El secreto del Cabo 29 — RODALQUILAR. 6 de abril de 2025
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29 — RODALQUILAR. 6 de abril de 2025

Dieciocho días antes de la muerte de Juana Martín.

El coche avanzaba por la autovía dirección a Almería como un animal cansado.

Mikel llevaba horas al volante, con los ojos secos y la mandíbula apretada.

Detrás, en la furgoneta que habían alquilado con documentación falsa, venían los tres hombres de Trapagaran.

Los mismos que ahora marcaban cada uno de sus movimientos.

La noche almeriense era un desierto negro. Nada se movía salvo el viento.

Había llegado demasiado lejos como para echarse atrás.

Cuando entraron en Cabo de Gata, Mikel sintió el estómago retorcerse. El paisaje era el mismo de siempre: montes resecos, caminos polvorientos y una calma que parecía esconder secretos antiguos.

Habían reservado un airbnb en Rodalquilar. Era un pueblo pequeño y lo suficientemente turístico como para no llamar la atención.

Era la hora de cenar y entraron al bar más próximo a su alojamiento. Mikel empujó la puerta. El camarero, un hombre moreno, de brazos fuertes y mirada desconfiada, se acercó secándose las manos con un trapo.

—¿Qué os pongo? —preguntó sin rodeos, escaneando a los tres tipos que entraron detrás de Mikel.

—Cuatro cervezas, por favor —indicó el de la cicatriz.

Una vez que el camarero se marchó, iniciaron la conversación.

—Mañana a la mañana, vamos a ir a visitar a un tipo que conoce la zona. Un tal José Antonio. Veremos a ver qué se cuece por aquí y de paso para que nos proporcione material. No podíamos cruzar la península cargados, ya me entiendes.

—Ok, de acuerdo —Mikel tragó saliva. Se le notaba claramente incómodo.

A la mañana siguiente, fueron a un almacén perdido entre invernaderos. Se encontraba en algún lugar en mitad del campo de Níjar. Aquel almacén parecía destinado a almacenar material agrícola, pero era obvio que no era lo único que guardaba.

José Antonio estaba en mitad de la nave dando órdenes a todos. Se notaba que era el tipo al mando. Tendría unos cincuenta, barba gris, ojos cansados.

Los cuatro entraron. Enseguida todo el mundo fijó la mirada en ellos.

—¿Vosotros quién sois? ¿Qué se os ha perdido por aquí? —dijo José Antonio en un claro tono desafiante.

—Nos han dicho que tú eres el tipo con quien contactar para encontrar material y buena información por la zona —indicó el de la cicatriz.

José Antonio lo miró un segundo más de lo normal.

—Aquí no hay mucha gente que se meta en líos —respondió—. Y menos con gente que no conocemos. Creo que os habéis equivocado de lugar. Podéis marcharos por donde habéis venido.

El de la cicatriz miró a los otros dos y les habló en euskera:

—Este payaso andaluz me está tocando los cojones, vamos a tener que ponerlo en su sitio —dijo sonriendo a sus camaradas.

—Saca un billete de cincuenta y te dirá todo lo que necesitamos saber; es un pobre cateto —dijo el más próximo a Mikel.

Él lo estaba entendiendo todo, era de Elorrio, sabía perfectamente euskera, aquello hacía que ya no pudiera disimular más su nerviosismo.

—Sois del norte, ¿eh? ¿Creéis que no me iba a dar cuenta? ¿Os creéis más listos que yo por hablar cuatro palabras en vasco? —dijo José Antonio elevando aún más la tensión.

Cuatro o cinco hombres dejaron el trabajo que estaban haciendo y se situaron entre José Antonio y los cuatro vascos. La tensión se podía cortar con un cuchillo.

Mikel prácticamente estaba temblando. Él era un gran ingeniero. Tenía problemas económicos y de adicciones, pero por muchos bajos fondos que hubiera visitado por culpa de sus problemas, ese ambiente le seguía viniendo grande.

—Calmémonos todos —dijo el de la cicatriz. Solo queremos hacer negocios.

Echó mano al bolsillo y sacó unos cuantos billetes de cincuenta euros.

José Antonio soltó una carcajada amarga.

—Empezamos a entendernos. ¿Qué queréis hacer? ¿Qué andáis buscando?

Mikel dudó. No podía mencionarse la caborita. Ni las minas. Ni nada que apestara a verdad.

—Solo revisar un terreno. Nada complicado. Habrá vigilancia, tendremos que llevar protección por si se pone la cosa fea. Algo de herramienta de trabajo también nos vendría bien.

José Antonio observó a los matones y puso la mirada en Mikel.

—Supongo que tú eres el que paga a estos —dijo señalándolo—. Ten mucho cuidado con ellos; no son de fiar. Si solo queréis material os digo dónde lo podéis encontrar y os marcháis de aquí.

Cogió un papel y apuntó una dirección. Se lo dio al de la cicatriz.

Decid que vais de parte del José Antonio y no os harán preguntas; pagáis y adiós.

—Nos basta con eso.

