El secreto del château de Aglaia (Misterios de patas y peligro 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

No estoy para nadie. Solo quiero que me dejen en paz.

Ignorar el timbre insistente parece la mejor opción.

Sin embargo, la curiosidad acaba venciendo a la prudencia.

Cierro con llave la puerta tachonada; exploraré la escalera mañana por la mañana, cuando la luz del día reavive mi valor.

Esperemos que no conduzca también a los túneles subterráneos de Foisic…

Con Rimbaud pisándome los talones, bajo las escaleras. Mi visitante no solo no se ha calmado, sino que sigue aporreando el timbre, y mi perro se pone furioso cuando terminamos de bajar. Enseñando los dientes, se lanza hacia la puerta principal ladrando como un poseso. ¡Ya estamos otra vez!

—¡Ay, cállate, Rimbaud! No me oigo ni pensar.

—¡Abre! —grita alguien desde fuera.

Reconozco de inmediato la voz de Cédric Mahé.

—Es tarde. Vuelve mañana —respondo por encima de los gruñidos de mi perro.

—Olvidé devolverte un libro.

—Lo siento, pero me voy a la cama.

—No tardaré mucho.

—No insistas, no pienso abrir. Buenas noches, señor Mahé —digo con autoridad.

Debo de haber sido persuasiva, porque el timbre deja de sonar.

Y, milagrosamente, al coger a Rimbaud en brazos se calla.

Voy a la cocina a prepararme una manzanilla.

El silencio se ha adueñado de la mansión, una mansión en la que empiezo a sentirme como en casa.

Aun así, esta sensación de bienestar no me impedirá venderla.

Mi vida no está en Foisic; no pertenezco a este lugar.

Tengo que volver a la capital e intentar encontrar mi camino.

Que los lugareños sigan con sus costumbres.

¡Que Angadrem se case con Alban! Como al parecer soy un corazón puro, les deseo toda la felicidad del mundo. Bueno, no, ¡que les den!

Lleno el hervidor eléctrico y lo enchufo.

Imitándome, Rimbaud se queda junto a su cuenco sin tocarlo.

Espero pacientemente a que el agua se caliente, pero el sonido que llega a mis oídos no se parece en nada a un silbido.

Es más bien un chirrido, como si alguien raspara algo.

Agudizo el oído. Cuando me doy cuenta de que viene de la persiana, mi perro empieza a ladrar de nuevo.

Alguien está intentando forzarla. Horrorizada, corro hacia la puerta del patio y me pongo a gritar.

—¡Como no pares ahora mismo, Alban y yo nos encargamos de ti! —grito.

El chirrido se detiene. Por encima de los ladridos roncos de Rimbaud, se alza la voz de Cédric Mahé.

—Alban Landrec está ahora mismo en el salón de té de la señorita Le Roy.

—¿Y eso es motivo para destrozarme la persiana? —replico con la garganta apretada por la indignación.

—No la estaba destrozando. Solo intentaba colar tu libro por detrás para dejarlo a resguardo en el umbral. Está empezando a llover. Mañana por la mañana lo encontrarás intacto.

Este hombre debe de ser duro de oído. Veo que voy a tener que repetirme.

—Déjalo y vete a casa antes de que te empapes. Ya me traerás el libro en otro momento.

Con esto, el hervidor silba, el testarudo se marcha y los ladridos de Rimbaud se convierten en un ataque de tos.

—No sé qué te habrá hecho ese hombre, pero está claro que no le tienes ningún cariño —suspiro en voz alta.

Mi perro responde con un gemido. Cierro la puerta del patio y voy a prepararme el té.

Sentada frente a mi taza de manzanilla, no puedo evitar pensar en las palabras de Cédric Mahé.

Alban está pasando la velada con Angadrem Le Roy.

Qué romántico… y qué tonta soy. Por poco me enamoro de un tipo que reparte besos como quien reparte caramelos. Solo me queda irme a la cama.

De vuelta en mi habitación, escribo un largo mensaje a Alban. Eso del corazón puro ya es un recuerdo lejano.

[Buenas noches, Alban:

Espero que hayas pasado una velada agradable con tu vieja amiga.

La mía ha estado llena de sorpresas y emociones.

Cédric Mahé ha venido a verme. La verdad es que es bastante agradable.

Nos hemos llevado bien. Está muy interesado en los libros de historia de mi biblioteca, así que lo he invitado a volver mañana por la mañana.

Quería darte las gracias por todo lo que has hecho por mí.

Gracias a tu trabajo en el jardín, he podido arreglármelas sola.

Siguiendo tus consejos, planté arbustos de tierra de brezo.

Sembraré el césped más adelante. La lluvia y el sol se encargarán del resto.

En cuanto a la pintura, no necesitaré tus servicios.

Cédric Mahé se ha ofrecido a echarme una mano.

Te deseo lo mejor.

Jade]

Aunque está lleno de tonterías, el mensaje logra calmarme. Me quedo dormida sin darle más vueltas.