El secreto del Cabo 38 — CABO DE GATA. 24 de abril de 2025
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38 — CABO DE GATA. 24 de abril de 2025

Día de la muerte de Juana Martín.

Miguel sabía que la cita en la Torre de la Vela Blanca era una trampa.

Lo supo en el mismo instante en que colgó el teléfono tras hablar con Juana el día anterior. No hizo falta que se lo dijera nadie. No necesitaba pruebas. Había pasado demasiados años en esto como para no reconocer el olor del final.

Su teléfono estaría pinchado, y si no, seguro que ya le estaban siguiendo.

Desde el primer momento en que aquel tipo entró en su oficina y enseñó su acreditación de máximo nivel de seguridad, le quedó claro que era el mismísimo CNI el que estaba detrás.

El gobierno.

Cuando esa gente se involucra de esta manera en un caso, no dejaba cabos sueltos. Nunca. No podían permitir que algo les hiciera caer de su posición de poder.

Juana y él ahora mismo eran cabos sueltos.

En cualquier otra situación habría acatado las órdenes, nunca habría cruzado la línea, pero era la vida de Juana la que estaba en juego. La quería como una hija. Haría lo que fuera por protegerla, a ella y a los suyos.

En su casa reinaba un silencio extraño, espeso.

Miguel se movía despacio, como si cada gesto tuviera un peso definitivo.

Se sirvió un café, pero apenas lo probó.

Se sentó a la mesa de la cocina y se quedó mirando la pared durante un largo minuto.

Miró la foto de su mujer, siempre presidiendo la estancia.

Hacía cuatro años que había fallecido. El maldito cáncer. No tuvieron hijos.

Le quedaban solo unos pocos años para jubilarse, tres o cuatro como mucho.

Pensó en Juana una vez más.

Pensó en Julia.

Y pensó, con una claridad brutal que, si iba al encuentro sin preparar nada, las perdería a las dos. De una u otra manera. Y no estaba dispuesto a que eso pasara.

Fue entonces cuando tomó la decisión.

Miguel sabía que los tipos del CNI estarían en el punto de encuentro esperandole a él o a Juana, al que llegara primero. No conocían el punto de encuentro, pero como estaba seguro de que le estaban siguiendo no podía ir a preparar nada por adelantado.

Tenía que salir ya preparado para el encuentro desde su casa. Solo podía contar con lo que tuviera allí.

Abrió un cajón del mueble del pasillo y sacó un móvil antiguo, uno de aquellos que había usado años atrás en operativos discretos.

No tenía datos, ni aplicaciones, ni nada que pudiera delatarlo.

Solo llamadas. Solo voz. Tan solo un botón grande en el medio que llamaba al número programado previamente, el 062. La Guardia Civil.

Miguel sabía que su llamada sería desviada automáticamente a la comandancia más cercana: Almería. Una vez el operador entendiera lo que estaba pasando, mandaría a las patrullas locales, que desde el pueblo de Cabo de Gata estarían allí como máximo en diez minutos.

Ese es el tiempo que tenían que sobrevivir una vez esos tipos aparecieran.

No había otra manera de hacerlo. Si se presentaba en la comandancia y explicaba a algún superior lo que estaba ocurriendo, tanto él como Juana y Víctor serían detenidos de inmediato. Tarde o temprano les harían desaparecer. Ya habían amenazado a Julia. Cumplirían su amenaza.

Estaba solo.

Luego buscó cinta aislante y fijó el teléfono en el interior de su bota, pegado al tobillo.

Se vistió despacio. Cogió las llaves. Antes de salir, miró una última vez su casa. No con nostalgia, sino con una serenidad que le sorprendió a él mismo.

Miró la foto de su mujer de nuevo.

—Nos vemos pronto —murmuró, sin saber si se lo decía a alguien o al vacío.

El camino hasta el Cabo de Gata fue corto y eterno a la vez.

