El secreto del Cabo 39 — ALMERIA. 25 de abril de 2025
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39 — ALMERIA. 25 de abril de 2025

Un día después de la muerte de Juana Martín.

El sonido de la televisión llenaba la habitación del hospital de Torrecárdenas con un murmullo constante, casi anestésico.

Víctor llevaba un rato largo sin mirarla, sentado en una silla incomodísima junto a la cama, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas.

Tenía la mirada fija en el suelo, como si temiera que, al levantarla, todo aquello se deshiciera.

Estaba cansado, muy cansado, pero tenía que permanecer allí.

La presentadora hablaba con tono grave.

—La Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil ha detenido esta madrugada en Rodalquilar, en pleno parque natural del Cabo de Gata, al jefe de operaciones del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), junto a otros dos agentes…»

Víctor alzó ligeramente la cabeza.

—«A los detenidos se les acusa, de momento, de al menos tres asesinatos relacionados con una investigación abierta desde hace más de una década…»

La cámara mostraba imágenes borrosas: coches oficiales, agentes encapuchados, una cinta policial ondeando con el viento del amanecer. Cabo de Gata. La Torre de la Vela Blanca. El lugar exacto donde todo había terminado.

Tras un registro de la sede del CNI, fuentes judiciales apuntan a que el principal detenido habría recibido pagos de grandes corporaciones petroleras extranjeras, presuntamente para impedir el desarrollo de avances tecnológicos que podrían haber alterado el equilibrio energético internacional.

El juez ha decretado prisión provisional sin fianza.

El ministro del Interior ha dado una rueda de prensa oficial diciendo que llegarán hasta el fondo de este asunto. »

Víctor cerró los ojos un instante.

No sintió alivio.

Tampoco satisfacción.

Solo un cansancio profundo, antiguo, como si le hubieran retirado de golpe un peso que llevaba años aplastándole el pecho.

—«Además —continuó la presentadora—, se investiga la posible implicación de un antiguo empresario local. Se confirma también que una agente de la Guardia Civil destinada en Almería permanece ingresada en estado muy grave…»

El volumen bajó de pronto. Luis había entrado en la habitación y silenció la televisión con el mando a distancia sin decir nada.

Durante unos segundos nadie habló.

El pitido rítmico del monitor cardíaco marcaba el tiempo con una precisión implacable. El sonido se vio interrumpido por una llamada en el móvil de Víctor. Sonaba demasiado alto para un lugar así. Lo cogió rápido, salió al pasillo y la expresión de su cara cambió rápidamente.

—Señor Gutiérrez, le llamamos de la comandancia de la Guardia Civil de Bilbao —dijo una voz de mujer al otro lado—. Uno de los detenidos ha pedido encarecidamente hablar con usted. Su abogado ha autorizado la llamada.

Víctor tardó un instante en entender.

—¿De Bilbao?

—El detenido es Mikel Usurbil. ¿Acepta usted la llamada?

Víctor sintió que algo se cerraba por dentro. Una puerta vieja. Un cerrojo. Caminó despacio, como si el cuerpo no estuviera de acuerdo.

—Dígale que sí.

Víctor se movió hasta una esquina donde el olor a desinfectante se hacía más fuerte y el silencio era más honesto.

Se llevó el móvil a la oreja.

—¿Sí? ¿Hola?

Al otro lado, una respiración irregular. Un jadeo que no era del que corre, sino del que intenta no derrumbarse.

—Víctor…

La voz era inconfundible. Sonaba más vieja. Más hueca. Pero era Mikel.

Durante un segundo, Víctor pensó en colgarle. Que no le debía nada a ese hombre. Que nada bueno podía salir de esa conversación.

Pero no lo hizo.

—¿Qué quieres?

Mikel tragó saliva. Se oyó un ruido de fondo, metálico, como una puerta cerrándose, un eco de calabozo. Luego, un susurro.

—He pedido que me dejen hablar contigo. Solo contigo. Me han dicho que tengo cinco minutos.

Víctor apretó la mandíbula.

—Cinco minutos para qué. ¿Para mentir otra vez?

Hubo un silencio. Y después, algo que Víctor no esperaba: un sollozo. No teatral. No calculado. Un sonido feo, real, de garganta apretada.

—No… —dijo Mikel— Para decirte la verdad. Toda. No quiero quedarme nada más dentro.

Víctor cerró los ojos un instante.

—Habla —dijo.

Mikel respiró hondo. La voz le temblaba.

—Fui yo.

La frase cayó como una piedra.

