Capítulo 3
Como era de esperar, otras dos puertas están cerradas con llave en la planta baja.
Empiezo a hacerme una idea de la personalidad de mi tía abuela Aglaia: una mujer práctica y de vida ordenada.
Las únicas habitaciones accesibles son un aseo, un baño con incrustaciones de cal y dos dormitorios.
El primero está vacío; el segundo haría que mi hermana se pusiera verde de envidia.
Opale, treinta años y decoradora de interiores, tiene una tienda de antigüedades en el barrio del Marais de París.
¿Invitarla aquí? ¡Ni hablar! Seguro que intentaría quedarse con los muebles, incluida esta magnífica cama con dosel.
En cualquier caso, criticaría mis decisiones y me daría órdenes.
Según ella, soy una inútil que nunca termina lo que empieza.
¿Acaso es culpa mía no haber encontrado aún mi vocación?
Papá quería que siguiera una carrera científica, como mi hermano y él.
Beryl, veintisiete años, estudia ingeniería en la Universidad de París-Saclay.
Está en su último año. Mi padre, por su parte, es investigador de geología en la Sorbona.
Su pasión por los minerales incluso influyó en los nombres que les puso a sus hijos.
Siguiendo sus sabios consejos, tras obtener el bachillerato, me matriculé en una escuela de ingeniería mecánica.
Al terminar el tercer año, ya no quise continuar.
El diseño industrial me repelía profundamente.
Restaurar esta casa solariega es lo único que me motiva.
Lo veo como una oportunidad para demostrarle a mi familia que soy capaz de terminar un proyecto.
Por ahora, nadie salvo Rimbaud cree en mí.
Y no es para menos: ¡jamás he olvidado darle sus croquetas Happy Pooch y una generosa dosis de mimos!
Pero todo eso está a punto de cambiar, ¡ya lo veréis!
Llena de energía y determinación, no escatimo esfuerzos en fregar el baño. Restriego el lavabo, la bañera, raspo la cal y limpio los grifos de incrustaciones. Incluso me arrodillo para desinfectar la taza del váter.
—Ah, ¿sí? Piensan que soy una fracasada total... —murmuro entre dientes—. ¡Pues ya verán lo que van a ver!
Sudando, me pongo a limpiar el dormitorio: quito el polvo y lo ventilo.
En el gran armario de madera oscura guardo mi ropa.
Las cortinas de la cama con dosel necesitan una limpieza.
Las descuelgo y las saco de la habitación.
Acabarán en la lavadora. Y que nadie me llame cabeza de chorlito, porque tuve la previsión de traer un edredón y ropa de cama.
Sin embargo, aún no he empezado a poner las sábanas cuando suena el timbre.
Vaya, vaya, parece que tengo visita...
Tardo en reaccionar, enredada en las sábanas. El timbre insiste.
—¡Ya voy! —grito.
Bajo las escaleras. En ese mismo momento, una bala de cuatro patas sube corriendo: Rimbaud, con un hueso enorme entre los dientes. Intento atraparlo, pero se escabulle entre mis piernas.
—¡Vuelve aquí y suelta ese horror ahora mismo! —ordeno, y me giro sobre mis talones.
En lugar de obedecer, se lanza al dormitorio. Vuelve a sonar el timbre. Bueno, ya me ocuparé de esto más tarde, ¡y Rimbaud recibirá su merecido! Por ahora, tengo que atender a mi visitante.
—No te subas a la cama —le regaño antes de bajar los escalones de cuatro en cuatro.
Una vez en el vestíbulo, abro la puerta. Dos mujeres aguardan en el umbral.
—Hola. Hemos visto un coche delante de la casa —dice la más joven, con una sonrisa.
—Y las contraventanas ya no estaban cerradas —añade la segunda—. Es usted la nueva propietaria de la casa solariega, ¿verdad?
Intrigada por la tristeza de sus ojos verdes desvaídos, la examino.
Los mechones plateados de su cabello castaño rojizo, recogido en un moño, me hacen pensar que es mucho mayor que mi madre.
Y también más anticuada, con su falda de flores, blusa blanca y mocasines con borlas.
¿Habrá venido a pedir fondos para alguna organización benéfica?
—Sí —respondo a la defensiva—. Esta casa solariega es mía.
—Le damos la bienvenida a Foisic —añade la más joven—. Soy Anne Drésin, la alcaldesa. Pero aquí todo el mundo me llama Anne.
—Encantada, Anne —respondo secamente, sin querer revelar mi identidad.
La estudio con atención. Delgada, pálida, de unos treinta años, no para de soplarse el escaso flequillo rubio que le cae sobre los ojos.
Vestida con vaqueros y una camiseta que reza «Los bretones somos majos, pero no nos busquéis las cosquillas», sostiene una olla que me desconcierta.
¿Es ahí donde se supone que debo echar mi donativo?
—Y esta es Sylvie Landrec, dueña de la ferretería de enfrente de Correos —continúa—. Le traemos kig ha farz para cenar. Estará muy atareada con las obras; seguro que no tendrá tiempo de cocinar.
—¿ Kig ha farz ?
—Un estofado bretón de ternera y verduras con budín de trigo sarraceno —interviene la señora Landrec—. Es de ayer nada más. Lo servimos en la comida de los mayores.
Al darme cuenta de mi error, me pongo roja como un tomate. ¿Por qué tengo la mente tan retorcida? Estas mujeres no vienen a pedir nada. Me arrepiento de haber sospechado de ellas. Sus corazones son puros. El mío me avergüenza.
—¡Ah, sí! Estofado de ternera, claro —balbuceo mientras abro la puerta de par en par—. Es muy amable de su parte. Me emociona el detalle. Pero pasen, por favor.
—No querríamos molestarla, señorita —murmura la señora Landrec, vacilante.
—Llámenme Jade.
—Si nos invita con tanta amabilidad, no podemos negarnos, Jade —responde Anne con una amplia sonrisa.
—¿Les preparo un té... un café? —pregunto mientras me hago a un lado para dejarlas pasar.
—Té, por favor —responden al unísono.