El secreto del château de Aglaia (Misterios de patas y peligro 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

Y aquí empieza la gran aventura… ¡por pasadizos subterráneos húmedos y mal ventilados!

Todo esto por un supuesto tesoro. ¡Ridículo!

Así que aquí estamos, cinco horas después, en mi dormitorio, cargados con mochilas y vestidos de excursionistas.

Y pensar que, en este preciso momento, ¡los aldeanos están de fiesta!

Nuestras caras largas les bajarían los ánimos, seguro.

Solo mi perro muestra una alegría que contrasta con nuestros semblantes graves.

—¡Tranquilo, Rimbaud! —lo regaña Corentin con una mirada severa.

—¿Estáis todos listos? —pregunto mientras meto la llave dorada en la cerradura—. Sujeta bien la correa, Corentin. Abro la puerta.

Echo un vistazo rápido a mi alrededor. Con la mandíbula apretada, linterna en mano, Alban mira fijamente al frente.

Su sobrino ha conseguido calmar los arrebatos de entusiasmo de mi perro, y Rimbaud se ha sentado con la lengua fuera.

Estoy a punto de girar la llave cuando veo el Libro de los Muertos apretado contra el pecho del chico.

—¿Por qué traes el papiro de Hunefer? —le pregunto—. No lo vamos a necesitar.

—Al contrario, podría ayudarnos a resolver nuevos enigmas.

—¡Guau!

—Estoy de acuerdo con Corentin —añade su tío—. Tu tía abuela tenía debilidad por los misterios, sobre todo los relacionados con el Antiguo Egipto.

—Apuesto a que nos encontraremos con más —añade el chico.

—¡Guau!

—¡Si vosotros lo decís! —refunfuño—. Y tú, Rimbaud, deja de repetir como un loro…

—¡Guau! —se burla Alban, esbozando su primera sonrisa de la tarde.

—¡Muy gracioso!

Una vez abierta la puerta tachonada, enciendo una linterna potente e ilumino el recinto.

Alban va delante y baja primero por la escalera de caracol que se hunde en el suelo.

Su sobrino y mi perro lo siguen de cerca.

Yo voy justo detrás. Los peldaños crujen bajo nuestro peso, y rezo para que no estén podridos.

—Creo que esta escalera discurre justo detrás de la biblioteca —explica Alban, respondiendo a la pregunta que me estaba haciendo en silencio.

Ni su sobrino ni yo añadimos nada. Seguimos bajando en silencio. Los círculos de luz de nuestras linternas nos ayudan a no tropezar. Hicimos bien en abrigarnos; la temperatura no para de bajar.

Cuando llegamos a una pequeña sala circular de ladrillo, descubrimos cinco nuevas puertas tachonadas dispuestas a lo largo del perímetro. Son idénticas a la que acabamos de cruzar. Alban prueba cada manilla. Ninguna se abre.

—¡Estamos atrapados! —refunfuña mientras se pasa una mano por el pelo cobrizo.

—¡Mirad, hay grabados encima de las puertas! —exclama su sobrino.

Mientras un eco cavernoso le responde, ilumino la parte superior de una puerta.

En efecto, hay un gnomo de nariz larga tallado en un escudo de piedra blanca.

Sobre la puerta de la izquierda, una placa ovalada de alabastro similar muestra una figura diminuta que sopla la llama de una vela.

El emblema de la tercera puerta es un enano con la cara en la nuca.

El siguiente sonríe y deja ver dos hileras de dientes.

El último presenta tres rostros de expresión sombría.

—Supongo que tendremos que elegir la puerta correcta —suspira Alban antes de murmurar algo entre dientes sobre cierta Aglaia.

—También necesitaremos llaves —añade Corentin.

—¡Guau!

—Haz que Rimbaud se calle —espeta Alban—. No quiero que nos caigan piedras encima.

Dejo que Corentin se encargue y me acerco a una puerta para examinarla. No, no estoy soñando: hay un perro tallado en el metal de la cerradura. De repente, se me ocurre una idea. Dejo la mochila en el suelo y rebusco en ella.