El sol empezaba a caer cuando aparcó cerca de la torre de la Vela Blanca. Llegó antes de la hora. Siempre llegaba antes. Hoy más que nunca. Tenía que ser así para que el plan funcionara.

Bajó del coche y se apoyó en él y miró el mar. La vista era preciosa, la costa mediterránea virgen de la mano del hombre se encontraba ante él.

El viento soplaba fuerte allí arriba. Perfecto. El sonido viajaría bien.

Pasaron unos minutos hasta que escuchó el ruido del motor de un coche. Miró por el camino hacia abajo y vio un Mercedes gris acercarse.

Intentó ser optimista y pensó que igual se trataba de algún turista despistado.

Desgraciadamente en cuanto el coche aparcó frente a él, reconoció de inmediato al tipo que conducía.

Llevaba su arma, pero sabía que era inútil intentar defenderse.

Los tres del CNI salieron del vehículo y dos se fueron acercando a él. El otro sacó un bulto enorme de dentro del maletero. Iba cubierto con una bolsa de tela. La dejó fuera de la explanada principal. Miguel no distinguió de qué se trataba con la falta de luz.

—Capitán Jiménez —dijo Ismael González—. ¿Dando un paseo por el Cabo a estas horas?

—Cállate, quienquiera que seas, y haz lo que hayas venido a hacer.

Ismael sonrió.

—No eres mi objetivo de hoy —dijo mientras miraba a los dos compañeros—. Cacheadlo.

—Pienso avisar a Juana y Víctor en cuanto aparezcan. Me da igual con que me amenaces. Hoy no te saldrás con la tuya.

—Abre el maletero.

Miguel obedeció intrigado.

Uno de los agentes fue a por la bolsa de tela gigante que habían dejado atrás. Cuando se acercó, Miguel comprendió todo, entonces le consumió el pánico.

De dentro sacaron a Julia aún medio inconsciente, adormilada con algún tipo de sustancia.

—¿A que ahora sí nos entendemos, capitán? Le he dicho que abra el maletero.

—Maldito seas. Cobarde de mierda.

Miguel obedeció. La introdujeron en el maletero de su coche.

—Nosotros ahora vamos a esconder el coche y nos vamos a meter detrás de esas rocas —dijo Ismael González—. Tú no vas a hacer nada extraño cuando lleguen los otros dos. Esto acabará rápido.

Miguel asintió.

Su plan seguía intacto. Sabía que aquel tipo no iba a dejar salir a nadie con vida de allí. Iba a eliminar a Juana y Víctor en cuanto aparecieran aprovechando el factor sorpresa.

Pasaron unos minutos eternos.

Todo dependía de él.

Miró al maletero de su coche. Aún podía salvarles a todos.

Vio un vehículo acercándose por la carretera. Pensó en Juana. En Víctor. En Julia. Sobre todo, en Julia.

Aparcaron. Bajaron. Entonces era el momento.

Con un pie se golpeó ligeramente en el otro y notó la vibración. Esos dispositivos móviles estaban pensados para ese tipo de operaciones.

Esperó a que la línea se abriera. No dijo nada. Dejó la llamada. Sabía que desde el otro lado por protocolo se quedarían a la escucha.

Su plan había funcionado; la línea estaba abierta. El micrófono quedaba libre. El sonido, limpio.

No necesitaba hablar.

Solo necesitaba tiempo.

Y supo que ya no había marcha atrás.

Entonces, gritó con todas sus fuerzas:

—¡CORRED! ¡ES UNA TRAMPA!

Luego todo ocurrió demasiado rápido.

Las voces. Las amenazas. El nombre de la caborita. El director del CNI. Las armas.

Julia.

Juana.

Miguel cayó fulminado del disparo, sangrando, completamente inconsciente. El teléfono seguía transmitiendo.

Cada palabra. Cada tiro.

Alguien estaba escuchando. Los agentes ya estarían corriendo hacia los coches patrulla.

No vería a Juana por última vez; sin embargo, no hubo miedo en sus ojos al morir.

Se reuniría con su mujer.

Les había salvado a todos.