—Fui yo el que les contó lo de la caborita. Lo de la investigación de Alonso. Lo de tus avances. Lo de todo lo que estábamos haciendo en Solar Dynamics. Las pruebas exitosas. Las aplicaciones reales.

Mikel hizo una pequeña pausa.

—Al principio… cosas pequeñas. Reuniones.

Planes. Que ibais a entrar más en la mina.

Que Alonso estaba obsesionado, que tú estabas dispuesto a comprar el terreno.

Y luego… cuando Alonso empezó a obtener resultados…

cuando hablaba de almacenamiento, de eficiencia…

yo lo oí en tu despacho. Lo vi en papeles.

Yo… —La voz se le quebró—. Yo se lo pasé todo.

Víctor no se movió. No reaccionó. El pasillo parecía haberse quedado sin aire.

—¿A quién se lo contaste?

—Al… —Mikel dudó, como si pronunciarlo lo hiciera más real— al tipo del CNI. A uno de ellos. Al responsable. Al que estaba detrás de todo.

Víctor sintió un calor en el pecho. No era tristeza. Era algo peor.

—¿Cómo? —preguntó, despacio—. ¿Cómo llegas tú al CNI, Mikel?

Mikel soltó una risa breve, rota.

—No llegué. Me encontraron.

Víctor se apoyó en la pared. La pintura fría le recordó que estaba despierto, que no era un sueño.

—¿Cuándo?

—Hace doce o trece años. Poco después de que tú y Alonso empezarais a obtener los primeros resultados. Yo ya… ya estaba mal. Ya llevaba meses… —se oyó otro sollozo—. Las deudas me estaban comiendo. El juego… yo pensaba que lo controlaba. Que era una mala racha. Que saldría.

Víctor apretó los dedos alrededor del teléfono hasta que le dolieron.

—No lo controlabas —dijo.

—No —admitió Mikel—. No lo controlaba. Debía dinero a gente que no perdona. Y entonces… entonces apareció él.

Él no necesitaba nombre. Había sido el hombre sin nombre. Pero eso se acabó, ya sí lo tenía: Ismael González. E iba a pagar por todo lo que había hecho.

—Me visitó —continuó Mikel—. En Elorrio. En mi casa. Como si supiera que ese era mi lugar seguro. Se sentó en mi salón, Víctor. En mi salón. Como si fuera suyo. Y me habló de ti. De Alonso. De la caborita. De Rodalquilar. De 1965. De cosas que yo no le había dicho a nadie.

Víctor sintió un escalofrío.

—Me dijo que sabía lo de mis deudas —añadió Mikel—. Me dijo cuánto debía. A quién. Y que él podía arreglarlo.

—¿A cambio de qué?

—A cambio de información. Solo eso. Dime lo que hacen. Dime lo que descubren. Dime si avanzan. Me dijo que era por el bien del país. Que había cosas… que yo no entendía.

Víctor soltó una risa seca, sin humor.

—Siempre el bien del país.

—Lo sé —Mikel estaba llorando ya sin intentar ocultarlo—. Lo sé. Y yo… yo me agarré a eso porque era más fácil que aceptar que estaba vendiéndoos.

Víctor tragó saliva. La rabia le subía como ácido.

—¿Te pagó?

—Pagó mis deudas. Las borró. De un día para otro. Me lo hizo creer… que había vuelto a empezar. Y yo, como un imbécil, pensé que aquello era una segunda oportunidad.

Víctor apretó los ojos.

—No era una segunda oportunidad. Era una cadena.

—Sí —susurró Mikel—. Y cuando quise darme cuenta ya era tarde. Porque cuando alguien así te hace un favor… ya no eres libre. Nunca.

El silencio se alargó. En el hospital, un carrito de limpieza pasó al fondo del pasillo con ruedas chirriantes, ajeno a todo.

—¿Tuviste algo que ver en la muerte de Alonso? —preguntó Víctor.

Mikel tragó saliva. El sonido de la culpa en una garganta.

—A Alonso… lo mataron por mi culpa.

Víctor se quedó quieto.

—Si yo no hubiera proporcionado esa información nada de eso habría pasado.

—¿En lo de Pablo también estuviste involucrado? —dijo, con un tono más bajo—. Dime la verdad, Mikel.

—No —dijo Mikel de inmediato, desesperado—. No, por Dios. Yo no… De eso sí que no tuve nada que ver. Lo juro.

Víctor cerró los ojos. Notó que se le humedecían sin permiso, pero le creyó.

—Y, aun así, tras lo de Alonso, seguiste.

La respuesta tardó.

—Seguí —admitió Mikel—. Porque cada vez que intentaba parar…

me lo recordaban todo. Me recordaban que podían devolverme mis deudas multiplicadas.

