El secreto del Cabo 40 — ALMERIA. 26 de abril de 2025
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40 — ALMERIA. 26 de abril de 2025

Dos días después de la muerte de Juana Martín.

Las horas se hacían eternas esperando novedades en la puerta de la UCI del hospital Torrecárdenas.

Luis había salido a estirar las piernas por primera vez en las últimas veinticuatro horas.

—¿Alguna novedad? —preguntó a Víctor.

—Ninguna. Todo en calma. Acabo de preguntar y dicen que aún es pronto para saber cuándo despertará.

Víctor se levantó dispuesto a ceder su sitio a Luis. De repente, un médico salió en busca de los acompañantes de Juana Martín.

Ambos cruzaron de inmediato las puertas de la UCI con una alegría contenida.

Juana se estaba despertando. Abrió los ojos. Muy despacio.

Víctor estaba frente a ella.

—Juana…

Ella tardó unos segundos en enfocar. Parpadeó. Inspiró con dificultad. Tenía el rostro pálido, surcado por pequeñas marcas violáceas, y el vendaje asomaba bajo la sábana blanca. Pero estaba allí. Viva.

—No grites —susurró ella—. Me duele todo.

Víctor dejó escapar una risa breve, rota, que terminó en un sollozo que no intentó contener. Se llevó una mano a la cara y respiró hondo, como si necesitara asegurarse de que aquello era real.

Luis y él se fundieron en un abrazo.

—Estás viva —dijo Víctor—. No me lo puedo creer. Por un momento pensé que… que era final.

Juana ladeó la cabeza apenas un poco.

—Pues… —tragó saliva— parece que no. Me acabo de acordar de algo.

De repente su mirada cambió como si hubiera visto un fantasma.

—Julia, ¿está bien? Dime que si por favor.

—Sí, está perfectamente. Todo ha acabado. Todos estamos a salvo.

Luis se acercó a la cama junto con el médico y las enfermeras. Le tomó la mano con cuidado, como si pudiera romperla.

Víctor dio un paso atrás.

La exploraron, analizaron todas las máquinas comprobando que todo estaba correcto. Tras unos minutos dijeron que el pronóstico era favorable, que les daban unos minutos pero que la tenían que dejar descansar. Salieron de la habitación.

—Estuviste clínicamente muerta —dijo Luis en voz baja—. Dos veces en la ambulancia. Una más en el quirófano.

Juana cerró los ojos.

—Miguel…

Nadie respondió de inmediato.

—Nos salvó.

Juana apretó los labios. Una lágrima se deslizó lentamente por su mejilla, perdiéndose entre las arrugas del vendaje.

—Siempre creyó en mí —murmuró—. Siempre cuidó de nosotros. Hasta el final.

A las pocas horas la trasladaron ya a la planta. Víctor y Luis se estaban acomodando cuando se oyó a alguien correr por el pasillo.

Julia entró de repente a la habitación, venía jadeando del esfuerzo que acababa de hacer.

Su padre la tuvo que frenar para que no se abrazara de inmediato a su madre.

Esto provocó las risas de todos.

Durante unos minutos solo risas.

Tras ese breve paréntesis, vino un silencio lleno de ausencias: Miguel. Pablo Soto. Los cuatro estaban vivos, pero habían perdido mucho por el camino. Personas importantes que ya no volverían.

Víctor por primera vez, de repente, fue consciente de que aquello había terminado de verdad.

Tras diez años. No porque hubiera detenidos, ni porque lo dijera un juez, ni porque lo repitieran en los informativos.

Había terminado porque Juana respiraba. Porque Julia estaba allí.

Porque el miedo, por primera vez en mucho tiempo, ya no dictaba cada uno de sus pensamientos.

—Cuando despierte del todo —dijo Juana, sin abrir los ojos—, quiero ir a visitar la tumba de Miguel. Que se le rindan los honores que merecen. También quiero asegurarme de que quede claro que Pablo fue asesinado, que no fue un accidente.

Luis frunció el ceño.

—Ahora no es el momento.

—Lo será —respondió ella—. Sera hará justicia con todos; os lo aseguro.

Víctor asintió despacio.

Sabía que el Cabo nunca sería lo mismo, que ese lugar nunca dejaría de dolerles, pero también que no se puede construir nada sobre una huida permanente.

Un rato después, cuando Julia se quedó dormida en el sillón y Luis salió a hablar con el médico, Juana miró a Víctor con una seriedad nueva.

—¿Y ahora qué? —preguntó—. ¿Qué vas a hacer tú ahora? ¿Vas a volver a Nueva Zelanda?

Víctor dudó solo un segundo.

—Voy a volver a abrir Solar Dynamics.

Juana arqueó una ceja, cansada pero atenta.

—¿Después de todo esto?

—Precisamente por todo esto —respondió él—. Porque tenían razón en una cosa: lo que empezamos podía cambiar las reglas. Y por eso lo intentaron enterrar. No pienso dejar que lo consigan.

Juana lo observó largo rato. Luego asintió.

—Pablo estaría de acuerdo.

Víctor sonrió con tristeza.

—Eso espero.

Se levantó de la silla y se acercó a la ventana. Afuera, Almería seguía su curso indiferente: coches, gente, luz. El mundo no se había detenido por ellos. Nunca lo hacía.

Pero, por primera vez desde hacía muchos años, Víctor sintió que el futuro no era una amenaza.

Era una posibilidad.

Y esta vez, pensaba luchar por ella.