El secreto del Cabo 34 — MADRID 23 de abril de 2025 revisar
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34 — MADRID 23 de abril de 2025 revisar

Un día antes de la muerte de Juana Martín.

En el despacho del ministro no se oía la calle. Ni siquiera el rumor de la ciudad. A esas horas, el centro de Madrid era un caos; pero allí dentro solo existían el zumbido del aire acondicionado y el reflejo de las luces en una mesa demasiado pulida.

El ministro del Interior no se había quitado la chaqueta. Tenía la corbata floja, el nudo deshecho a medias y la mirada clavada en la pantalla del televisor sin volumen. En el rótulo inferior, en bucle, una frase que ya empezaba a oler a problema:

«Detenido en Bilbao el principal sospechoso de la muerte violenta ocurrida en Rodalquilar, Almería, el pasado siete de abril.»

El reportero proseguía con la explicación de la noticia:

—Como parte de la detención del sospechoso, originario de la localidad vizcaína de Elorrio, se produjo un tiroteo en plena Gran Vía de Bilbao.

Una agente de la policía judicial, Juana Martín, fue la ejecutora del disparo.

Fuentes del programa —el reportero prosiguió— pueden asegurar a los espectadores que la miembro de la Guardia Civil se encuentra actualmente en busca y captura por motivos que aún son desconocidos.

Tras la exposición del reportero, los tertulianos se dedicaron a especular sobre cualquier detalle que se les ocurriera.

Cuando la puerta se abrió, él no se giró. No hizo falta.

El hombre que entró caminaba sin prisa, con una serenidad que no era calma: era costumbre. Cerró tras de sí sin mirar al asistente, que inmediatamente entendió que tenía que salir.

—Dime que lo tienes controlado —dijo el ministro, por fin, sin levantar la voz.

El otro no respondió de inmediato. Se acercó a la mesa, dejó un dossier fino y apoyó la palma sobre la tapa como si aquello fuera una promesa.

—Está controlado.

—No lo parece.

El ministro señaló el televisor con un gesto brusco.

—Han salido imágenes e información que no debería estar en la prensa: asesinato, Rodalquilar, tiroteo en el centro de Bilbao. Creía que los dos buscábamos máxima discreción.

El hombre sin nombre inclinó ligeramente la cabeza, como si aceptara la reprimenda por cortesía, no por miedo.

—La agente de la judicial de Almería no se detuvo —explicó—. Ha encontrado al asesino de Rodalquilar. Eso genera ruido y movimiento. Es inevitable durante unas horas.

—No me vale —cortó el ministro—. Tenemos demasiadas miradas encima. Una guardia civil disparando en el centro de Bilbao. Luego una fuga con un coche delante de tus narices…

El silencio que siguió fue corto, pero cargado.

—Si los de fuera se enteraran de que no estamos cumpliendo o de lo cerca que estamos de que se nos escape esto… Sería nuestro fin. La cárcel sería lo de menos.

El hombre sin nombre lo entendió. No hacía falta especificar quiénes eran los de fuera. A veces, las palabras solo estropeaban lo que ya estaba claro.

—Entendido —respondió el otro, sin alterarse—. Voy a resolverlo.

El ministro se giró por fin. Sus ojos tenían esa mezcla rara de poder y miedo que solo aparece cuando alguien cree mandar, pero sabe que hay algo por encima.

—Quiero soluciones, ya.

—La solución será mañana —dijo—. Al atardecer. Tengo un plan en marcha.

El ministro frunció el ceño.

—¿Mañana?

—Mañana —repitió—. La situación se ha complicado, lo reconozco. El empresario, esta vez, desaparecerá para siempre. No cometeré el mismo error de hace diez años.

Eso sí hizo que el ministro se endureciera.

—Eso espero.

El ministro caminó hasta la ventana. No la abrió. Solo apoyó la frente un instante contra el cristal, como si la frialdad pudiera ordenarle los pensamientos.

—Asegúrate de que esto acaba ya, y sin cabos sueltos —murmuró—. Si no, ya sabes que serás el primero en caer.

El otro esperó, no contestó. Contuvo la rabia. Era una amenaza, pero respiró hondo. El ministro tenía razón, para él también había mucho en juego. El dinero, las promesas, la estabilidad de un puesto que parecía sólido hasta que alguien tiraba de un hilo. El estatus.

El hombre sin nombre dio una palmada en la mesa.

—Mañana lo cierro —dijo—. Cueste lo que cueste.

—No me falles. No nos lo podemos permitir. Ninguno de los dos.

El hombre sin nombre abandonó la estancia.

El ministro se quedó solo, con el televisor en silencio y con el peso de una mala decisión sobre sus hombros.

Nunca tenía que haber aceptado la proposición de aquel hombre.

Siete años antes

—Llevo quince años aquí y lo hacen con todos los ministros de Europa. Es dinero fácil. Solo hay que vigilar —le dijo en su primera reunión.

Él era un político noble. Nunca había aceptado un sobre de nadie. Quizás algún buen regalo alguna vez sí, pero nada más.

Aquellas cantidades eran otra historia.

—Se va a hacer con o sin usted. Solo elija si quiere hacer lo que hacen todos o quedarse fuera.

Finalmente aceptó.

Llevaba siete años en el cargo y jamás había tenido ningún problema. Hasta aquel día en que apareció el cuerpo en Rodalquilar y supo lo que había pasado hace diez años en Almería.

No podía hacer nada más, solo confiar en que todo se arreglaría.

Para bien o para mal, su suerte se decidiría al día siguiente en algún lugar del Cabo.