32 — BILBAO. 22 de abril de 2025
Dos días antes de la muerte de Juana Martín.
El ascensor de la comandancia de Bilbao ascendía con un zumbido grave, metálico.
Juana sostenía entre los dedos una carpeta que no había abierto desde la noche anterior.
Víctor estaba a su lado, más pálido que nunca.
Habían dormido poco, o nada. Les dejaron una habitación en la casa cuartel más cercana.
El arresto de Mikel había sido el principio de algo, pero ninguno de los dos sabía aún de qué.
Cuando las puertas se abrieron, un guardia uniformado los recibió con gesto neutro.
—La teniente Castillo les está esperando —dijo, señalando el pasillo.
Avanzaron. El edificio, a diferencia de Almería, tenía un aire más frío, más burocrático. Había menos voces, menos movimiento. El silencio parecía diseñado para que uno pensara demasiado.
Juana se acercó al escritorio de la teniente.
—Vengo a ver al detenido de ayer: Mikel Usurbil. ¿Cómo ha pasado la noche?
La agente consultó su pantalla.
—Sin incidentes. No ha pedido abogado, solo ha hecho una llamada personal a su hermano. Nada más. Está en el calabozo desde que lo trajo la patrulla.
Eso inquietó a Víctor porque sabía que Mikel no tenía ningún hermano; aunque con su estado emocional, quizás él mismo o los guardias que le atendieron se habrían equivocado.
—Soy la agente a cargo del caso. Quiero proceder con el interrogatorio oficial —dijo Juana con firmeza.
Entregó unos papeles a la teniente. La mujer asintió.
—Se lo llevan ahora a la sala dos. El capitán Miguel Jiménez ha llamado varias veces. Ha solicitado que sea usted quien dirija el interrogatorio.
Juana sintió el peso de esas palabras en el pecho. Miguel estaba cubriéndola, una vez más. Una vez más jugándose el cuello por ella.
Víctor carraspeó.
—Estaré en la sala de espera.
Juana asintió. No quería exponerlo más, pero sabía que ahora mismo no podía prescindir de él.
La puerta de la sala dos tenía un cristal esmerilado. Al otro lado se distinguía la silueta de un hombre sentado frente a la mesa. Pero no era Mikel. Su postura era demasiado rígida, demasiado tranquila.
Juana tardó exactamente tres segundos en reconocerlo. Cuando abrió la puerta, lo vio de frente.
El hombre que le había arrebatado el caso en Almería.
El hombre que había aparecido sin avisar y le había ordenado parar la investigación.
El hombre sin nombre.
El jefazo de Madrid.
—Buenos días, agente Martín —dijo él, sin levantarse.
Juana sintió cómo el estómago se le convertía en piedra.
—¿Qué hace usted aquí?
—Lo mismo que usted, imagino —respondió él, inclinándose hacia atrás—. Proteger los intereses de este país.
Juana cerró la puerta con suavidad, controlando la respiración.
—Este es mi detenido. Tengo autorización expresa de mi superior. He resuelto el caso.
—Ya no —dijo él.
Sacó una carpeta negra del maletín y la deslizó sobre la mesa. Juana no la abrió. No necesitaba ver lo que decía. Sabía, sin duda alguna, que llevaba su nombre.
—Le advertí —continuó él, con un tono casi pedagógico—. Le dije que dejara este asunto. No lo hizo. Luego le ordenaron que se apartara. Tampoco lo hizo. Y ahora ha detenido a una persona, la cual posee una información que no debe salir de este edificio. De nuevo, por el bien de este país.
Juana sintió cómo un latido furioso le subía al cuello.
—Está amenazándome. Otra vez.
—Estoy notificándole —rectificó él—. En unos minutos recibirá la notificación sobre su expediente disciplinario.
Será retirada de la Guardia Civil por obstrucción, uso indebido de recursos y actividad no autorizada en un caso clasificado.
No habrá sanciones penales. Consideraremos suficiente que se marche y desaparezca del mapa. Es lo más generoso que puedo ofrecerle.
Juana avanzó un paso.
—Y una mierda, ¿Quiere decirme qué le ha pasado a Mikel? ¿Dónde está? Es un sospechoso de asesinato.
—Mikel Usurbil no existe hoy —respondió él, sin pestañear—. No para usted.
La puerta se abrió. Un segundo hombre, al que Juana no conocía, apareció en el marco. Claramente no era el que estaba al mando.
—Es la hora.
El hombre sin nombre se levantó.
—Acompáñenos, agente Martín.
Juana se tensó.
—No he terminado aquí. No pienso ir con ustedes a ningún sitio.
Él la miró como si fuera una niña insistiendo en un capricho.
—Sí. Ya ha terminado. No se resista.
El otro hombre se echó la mano a la cintura, agarrándose la pistola. Juana entendió que no tenía otra salida.
Al salir al pasillo con sus dos acompañantes, Juana se encontró con Víctor. A él también lo había traído otro hombre, un tercer agente.
Víctor se quedó en shock. Lo reconoció al instante.
Lo supo por cómo se le helaron los ojos, por el temblor mínimo en la mandíbula.
Habían pasado diez años, pero no lo olvidaba.
Era el mismo tipo de la reunión de Madrid.
El mismo que había provocado su huida.
