El secreto del Cabo 35 — ALMERIA. 23 de abril de 2025
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35 — ALMERIA. 23 de abril de 2025

Un día antes de la muerte de Juana Martín.

Julia se despertó a las siete y cuarto, como casi todos los días. El despertador sonó una sola vez. No necesitaba más; claramente era alondra. Siempre activa por la mañana.

En la cocina, su padre ya estaba de pie. Tenía la radio puesta, escuchando música a bajo volumen y una taza de café humeando entre las manos. El sol entraba tímido por la ventana, anunciando otro día limpio, corriente, sin sobresaltos.

—¿Has dormido bien? —preguntó Luis, sin mirarla.

—Sí.

Julia se sentó frente a él y untó mantequilla en una tostada. Hablaron de cosas pequeñas: un examen que tenía esa semana, el tráfico de la mañana, el precio de la fruta. Nada importante. Nada que mereciera ser recordado.

Antes de salir, su padre le dio un beso rápido en la frente.

—Nos vemos luego.

—Que tengas buen día.

El autobús llegó puntual. El número dieciocho. Directo a la universidad. Julia se sentó junto a la ventana y dejó que la ciudad pasara ante sus ojos como una sucesión de escenas conocidas. Pensó en una práctica que tenía que entregar, en una compañera que siempre llegaba tarde, en nada en concreto.

Las clases fueron normales. Julia era muy buena estudiante. Le encantaba aprender y transmitir conocimiento. Claramente la enseñanza era su vocación.

A mediodía comió en el bar Romera, al lado de la facultad. Un plato combinado de lomo con patatas y una Coca-Cola Zero. Se quejó del café. Malísimo como siempre. Rio con varias amigas. El mundo seguía girando con una precisión insultante.

Por la tarde volvió a coger el autobús de vuelta a casa.

Iba cansada. Tenía la cabeza pesada y el cuerpo pidiendo sofá.

Desafortunadamente le tocaba trabajar esa noche.

Trabajaba en el McDonald’s del centro comercial para ganarse algo de dinero y pagar sus caprichos y viajes.

Sus padres habían insistido en que no hacía falta, pero ella quiso.

Durante el resto del trayecto miró el móvil un par de veces. No había mensajes nuevos. Ojeó unos cuantos reels de Instagram para pasar el rato.

Mientras se acercaba a su portal, el día seguía su curso normal en la ciudad.

Las luces se encendían en los balcones. La gente llegaba de trabajar.

La vida continuaba.

Cuando llegó a su calle, el cielo empezaba a oscurecer. Subió los escalones del portal sin pensar en nada, rebuscando las llaves en el bolso.

Cogió el ascensor.

Entró al piso de sus padres. Dejó la mochila de clase y cogió las llaves del coche. Salía tan tarde esa noche que no podía volver andando o en bus.

Aparcó el coche lejos de la puerta principal del centro comercial, donde encontró sitio. A esas horas siempre era difícil y no le gustaba dar vueltas.

El día en el trabajo se le pasó rápido. Sin nada especial que reseñar.

Al acabar se despidió de los compañeros y se dirigió al aparcamiento. No quedaba casi nadie a esas horas. Cuatro coches aparcados y un silencio solo roto por la música ambiente.

Estaba agotada; se lamentó de no haber dado un par de vueltas más al llegar y haber aparcado tan lejos de la puerta.

Caminó rápido hacia su coche con la llave preparada en la mano.

Sin saber cómo, dos sombras salieron de la nada.

No tuvo tiempo de entender lo que pasaba.

Una mano le tapó la boca desde atrás. Otra le sujetó el brazo con fuerza, un movimiento profesional. No hubo gritos. No hubo forcejeo. Solo un susurro muy cerca de su oído.

—Tranquila. Si gritas, será tu final.

El miedo fue inmediato. Como un instinto animal.

Eran dos hombres. No los vio bien. No necesitó hacerlo. Olían a colonia cara. Sabían exactamente qué hacer. Con la fuerza que mostraban tenían que ser enormes.

Había un coche aparcado justo al lado del suyo.

Un Mercedes gris.

Abrieron el maletero.

La metieron dentro.

Todo pasó en menos de diez segundos.

La tapa se cerró con un golpe seco, definitivo.

Julia gritó entonces. Gritó con todo el aire que le quedaba en los pulmones. Nadie la oyó.

El coche arrancó.

El miedo la paralizó en el interior del maletero. Tras unos minutos frénicos y de puro pánico, pudo ser consciente de lo que le estaba pasando.

Ya no había dudas.

Ya no había salida.

La habían secuestrado.