Capítulo 5
No había chinches en la ropa de cama ni arañas en las paredes. Aun así, dormí fatal.
¿Debería hacer las maletas y volver corriendo a París? No descarto esa posibilidad.
Anoche, en mi habitación resonaron otros ruidos además de la tos.
Horribles crujidos de madera mezclados con el silbido del viento, los gritos penetrantes de aves nocturnas, chirridos metálicos que recordaban a cadenas de presidiarios y golpes repetitivos de origen desconocido.
.. Por no hablar de los gemidos asustados de Rimbaud.
Parecía que la casa estuviera embrujada por poltergeists.
Para colmo, una pesadilla perturbó mi sueño.
Capturada por contrabandistas, me encerraron en una cueva y después la marea creciente me atrapó.
Las aguas turbias amenazaban con ahogarme.
¡Fue espantoso! Casi me vi obligada a hacer las maletas y huir antes del amanecer.
Al alba, me despierto con el estómago revuelto y sudores fríos.
¿Será por culpa del guiso? El kig ha farz —todavía no me acostumbro a ese nombre— que mis invitadas sorpresa trajeron ayer estaba delicioso.
Repetí dos veces. A Rimbaud también le encantó, aunque me negué a darle el hueso con tuétano.
El que desenterró en el jardín sigue escondido debajo del armario del dormitorio.
¡No iba a dejarle ampliar su flamante colección!
Revitalizada por el sol radiante que inunda la habitación, salgo de la cama y voy a asearme. Veinte minutos después salgo del baño, libre de las ansiedades nocturnas y bien arreglada. La casa estaría sorprendentemente tranquila si no fuera por el irritante rascar que proviene de debajo del armario.
—¡Sal de ahí, Rimbaud! —lo regaño, agachándome frente al imponente mueble—. Y suelta ese hueso.
Me inclino hacia delante, extiendo el brazo y tanteo en el vacío. Un gruñido responde a mi gesto. En ese mismo momento, mi estómago protesta casi tan fuerte como mi perro. ¿Para qué buscar la confrontación? Será mejor que vaya a desayunar.
Aplazando una vez más el enfrentamiento, llamo sin mucho entusiasmo:
—¡Doble ración de pienso de ternera Happy Pooch para quien me siga!
La oferta cae en saco roto. Da igual, me dirijo sola hacia las escaleras.
Justo cuando estoy a punto de bajar, oigo un golpe similar a los de anoche.
Aguzando el oído, me detengo. ¿Lo habré soñado?
Espero para asegurarme. El ruido se repite.
Solo puede venir del segundo piso. Ayer estaba demasiado cansada para explorarlo, pero hoy no. Mi comida puede esperar.
Armada con el modo linterna de mi móvil, subo con cautela las escaleras.
El pasillo de esta planta es mucho más corto que el que conduce a mi habitación en el piso de abajo.
Al final, veo una puerta bajo la cual se filtra un fino hilo de luz.
Me acerco. Uno... dos golpes suenan. Ahora estoy segura: es una ventana o una contraventana mal cerrada.
Debe de estar detrás de esta puerta. ¡Ojalá pueda abrirla!
Presiono el picaporte. Cede sin resistencia.
Al descubrir la habitación del ático, me quedo sin palabras.
Aparte de las telarañas, no se parece en nada a lo que imaginaba que sería un desván.
Tres ventanas inundan la estancia de luz brillante.
Dos ofrecen una vista despejada del acantilado de tiza blanca.
Vitrinas cubren las paredes. Al acercarme, veo en su interior artefactos del antiguo Egipto.
Estatuillas doradas de diosas, amuletos de piedras semipreciosas e incluso joyas.
Todos estos objetos estarían mejor en un museo que aquí.
Mi tía abuela Aglaia era un personaje de lo más sorprendente.
Un golpe desvía mi atención. Localizo rápidamente la contraventana problemática.
Un panel mal asegurado se balancea con el viento, produciendo el sonido agudo y desagradable.
Lo aseguro. ¡Un problema resuelto! Luego, al intentar salir del ático, tropiezo con una mesa.
No la había visto al entrar, tan absorta estaba con las antigüedades.
Está cubierta de polvo y de algo pequeño y brillante.
Al agacharme para inspeccionar el objeto misterioso, lo rozo con los dedos.
Aparece una moneda. ¿Podría formar parte de la colección de objetos egipcios de Aglaia?
Conteniendo un fuerte impulso de estornudar, la recojo.
Es una moneda, en efecto... ¡Parece de oro!
Pero no es egipcia. En una cara están grabados dos escudos ovalados, inclinados y coronados.
El escudo izquierdo contiene tres flores de lis.
El otro se asemeja a una rueda de bicicleta.
Las inscripciones alrededor del borde de la moneda están desgastadas.
Solo quedan visibles los dos primeros dígitos de un año: un 1 seguido de un 7.
Esta moneda fue sin duda acuñada en el siglo XVIII.
El reverso está en mucho mejor estado. Un perfil de un hombre con nariz aguileña y peluca ocupa el centro. Alrededor del borde está inscrito este lema:
LVD. XV. D. G. FR. ET. NAV. REX.
No soy experta en numismática, así que saco el móvil del bolsillo trasero y tecleo la frase que acabo de descifrar. Esto es lo que encuentro:
Luis XV, Rey de Francia y Navarra por la gracia de Dios.
Qué extraño... Ayer por la tarde, cuando Anne hablaba de los contrabandistas, explicó que su comercio entre Francia e Inglaterra tuvo lugar en el siglo XVIII, precisamente durante el reinado de Luis XV.
Según ella, la leyenda relacionada con el tesoro enterrado en Foisic se remonta a la época de Luis XV.
Esta moneda de oro francesa es sin duda un Luis de oro.
Mi estómago ruge e interrumpe mis pensamientos. Me guardo el Luis de oro en el bolsillo y me dirijo a la cocina, invadida por la sensación de que esta casa guarda muchos más secretos.