Me había fijado en que mi manojo de llaves incluía una con un perro esculpido, para la que no había encontrado uso.

La saco y, haciendo caso omiso de las advertencias de Alban, la pruebo en la cerradura.

Gira sin resistencia. Giro la manilla y empujo la puerta de madera.

Un viento helado silba por la abertura e, inmediatamente, Alban se abalanza y cierra la puerta. Un golpe lejano resuena.

—Genial, ahora la puerta de arriba se ha cerrado de golpe por la corriente —me regaña.

—Podemos abrirla cuando queramos —replico mientras agito la llave dorada.

—¡Qué optimismo! ¿Y si no hay manilla al otro lado de la puerta?

Maldición, ¡no había pensado en eso!

—No toques nada más; voy a comprobarlo.

Dicho esto, me arrebata la llave dorada de las manos y se va. Frustrada, no reacciono cuando Corentin coge mis llaves y se pone a probar otra cerradura.

—¡Esta también se abre! —exclama.

—¡Eh! ¿No has oído a tu tío? No toques nada.

Intento interceptarlo, pero corre hacia la siguiente puerta y la abre con la misma facilidad. Como no parece dispuesto a empujarla, le dejo repetir la operación con las puertas restantes.

—Ahora tenemos un problema —murmuro—. Esta llave las abre todas.

—Pero solo una lleva al tesoro —replica Corentin—. Tendremos que elegir la correcta.

—¿Cuál?

Nos llegan desde arriba unos ruidos sordos de arrastre, como si Alban estuviera moviendo muebles. Me acerco a las escaleras.

—Eh, ¿va todo bien ahí arriba?

No hay respuesta.

—Mira las figuritas de los escudos, Jade —dice Corentin de pronto—. Estoy convencido de que son los jueces del tribunal de Osiris.

Me vuelvo hacia él. Me muestra el Libro de los Muertos .

Intrigada, me acerco e ilumino las páginas que señala.

En la página izquierda hay una ilustración de la sala de las dos Maat.

El día que abrí la caja secreta, tuve tiempo de sobra para estudiar este segmento del papiro de Hunefer.

Muestra el tribunal donde están sentados cuarenta y dos jueces, cada uno con un rasgo físico distintivo.

Tras superar la prueba del pesaje del corazón, Anubis conduce al difunto a una sala donde este saluda a Osiris, el dios de los muertos.

Luego recita los cuarenta y dos pecados que no cometió, primero ante Osiris, después ante cada juez, asegurándose de pronunciar la declaración de inocencia adecuada ante el juez correspondiente.

Así, jura ante el juez conocido como el Rompedor de Huesos que nunca ha mentido.

Ante el Cornudo, afirma que nunca ha sido parlanchín.

Ante el Morador de las Cavernas, admite que nunca ha sido malhumorado, y así sucesivamente…

—Mira, hay siete caracteres en rojo —señala Corentin.

Echo un vistazo a la descripción en la página derecha del libro. En efecto, las letras B, I, G, N, O, S y E resaltan sobre el texto negro.

—BIGNOSE. ¿Y qué? —pregunto, confundida.

—Big nose, eso significa «nariz grande» en inglés, ¿verdad?

Asiento, empezando a comprender su razonamiento. Juntos, nos volvemos hacia la puerta a la izquierda de las escaleras.

—¡Ahí! —continúa Corentin—. Hay una figura con una nariz muy larga. Esa debe de ser la puerta por la que tu tía abuela quiere que pasemos.

Para mis adentros, reparo en que este es el juez ante quien el difunto debe declarar que nunca ha sido codicioso. Bastante irónico, ¡teniendo en cuenta que estamos metidos en una búsqueda del tesoro! Mientras tanto, Alban regresa sin aliento.

—Tenemos suerte —anuncia—. La puerta tiene manilla por ambos lados. Pude abrirla empujando desde el armario. Ya no volverá a cerrarse. La he trabado con la cómoda.

—¡Y nosotros ya sabemos por dónde ir! —le comunica su sobrino con orgullo, entusiasmado con su descubrimiento.