El mismo que había estado detrás de la muerte de Alonso Garrido.
El hombre sin nombre también lo reconoció.
Fue solo un cruce de miradas de un segundo.
Pero a Víctor casi se le doblaron las rodillas.
—Tú… —susurró él.
El hombre sin nombre no respondió. Solo sostuvo la mirada un instante más, suficiente para que Víctor entendiera que aquello no era una casualidad. Y que no había escapatoria.
Los llevaron a una sala pequeña, sin ventanas, con una mesa mínima y dos sillas.
Un agente de la comandancia se quedó fuera, vigilándolos. Era un chico joven, tenía pinta de ser su primer destino.
—Que no salgan —indicó uno de los dos que acompañaban al hombre sin nombre.
Cuando la puerta se cerró, Víctor ya no pudo contenerse.
—Tenemos que irnos —susurró—. Ahora. Ese hombre… Juana, ese hombre mató a Alonso. Lo sé. Yo estuve allí. Me lo dijeron. Y ahora sabe que he vuelto. Sabe que has estado investigando. Sabe que hemos detenido a Mikel. Somos los próximos en la lista. ¿Lo entiendes?
Es él desde el principio, desde hace diez años.
Juana apretó los dientes.
—Tienes razón. Tenemos que salir de esta comandancia o estamos muertos.
—¿Cómo? Nos están vigilando.
Juana miró a su alrededor. Una sala sin ventanas. Una mesa. Una papelera. Una puerta.
Y al otro lado, un pasillo lleno de agentes que, si recibían cierto tipo de llamada, obedecerían sin preguntas.
—Hay un modo —dijo ella—. El chaval que han dejado en la puerta es un novato.
—No. No puedes estar pensando en… —Víctor se detuvo al verla cambiar el rostro.
Sí. Ella estaba pensando exactamente en lo que él temía.
El plan era tan arriesgado que solo podía funcionar porque nadie esperaba que Juana, una Guardia Civil de cincuenta años con un expediente brillante, hiciera algo así.
La puerta no estaba cerrada con llave, salieron al pasillo con paso firme.
—Lo llevo a traslado —anunció Juana enseñando la placa.
Antes de que el agente pudiera preguntar, Juana sacó de su bolsillo unas esposas, se las colocó a Víctor y le cubrió las manos con su chaqueta.
—Orden del capitán —añadió, con un tono que no dejaba margen.
—No podéis salir, es lo que han ordenado.
—¿Ordenado quién, chaval? Ves mi rango en la placa, ¿no? Estás ante una superior de tu propio cuerpo —Juana claramente intimidó al novato.
El agente dudó, pero al fin se apartó.
Juana guio a Víctor hacia los baños de la planta baja. Allí se detuvieron. Ella empujó una ventana estrecha, demasiado alta para un detenido y demasiado pequeña para que pasara un adulto.
—Por aquí no —susurró Víctor.
—No es para salir —respondió ella.
Sacó su móvil. Marcó un número interno. Mientras el agente de vigilancia contestaba, Juana ocultó el móvil bajo la chaqueta.
—Soy la agente Martín. Tengo un incidente en los baños del sector B. Un detenido agresivo. Necesito apoyo inmediato.
Colgó. Sabía lo que ocurriría: dos agentes dejarían su puesto para acudir a ese pasillo.
Tenían treinta segundos.
—Corre —susurró.
Salieron al pasillo mientras los pasos comenzaban a llegar por la escalera. Juana llevó a Víctor hacia la puerta que llevaba al garaje subterráneo.
La tarjeta de acceso no funcionó.
Víctor la miró desesperado.
Ella levantó la vista hacia la cámara, se pegó a la pared para ocultar su rostro, sacó una navaja multiusos que llevaba en el bolsillo trasero y desmontó la carcasa del lector en menos de cinco segundos.
Un cable azul. Uno rojo. Juana juntó los dos. Estaba entrenada para hacerlo.
La puerta hizo clic. Víctor miraba la escena con cara de asombro.
—Corre —repitió.
El garaje estaba semivacío. Filas de coches patrulla, algunos sin distintivos. El silencio amplificaba cada respiración.
—No podemos robar un coche patrulla —susurró Víctor.
—¿Prefieres volver arriba? No hay otra opción.
Juana eligió el que estaba más cerca de la rampa. Uno sin distintivos. Abrió la puerta del copiloto. El coche no estaba cerrado. Las llaves estaban puestas: protocolo habitual para vehículos listos para salida inmediata.
Subieron.
Víctor se paralizó.
—Juana…
—Víctor, arranca.
Él arrancó.
Cuando el motor rugió, tres cosas ocurrieron a la vez:
Una alarma se activó en alguna parte del garaje.
Una puerta lateral se abrió de golpe.
Una voz gritó el nombre de Juana.
—¡Martín! ¡Deténgase ahora!
Juana apoyó la mano en el salpicadero.
—Acelera.
Víctor obedeció.
El coche de la Guardia Civil salió disparado por la rampa, se incorporó a la calle bajo la lluvia y se perdió entre el tráfico de Bilbao.
Ellos no hablaron durante los siguientes treinta segundos.
Juana tampoco miró atrás.
Pero los dos sabían que desde ese momento ya no estaban huyendo de una investigación.
Estaban huyendo por salvar sus vidas.