36 — CABO DE GATA. 24 de abril de 2025
Día de la muerte de Juana Martín.
Juana y Víctor pasaron el día escondiéndose entre caminos de tierra, ramblas secas y pistas que solo conocían los antiguos pastores, los agricultores y los guardias civiles que habían patrullado el parque natural durante años.
Juana era uno de ellos, o ciñéndose a la realidad actual, lo había sido.
Se movía por el Cabo de Gata con una memoria casi matemática, como si el paisaje estuviera grabado en sus músculos.
El coche lo dejaron cubierto con una lona vieja que encontraron tirada, escondido detrás de unos invernaderos medio abandonados. Desde allí siguieron a pie. El viento traía olor a tomate y plástico quemado. El mar, al fondo, parecía inmóvil, engañosamente tranquilo.
Víctor caminaba detrás de ella, atento a cada sonido. En sus diez años de soledad había aprendido a no hacer preguntas. Juana estaba concentrada, alerta, en ese estado que él ya reconocía: el de quien sabe que se acerca algo inevitable.
—Aquí —dijo ella, señalando una hondonada entre dos lomas—. Si vienen desde la carretera, los veremos antes.
Juana jugaba en casa. Esa era su gran ventaja.
Se sentaron a la sombra de una roca. El sol avanzaba despacio, implacable. El tiempo no parecía tener prisa.
Hablaron poco. Comentarios prácticos. Qué harían si Miguel no aparecía. Qué harían si aparecía acompañado. Qué harían si no salían de allí. Charlaron sobre Julia, comentaron la mujer maravillosa en que se había convertido.
El día se estaba haciendo eterno esperando el momento del encuentro.
A mediodía bajaron andando a la pedanía del Barranquete.
—Te aseguro que ahí no nos buscarán. Y tenemos que comer algo —dijo Juana.
Víctor solo asintió.
El bar seguía igual que hacía años. Mesas de formica, una televisión sin sonido colgada de la pared, olor a aceite reutilizado demasiadas veces.
Era como retroceder treinta años. Allí no iba nadie por casualidad; era un lugar que solo encontraban los que sabían dónde estaba.
Perfecto para que nadie les reconociera.
Juana saludó al camarero con un gesto mínimo. Comieron pescado frito con una ensalada. Víctor apenas probó bocado.
—Aquí patrullaba mucho —dijo ella, casi para sí misma—. Robos, incendios, peleas por terrenos. Nunca pensé que acabaría escondiéndome de los míos.
Víctor no respondió. Miraba la puerta. Cada vez que entraba alguien, su cuerpo se tensaba.
Pagaron en efectivo. Volvieron a salir al sol. Recuperaron el coche de su escondite y se dirigieron al punto de encuentro. Atravesaron el pueblo de Cabo de Gata, condujeron por la carretera de las salinas, la iglesia de la Almadraba y la Fabriquilla. Finalmente pusieron rumbo al faro.
El Cabo de Gata se desplegaba ante ellos como un escenario inmenso. Acantilados que caían a plomo. Un paisaje virgen, de los pocos que quedan en el Mediterráneo.
El mar golpeando las rocas con una cadencia hipnótica. «El lugar más hermoso para morir» pensó Víctor; al menos moriría en casa, con los suyos.
Dejaron el faro, el Arrecife de las Sirenas y los turistas atrás.
Cogieron la carretera que conducía a Cala Rajá, aquella carretera era desconocida para el gran público, muy difícil de transitar por sus baches y curvas.
Alejada de las masas y los turistas. Un terreno que Juana conocía a la perfección.
Subieron hacia la Torre de la Vela Blanca cuando el sol empezaba a caer.
La luz del atardecer teñía el paisaje de tonos ocres y dorados.
Desde allí arriba se dominaba todo: la costa, las calas, el horizonte abierto.
Ese era su lugar. Su vista favorita del Cabo.
Cuando llegaron arriba, Miguel ya estaba allí. Juana reconoció su coche de inmediato. Aparcó a unos diez metros.
Miguel estaba apoyado en su coche, aparentemente solo. Las manos en los bolsillos. Mirando el mar.
Juana le notó algo extraño en la postura. Le conocía demasiado bien, no le veía cómodo.