Que podían hacerme caer. Que podían hacerle daño a mi mujer.

Y yo… —se oyó un golpe sordo, como si hubiera dado con la frente en la pared—. Yo fui cobarde.

Víctor no dijo nada. El pasillo parecía más estrecho.

—Y lo del vigilante —continuó Mikel—… eso ya fue tocar fondo.

Víctor abrió los ojos.

—Habla.

Mikel respiró, como si preparara el cuerpo para un dolor inevitable.

—Habían pasado diez años, pensé que ya nadie se acordaría de la caborita, ni de Rodalquilar, —tragó saliva— así que contraté a unos tipos y fui a buscarla.

Yo… yo estaba desesperado. Había un vigilante en tu terreno, nos descubrió, los tipos esos iban a matarlo, yo intenté salvarlo y… fue un accidente.

—¿Lo mataste tú?

—Sí —la voz de Mikel se volvió sorprendentemente serena—. Yo le golpeé, pero intentaba salvarlo… fue todo un error, pero ya no puedo cambiarlo.

Víctor sintió una náusea leve. No por sorpresa. Por confirmación.

—¿Por qué me llamas ahora? —preguntó—. ¿Qué ganas?

Mikel inspiró. Cuando habló, la voz era distinta: menos temblor, más decisión.

—No gano nada. Solo… —se interrumpió—. Solo quería que lo supieras de mí. No de un papel. No de un juicio. No de un rumor.

Víctor apretó los labios. En la habitación, Juana seguía respirando. Eso era lo único importante.

—Juana está viva —dijo Víctor, sin saber muy por qué.

Quizá lo dijo para que Mikel entendiera que el mundo no había ganado del todo.

Al otro lado se oyó un sollozo más fuerte.

—Me alegro —dijo Mikel—. De verdad. No merezco alegrarme de nada, pero… me alegro.

Víctor respiró despacio. En su cabeza, una imagen: Alonso sentado sobre una roca, hablando de su padre, de la promesa de no enterrar su secreto nunca más.

—Vas a confesar esto —dijo Víctor—. Oficialmente.

—Sí. —No hubo duda—. Ya lo estoy haciendo. Esta llamada la están grabando. Lo he pedido así. Me han dicho que podía hablar contigo si tú aceptabas. He aceptado que la graben. Quiero que conste.

Víctor sintió, por primera vez, una grieta en la pared de su odio.

—¿Por qué?

—Porque no pienso salir de aquí fingiendo que fue un error y ya. —Mikel respiró hondo—. He destruido vidas. He destruido la tuya. Te obligué a huir. Te he robado diez años. Alonso… —la voz se le rompió—. Yo no puedo devolverlo. Pero puedo dejar de ser un cobarde.

Víctor se quedó callado. La palabra perdón le parecía demasiado grande para el lugar que ocupaba Mikel.

—Víctor —dijo Mikel, y ahí ya no había nada más que un hombre roto—. Perdóname. No te lo pido para dormir mejor. No voy a dormir mejor nunca. Te lo pido porque… porque no quiero morir como viví estos últimos años: mintiendo.

Víctor miró el suelo del hospital. La línea de baldosas. La suciedad mínima. La vida rutinaria alrededor.

—No sé si te perdono —dijo al fin, con honestidad—. No hoy.

Al otro lado, Mikel no respondió. Como si aceptara que era lo justo.

Víctor tragó saliva.

—Pero sí sé una cosa —añadió—. Vas a cumplir tu pena. Vas a decir la verdad hasta el final. Y vas a cargar con ella sin buscar excusas. Si haces eso… quizá algún día pueda perdonarte de verdad.

Mikel sollozó.

—Lo haré —dijo—. Lo juro. Lo haré por Alonso. Por tu vida. Por… por todo lo que rompí.

Se oyó una voz al fondo del lado de Mikel. Un agente, probablemente, anunciando que se acababa el tiempo.

—Mikel —dijo Víctor, antes de que cortaran.

—Dime.

Víctor dudó un segundo. Luego habló con una calma que no sabía que tenía.

—Cuídate, espero que dentro de lo que cabe te vaya lo mejor posible.

Hubo un silencio. Luego, un susurro.

—Gracias, Víctor.

La línea hizo un clic.

Víctor se quedó con el teléfono en la mano un instante. No sentía alivio. Ni venganza. Sentía una cosa distinta, más útil: una sensación de cierre. El tipo de cierre que no borra nada, pero permite respirar.

Volvió a la habitación.

Juana no estaba allí.

La cara de Luis lo decía todo.

—Se la han llevado a la UCI, Víctor. Su corazón se paraba.