33 — LA MANCHA. 23 de abril de 2025
Un día antes de la muerte de Juana Martín.
La carretera secundaria por la que avanzaban Juana y Víctor era como una cicatriz negra entre las llanuras del sur de Burgos.
El coche robado vibraba a cada bache, como si estuviera recordándoles que no era un vehículo para pasar desapercibido.
Aun así, era lo único que tenían. Juana mantenía los ojos en los retrovisores.
Cada faro que aparecía le parecía una amenaza.
Habían salido de Bilbao sin plan y sin destino, pero con una sola certeza: si no huían, morirían.
Víctor conducía en silencio, la mandíbula tensa, los dedos marcados sobre el volante. Hacía más de una hora que no decía una palabra, aunque de vez en cuando soltaba un jadeo contenido, casi imperceptible, como si aún sintiera la mirada del hombre sin nombre clavada en la nuca.
—Tenemos que tirar los móviles —dijo Juana, sin apartar la vista del retrovisor—. Es lo primero que rastrearán.
Víctor los sacó de la guantera. Los había dejado ahí cuando escaparon de la comandancia, casi por instinto.
Juana abrió la ventana y lanzó el suyo primero. Cayó entre matorrales secos. Luego le pidió el de Víctor. Lo sostuvo un segundo en la mano. Esos aparatos contenían una vida: mensajes, fotos, emails, recuerdos… Pero había que hacerlo.
Lo lanzó.
—Ya está —dijo Juana—. Sin móviles no pueden localizarnos tan rápido.
—Pero no podremos hablar con Miguel —murmuró Víctor—. Ni con nadie. ¿Cómo vamos a pedir ayuda? ¿Cómo vamos a salir de esta?
—Tendremos que hacerlo en persona. O encontrar un teléfono que no esté pinchado. Pero primero… tenemos que llegar vivos a Almería.
No tomaron la autovía A-1 dirección al sur.
Ni siguieron un trayecto lógico. Juana había pasado tantos años trabajando con patrones de huida que sabía exactamente qué no debía hacer: lo obvio.
Por eso fue desviándose por secundarias, pasando por pueblos sin nombre, estaciones de servicio abandonadas y curvas que parecían perderse en el horizonte.
Al caer la tarde, ya estaban al norte de Toledo.
La meseta se abría en un vacío dorado. Víctor detuvo el coche un instante en un área de servicio en las afueras de Madridejos.
Necesitaba respirar. Juana también. Además, el depósito de la gasolina estaba en reserva.
Víctor se dirigió a Juana antes de abrir la puerta del vehículo.
—¿Crees que nos están siguiendo? —empezó él.
—Sí —confirmó ella—. Nos están siguiendo desde que salimos de Bizkaia. Seguro que ya han movilizado agentes en la zona de Almería. Es nuestro destino más probable.
Víctor tragó saliva.
—Sabes que son el CNI, ¿no?
—Sí. Hace tiempo que no tengo dudas al respecto. Esto viene de lo más alto.
—¿Pero de qué nos van a acusar? —preguntó Víctor.
—De lo que sea. De momento ya tienen desacato, huida, robo. Lo que está claro es que, si nos encuentran y nos meten en una sala, tiene pinta de que no saldremos.
Se volvió hacia él. Su rostro tenía una dureza nueva.
—Nunca imaginé que mi proyecto de la caborita, el producir y almacenar energía renovable de manera infinitamente más eficiente, me llevaría a acabar así. Nos llevaría a todos a acabar así.
Juana no contestó. Solo pensó en su familia. En lo que daría por que todo esto no les afectara en nada a ellos.
Víctor echó gasolina y entró dentro a pagar. Con efectivo, nada de tarjeta le había indicado Juana.
Justo en ese momento, una patrulla de la Guardia Civil aparcó en el surtidor de al lado. Juana se quedó helada, en silencio, intentando disimular. Víctor salió del edificio y justo se los cruzó entrando. Ambos agentes se le quedaron mirando hasta que entró en el coche de nuevo.
—No digas nada y arranca ya —dijo Juana.
Víctor arrancó el coche y se incorporaron de nuevo a la carretera. Pasaron unos minutos en una tensión que se cortaba con un cuchillo. Se fijaron bien en que la patrulla de la Guardia Civil no les seguía.
A la altura de Valdepeñas, los colores cálidos del campo parecían un espejismo en su situación actual.
Habían tenido suerte. Juana daba por hecho ya que serían considerados fugitivos a nivel nacional. Lo de la gasolinera era una coincidencia, pero para Juana cada coincidencia se había convertido en amenaza.
—Parece que aún no estamos en busca y captura —dijo Juana—. Los tipos aquellos no parecen que sean de los que quieran llamar la atención.
Víctor quiso intervenir, pero algo llamó su atención en el retrovisor.
Un Mercedes gris. Sin distintivos. Con todos los cristales tintados avanzaba hacia ellos a gran velocidad. Se encontraba ahora mismo a unos cien metros detrás de su coche.
—Juana…
Ella ya lo había visto también por su espejo lateral.
No era la primera vez que veía ese Mercedes gris. Lo había visto en su barrio en Almería. Lo había visto seguirla durante su investigación del vigilante asesinado. Eran ellos, sin duda. Desde el principio.
Y ahora estaba ahí, manteniendo siempre la misma distancia, como quien espera una orden antes de atacar.