Víctor, sin embargo, al principio sintió alivio. Un segundo apenas. Luego algo le chirrió.
Miguel levantó la cabeza y los vio. Sonrió. Pero no se movió.
Entonces gritó:
—¡CORRED! ¡ES UNA TRAMPA!
El tiempo se fracturó.
De entre las rocas, de detrás de la torre, de un sendero que no habían visto, aparecieron tres hombres armados. Movimientos limpios, coordinados. Profesionales.
El hombre sin nombre avanzó el primero. Tranquilo. Seguro. Como quien llega al final de un trabajo largo.
—Se acabó —dijo—. Hasta aquí habéis llegado.
Víctor sintió cómo Juana se colocaba ligeramente delante de él.
—Víctor Gutiérrez. ¿Me recuerdas? —continuó el hombre.
—Por supuesto. Eres la persona que ha arruinado nuestras vidas, un asesino. Ya hui una vez por ti. No pienso volver a hacerlo. Si esto tiene que acabar hoy, que así sea.
—Vaya, sí que has cambiado en estos diez años.
Ya te lo dije entonces, que esto tenía que parar, que tendría consecuencias.
La caborita jamás debía ver la luz. Pero tu amiga y tú no habéis sido capaces de deteneros.
Habéis tenido que seguir hurgando. No pudisteis dejar correr lo del vigilante y ya está.
Uno de ellos agarró y golpeó a Miguel, le obligó a ponerse de rodillas. Tras el golpe tenía la cara ensangrentada.
—¡Miguel! Dejadle, sois unos monstruos —gritó Juana.
Víctor busco la mirada directa de su enemigo.
—¿Quién eres? Si nos vas a matar al menos dinos la verdad —dijo Víctor.
Había cambiado su semblante, el miedo a morir no existía en su rostro.
—¿Mataste a Pablo Soto? —insistió—. ¿Por qué haces esto?
El hombre sin nombre pensó durante unos segundos.
—Tienes razón. Vais a morir igualmente. Así que os daré el gusto de iros a la tumba sabiendo la verdad.
Dejó de hablar durante unos interminables segundos mientras jugaba con la pistola.
—Soy Ismael González, el director operativo del CNI. Un placer. No tengo nada personal contra ustedes. Simplemente hace diez años, el señor Gutiérrez fue más allá de lo que el mundo estaba preparado. Y el mundo intentó pararle los pies. Pero aquí estamos de nuevo.
—Lo que eres es un cabrón asesino —dijo Juana con odio en los ojos—. Eres policía y has matado civiles inocentes. Basura.
Ismael González torció el gesto, no le gustó que le insultaran. Hizo una señal con la pistola al otro agente que estaba libre apuntando hacia el maletero del coche de Miguel.
Juana y Víctor estaban desconcertados. No sabían que les esperaba a continuación.
—No pensaba hacer esto delante de ella, pero no me dejas elección.
El tipo sacó a Julia del maletero agarrándola del pelo y la lanzó contra el suelo. Estaba atada y amordazada. Lloraba desconsoladamente.
—¡NO!
Juana se lanzó con una furia desmesurada hacia su hija, sacando el arma de la funda.
Víctor trató de agarrarla.
Ismael disparó al suelo al lado de su hija. Todos se quedaron paralizados.
—El próximo disparo no fallaré —dijo con una sonrisa malévola.
Miguel cruzó una mirada con Juana.
Juana se temió lo peor.
—«No lo hagas; no intentes ser el héroe» —pensó.
Miguel entonces aprovechó el momento de silencio para levantarse rápidamente, golpeó con la cabeza al agente que lo sujetaba tirándolo hacia atrás. Se disponía a quitarle el arma, aprovechando que estaba en el suelo.
Ismael se giró hacia él y cumplió su amenaza.
Esta vez no falló.
El disparo sonó seco. Cercano. Brutal.
Miguel cayó hacia atrás, sin vida, con los ojos abiertos, mirando al cielo del Cabo.
La bala fue directa a la cabeza.
Juana no gritó.
No pudo.
Algo dentro de ella se rompió en silencio.
Su mentor y amigo muerto frente a ellos.
Su hija y ella a punto de morir sin saber cuál sería el orden.
No podría haber peor final.
—No es personal —dijo Ismael González—. Solo intereses de Estado.