

Sobre nuestras cabezas, lucecitas se encienden, se apagan, parpadean.

—Luciérnagas —murmura Alban.

—Es la primera vez que veo unas de verdad —se maravilla Corentin.

En efecto, cientos de luciérnagas revolotean a nuestro alrededor, manteniéndose lejos de las fauces de Rimbaud, que estaría encantado de atraparlas. Proyectan una luz parpadeante que no nos deja ver el techo de la cueva.

—Parece un mar interior —exclama Corentin, que ya se dirige hacia la orilla.

Su tío lo agarra del brazo y lo detiene.

—No te muevas de aquí —ordena.

—No es justo. Yo soy quien abrió la verja…

—¡Y yo soy quien está al mando!

Alban y yo nos acercamos al agua. Forma un espejo negruzco, salpicado de estrellas titilantes y mecido suavemente por corrientes invisibles. Nos llegan sonidos amortiguados de oleaje que parecen venir del exterior.

—Mejor no entretenernos —dice Alban—. Lo más seguro es que esta cueva esté conectada con el mar.

—¿Dónde crees que estamos? —pregunto, hipnotizada por el reflejo del ballet aéreo de las luciérnagas en el agua.

—Directamente bajo el acantilado. Sin duda alguna.

—Es realmente impresionante. Es como estar en la atracción de «Piratas del Caribe» en Disneyland.

—¡Pero sin la música! —bromea Alban.

—¡Allí! ¡Hay un barco! —exclama de repente Corentin detrás de nosotros.

—¡Guau!

—Barcoooo… Guauuuu… —repite el eco.

Nos volvemos hacia donde señala el chico. Al final de la larga franja de arena blanca hay lo que parece un embarcadero de madera. Hay que tener muy buena vista para distinguir la embarcación de la que habla. Yo solo veo una gran silueta oscura.

—Yo no veo nada —se lamenta Alban.

—¡Pero sí que es un barco! ¡Y es enorme! —exclama su sobrino.

—Quédate detrás de nosotros, Corentin. Vamos, Jade, veamos qué es.

Alban y yo nos dirigimos hacia él. Temeroso de que le riñamos, Corentin nos sigue a distancia. Mi perro tira de la correa y juguetea detrás de nosotros, con la esperanza de atrapar alguna luciérnaga.

Cuando nuestras linternas por fin iluminan el dichoso barco, descubrimos una enorme embarcación de madera que se mece con las olas. El tintineo metálico de la cadena que lo amarra al embarcadero acompaña su vaivén. Es gigantesco, tal como me imagino un barco pirata.

En cada extremo, el casco está coronado por una estructura.

La de popa —el alcázar, que así se llama— tiene dos niveles.

En el primero hay un timón que duplica el tamaño del que tengo en el salón.

Tres mástiles sin velas se alzan hacia el techo oscuro de la cueva.

Es imposible ver dónde terminan, de lo altos que son.

—¡Un galeón! —se maravilla Corentin—. Parece nuevo.

—La última vez que vi uno tan hermoso fue hace unos años, en el puerto de Saint-Brieuc —comenta Alban.

—¿Cómo pudo llegar hasta aquí? —me pregunto—. Esta cueva no parece tener ninguna abertura al exterior.

—Estoy seguro de que no la tiene —sentencia Corentin—. De lo contrario, las luciérnagas habrían escapado y las veríamos por la noche en Foisic.

—Es verdad —reconozco—. ¡Bien razonado!

—Quizá tu tía abuela lo montó pieza a pieza en su tiempo libre —bromea Alban mientras recorre el casco con la linterna—. ¡Menudo talento!

—¿En serio? No tiene gracia, Alban. Este lugar me parece francamente espeluznante —suspiro, y un escalofrío me recorre al pensar que podríamos no salir de la cueva—. Hermoso, pero espeluznante.

—A mí me parece más bien inspirador. Playa desierta, arena fina, ni un balón de voleibol en el horizonte, mar relativamente tranquilo, iluminación tenue, sin riesgo de quemaduras. ¡El lugar perfecto para unas vacaciones! ¿Qué te parece, Corentin?

—¡Oh, sí! Aquí estaríamos muy tranquilos —responde su sobrino con entusiasmo—. ¿Encontraremos esqueletos?

—¡Esperemos que no! —exclamo, no del todo tranquila.

—Vamos, Jade, no pongas esa cara —sigue picándome Alban—. Todo esto es tuyo. ¿No estás contenta?

—No.

—¿Podemos subir a bordo? —pregunta Corentin.

—¿Por qué no?

Dicho esto, Alban avanza por el embarcadero. Las viejas tablas crujen bajo sus pies con quejidos que me ponen la piel de gallina.

—Ten cuidado, no te vayas a caer —le grito.

—Caeeeeeer... —repite el eco.

—No corro ningún peligro —responde él.

—¿Podemos ir? —insiste Corentin mientras la silueta de su tío se pierde en la oscuridad.

—¡Guau!

—Iiiiir... ¡Guauuuu! —continúa el eco.

—Sí —acepta Alban.

Nos dirigimos hacia la proa, que va apareciendo poco a poco. El mascarón representa a una sirena de larga cabellera y aspecto angelical.

—Qué hermosa —susurra Corentin admirado mientras nos reunimos con su tío.

—Es preciosa, sí —concede su tío, visiblemente cautivado.

No puedo evitar sentir una punzada de celos al darme cuenta de que la figura que tanto admira guarda cierto parecido con Angadrem Le Roy. ¿Yo, celosa de una estatua de madera? Eso raya en la idiotez.

—¿Cómo subimos a bordo? No veo ninguna escalera —suelto, recobrando la compostura.

—He visto un tablón en el embarcadero. Nos servirá de pasarela —responde Alban, con la cabeza en otra parte.