—Bájale la velocidad. Poco a poco —ordenó Juana.
Víctor obedeció. El Mercedes redujo también.
Ya no quedaba ninguna comprobación por hacer.
—Son ellos —dijo Juana con la voz quebrada.
—¿Qué hacemos? —preguntó Víctor.
El corazón de Juana empezó a martillear con una precisión militar. Había un instante, siempre, un segundo exacto, entre la decisión de atacar y el ataque en sí. Ella lo sintió en el aire.
—Agárrate fuerte al volante —dijo.
Víctor no llegó a reaccionar cuando Juana tiró del freno de mano y lo soltó de inmediato. El coche pegó un bandazo controlado que los lanzó al arcén. El Mercedes frenó en seco.
—¡Acelera! ¡Ahora! —gritó Juana.
Víctor hundió el pie. Su coche salió disparado levantando grava. El Mercedes hizo lo mismo. La distancia entre ambos coches se redujo como si el aire se comprimiera.
Un fogonazo explotó sobre el cristal trasero seguido del ruido de cristales rotos.
—¡Están disparando! —gritó Víctor.
Juana ya tenía la pistola en la mano. No había tenido tiempo de cargarla, pero sí de revisar al salir de Bilbao que tenía balas suficientes. Se giró ligeramente, sin perder la estabilidad.
—Mantén el coche recto.
Otro disparo. Esta vez impactó en el maletero.
Juana abrió la ventanilla. El viento entró con violencia.
La carretera serpenteaba. Una curva a la derecha. Otra a la izquierda. El Mercedes mantenía una distancia mínima, casi pegado a ellos, estable, certero.
Juana les vio las caras.
Eran los mismos dos agentes que habían estado vigilándolos en la comandancia de Bilbao. Los mismos que habían escoltado al hombre sin nombre.
La expresión de ambos era fría. No iban a detenerlos. Iban a hacerlos desaparecer.
Víctor tomó una vía de servicio sin pensarlo. El coche derrapó, casi volcó. El Mercedes entró detrás. A menos de dos metros. Los disparos siguieron.
Juana respiró hondo. Apuntó. No al conductor. A la rueda delantera izquierda.
Un único disparo.
El Mercedes dio un bandazo que levantó una nube de polvo. Víctor salió a la carretera secundaria que cruzaba hacia el este. El Mercedes derrapó, golpeó un mojón de cemento y cayó lateralmente a un pequeño desnivel fuera de la carretera.
Víctor siguió acelerando.
Habían conseguido escapar.
Siguieron así durante veinte kilómetros más sin mirar atrás.
Tampoco frenaron. Aún no se sentían a salvo.
No hablaron apenas hasta que ya estaban en los primeros pueblos de la provincia de Granada, al borde de un paisaje árido que anunciaba la cercanía del sureste. Sierra Nevada presidía majestuosa el horizonte.
En la carretera de Iznalloz a Guadix, Víctor detuvo el coche junto a una venta abandonada. Se bajó. El aire olía a tomillo y a tierra mojada. No pudo evitar vomitar nada más salir del coche. Demasiada tensión.
—Necesitamos un teléfono —dijo Juana—. Uno que no puedan localizar de ninguna manera.
Víctor asintió, aunque parecía todavía en shock.
Caminaron hasta un cortijo apartado, donde un hombre mayor, de piel curtida y boina de lana, estaba recogiendo sacos junto a un tractor. Juana se presentó como Guardia Civil —no mintió, aún lo era— y le pidió usar su teléfono.
El hombre aceptó tras ver la placa.
—Aquí tiene agente. ¿Qué les ha pasado?
—Lo siento, caballero, eso es confidencial, estamos en mitad de una investigación y su discreción es fundamental. Le pregunte quien le pregunte, usted no diga que nos ha visto.
El hombre asintió con cierta cara de desconfianza.
Víctor le distrajo preguntándole de dónde era y qué cultivaba en el cortijo. Ambos se quedaron de charla.
Juana se alejó de los dos hombres y marcó de memoria el número de Miguel. No había nadie más a quien pedir ayuda.
Sonó. Una vez. Dos. Tres.
—¿Sí? —respondió Miguel.
Juana sintió que el aire se le escapaba.
—Soy yo. No digas mi nombre. Nos han seguido. Nos quieren matar. Son gente muy peligrosa. Estamos en Granada. Necesitamos vernos. Lo antes posible.
Un silencio. Duro. Crudo. Terrible.
—Escúchame —dijo Miguel—. No uses ningún teléfono más. No digas dónde estáis. Mañana, en el Cabo de Gata. En tu lugar favorito, donde está la vista que más te gusta, al atardecer. Iré solo. Por favor, cuidaos.
Ella colgó.
Sabía perfectamente el lugar al que se refería Miguel.
El hombre del cortijo puso de nuevo la atención en Juana. La miró con una mezcla de curiosidad y respeto.
—¿Todo bien, agente?
Juana devolvió el teléfono.
—No —dijo—. Pero intentamos arreglarlo.
Subieron al coche. Ya no quedaban fuerzas para mucho más. Pero habían conseguido lo imposible: sobrevivir a un ataque directo del CNI.
Mientras se alejaban en dirección al sureste, Juana sintió por primera vez una certeza que le apretó el pecho:
El atardecer del día siguiente iba a decidirlo todo.