37 — CABO DE GATA. 24 de abril de 2025
Día de la muerte de Juana Martín.
El cuerpo de Miguel yacía en el suelo, inerte, sin vida. Juana lo miró solo un segundo. No había tiempo para el dolor.
Julia lloraba aún más desconsolada, si es que eso era posible.
Víctor estaba paralizado, intentando sujetar a Juana con toda su fuerza.
—Eres un monstruo desalmado. Haz con nosotros lo que quieras, pero deja que se vaya mi hija, te lo ruego —suplicó Juana.
Su mirada ya no era de amenaza ni de odio, solo de súplica.
—¿Qué creías que pasaría cuando te dije en la comandancia que te detuvieras?
¿Qué creías que pasaría cuando escapasteis de Bilbao?
Metimos micros en tu casa —dijo Ismael González—.
En tu coche. En tu despacho. Desde el primer día que te pusiste a investigar el asesinato en el terreno de la caborita te estamos siguiendo.
Caminaba despacio, con las manos visibles, como si aquello fuera una conversación, no una ejecución.
—En cuanto volvió a moverse algo en Rodalquilar, saltaron todas las alarmas. ¿De verdad pensasteis que no lo sabríamos?
Juana sentía el pulso en las sienes. Pensaba en Julia. Solo en Julia.
—¿Mikel Usurbil trabajaba para vosotros? —preguntó Víctor.
—¿Usurbil? No —contestó el director con claridad—. Ese idiota arruinado fue solo el que originó todo esto matando a ese vigilante. Si se hubiera estado quieto no estaríamos aquí. Tú seguirías en Nueva Zelanda haciendo como que no existes y nadie habría tenido que volver a desenterrar todo esto.
—Yo solo era un empresario que quería mejorar el mundo —dijo Víctor casi a modo de despedida—. Has quitado cuatro vidas. ¿Por qué mataste a Pablo Soto? Merecemos toda la verdad.
Ismael González suspiró profundamente; claramente estaba cansado ya de esa conversación.
—Teníamos vigilado el terreno de Rodalquilar desde que Usurbil hizo lo que hizo. Pablo Soto el día de su muerte anduvo por la zona, le vimos, le controlamos. Entonces te llamó. Dijo que sabía lo de la caborita. En ese momento Pablo Soto se convirtió en un cabo suelto.
Juana estaba en otro mundo, pero a Víctor no le sorprendió la respuesta. Era la que temía.
—¿Tanto dinero os pagan las petroleras?
—¡Vaya! Tu inteligencia me sorprende Gutiérrez.
Has cerrado el circulo de manera muy hábil.
Este caso ya lo llevé yo hace diez años —continuó Ismael González—.
Era agente de campo por aquel entonces. Lo tapé una vez.
Esta vez hablé directamente con el ministro.
Nadie va a permitir que caigan las petroleras.
No es ideología. Es dinero. No solo nos pagan a nosotros.
Pagan a los gobiernos de toda Europa. Los gobiernos árabes no van a permitir que un simple empresario visionario de Almería cambie el mundo.
—El mundo entonces es una auténtica mierda, y tipos como tú son los que hacen imposible cambiarlo. Deja que se vaya la niña y haz con nosotros lo que tengas que hacer de una vez.
Ismael González hizo un gesto al agente que estaba al lado de Julia. Este la agarró y la arrastró hacia ellos.
—No por favor, no lo hagas, con nosotros lo que sea, pero a ella no —Juana lloraba casi de rodillas.
—Durante estos diez años habéis molestado a mucha gente importante. Y estas son las consecuencias —dijo Ismael González.
Juana y Julia cruzaron una rápida mirada. De madre a hija. De hija a madre. Esas miradas en las cuales sobraban las palabras. Entonces Juana lo comprendió. Asintió con la cabeza, sabía lo que su hija iba a hacer.
Cuando terminaron de arrastrarla, Julia se movió. Apenas un gesto. Una navaja apareció en su mano. Aún maniatada, la clavó en el costado del agente que la retenía con un movimiento rapidísimo.
Juana siempre había insistido a Julia para ir a clases de defensa personal. La navaja era un regalo de su padrino, Víctor, de cuando iban de excursión a la montaña.
El caos estalló.
Ismael González se giró ante el grito de su compañero. Su rostro por primera vez mostró desconcierto y pérdida de control.
Juana sacó el arma a una velocidad asombrosa.
Disparó al segundo agente casi sin apuntar.
Cayó.
Víctor corrió hacia Julia. El tercer hombre, aunque herido, forcejeaba con ella. Le dio golpe seco. Julia cayó inconsciente.
Víctor gritó.
La lucha de Julia le dio el tiempo suficiente.
Cogió una piedra. Golpeó. Una vez. Dos. El agente cayó.
Todo estaba ocurriendo al mismo tiempo.
En el mismo instante.
Ismael González recuperó la compostura y no dudó.
Sabía adónde apuntar su próximo disparo.
A Juana no le dio tiempo a reaccionar.
El disparo le alcanzó directamente en el pecho.
El impacto le lanzó contra el suelo. El aire se le escapó de los pulmones. El dolor fue inmediato, cegador.
Juana quedó tumbada bocarriba notando cómo se desangraba.
Pensó en Julia. Solo en que respirara, en que viviera. En que alguien la protegiera cuando ella ya no pudiera hacerlo.
Tras ese último pensamiento dejó de oír ruidos, luego oscuridad.
El director del CNI avanzó hacia Víctor, arma en mano, decidido a acabar de una vez con esto.
Pasó por encima de Julia, inconsciente en el suelo.
—Nunca debí dejarte vivo hace diez años —dijo—. No habrá cabos sueltos esta vez. Ni uno solo.
Ismael González, frente a él, le apuntó a la cabeza con el arma.
Era el final. Víctor lo sabía.
Cerró los ojos.
Tras solo un segundo de oscuridad oyó un grito y un golpe. Los abrió. Estaba vivo.
Julia se había lanzado sobre Ismael.
El arma cayó al suelo.
Víctor la recogió rápido. Apuntó.
El hombre lo miró a los ojos.
—Hazlo —dijo—. Es la única forma de que seáis libres.
Víctor dudó. Le temblaban las manos. Entendió que disparar no devolvería a Juana. Ni a Pablo. Ni a Miguel. Ni a Alonso. Ni diez años de culpa.
Detrás de él, Julia fue corriendo a donde yacía el cuerpo de su madre. Víctor la miró una última vez. No había miedo en sus ojos. Solo urgencia.
Algo sonó por encima del llanto de Julia.
Lejanas pero reales, subiendo por la carretera de la Torre de la Vela Blanca, se oían unas sirenas.