José Antonio negó con la cabeza, incómodo. Luego suspiró, vencido por la costumbre de hablar demasiado.

—Esta es una zona tranquila, aquí nos conocemos todos. No arméis jaleo ni atraigáis policía. Haced lo que tengáis que hacer y marcharos.

Los mafiosos intercambiaron una mirada. Mikel sonrió, aunque no sentía nada parecido a alegría.

—Gracias —dijo simplemente.

Mikel y sus tres compañeros fueron a la dirección que les había dado José Antonio. Compraron lo necesario, sin preguntas ni respuestas, tal como les habían dicho que sería.

Llegaron a las cercanías de las minas de Rodalquilar pasada la medianoche.

El viento golpeaba las laderas, arrastrando arena fina como agujas. El vallado metálico brillaba bajo la luz de la luna llena. Todo parecía quieto.

Demasiado quieto.

Dejaron el coche en la explanada que daba entrada a las minas abandonadas. No se dieron cuenta de que, a unos pocos metros, su llegada había alertado al vigilante.

—Empezaremos por la mina; estoy seguro de que aquí tiene que estar lo que busco —afirmó Mikel con seguridad.

Los cuatro se adentraron en la mina. Esa misma mañana habían conseguido linternas y herramientas de excavación en el lugar que les indicó José Antonio.

Siguieron hacia el interior a través de los túneles. Mikel sabía que la caborita estaba ahí, en algún lugar, solo tenían que buscar.

Llevaban linternas potentes. La luz cortaba la oscuridad como cuchillas. El suelo estaba lleno de polvo antiguo, huellas secas, clavos oxidados.

Sabía que la caborita no estaba a simple vista. Sabía que Víctor había ocultado información. Sabía que algo tenía que estar allí, enterrado, esperando a que él lo encontrara.

Después de un rato sus compañeros de aventura comenzaron a impacientarse.

—Aquí tampoco hay una mierda —escupió uno de ellos.

Mikel sintió la presión en el pecho.

—Abramos un agujero en el suelo —propuso, temblando—. Si lo que busco está aquí, no será superficial.

El de la cicatriz lo observó con una mezcla de duda y cálculo.

—Vale —dijo finalmente—. Pero rápido. Me da la sensación de que buscas una aguja en un pajar.

Sacaron herramientas de la mochila: picos, un pequeño taladro de roca, linternas extras.

Comenzaron a cavar.

El ruido retumbó en toda la galería. No encontraron nada.

Pasaron varias horas hasta que llegaron a una zona en donde ya no podían avanzar más. Mikel insistió en que era ahí, pero la impaciencia ya se había apoderado de los compañeros de expedición de Mikel.

—Hasta aquí hemos llegado. No tienes ni idea de que estás buscando. Llevamos aquí horas. El precio va a subir —dijo el de la cicatriz.

—Lo que busco tiene que estar aquí. Sé que está aquí —casi suplicó Mikel.

—Dinos qué buscamos exactamente y esto que sepas te va a costar el doble —claramente era una amenaza.

—No pienso pagaros ni un céntimo más. Poneos a trabajar, hay que buscar algo brillante en las rocas como os he dicho —dijo Mikel levantando la voz.

No lo vio venir.

El de la cicatriz le dio un puñetazo directo al estómago. A Mikel le dolió muchísimo. Se nota que el hombre sabía cómo pegar para hacer daño. Otro de ellos le empujó y Mikel cayó al suelo. Se le salieron todas las cosas de los bolsillos.

Desde el suelo, intentó recoger todo mientras recuperaba la respiración. Con la oscuridad y el dolor, no se dio cuenta de que se dejó un pequeño llavero del garaje de su mujer en el suelo.

—Que sirva esto como primera y última advertencia —dijo el de la cicatriz con gesto muy serio mientras los otros dos reían.

—Y que quede claro quién manda —insistió—. Te esperamos fuera. Aquí no hay nada.

Una vez fuera, se volvieron a reunir los cuatro. Era completamente de noche. Mikel se dio cuenta de que no iba a conseguir de una manera sencilla que volvieran a entrar en la galería. Tuvo que pensar otra estrategia.

—Vamos a explorar el terreno vallado de arriba, a ver si allí tenemos más suerte —dijo Mikel.

—De acuerdo, entraremos por la zona norte —ordenó el hombre de la cicatriz—. Cortamos el alambre, entramos en silencio y revisamos la zona. Que nadie haga nada extraño. No queremos llamar la atención del vigilante.

Uno de ellos sacó una cizalla. El metal cedió con un sonido breve, seco.

Se deslizaron dentro.

El terreno parecía inmenso, aunque Mikel no lo conocía, ya que era la primera vez que estaba ahí dentro, sabía perfectamente el secreto que ocultaba esa tierra aparentemente baldía.

Él había escuchado a Víctor hablar con Alonso.

Sabía que ese terreno estaba relacionado con el acceso a la caborita.

La única explicación lógica es que la caborita estaba debajo de esas tierras.

No sería fácil encontrar el punto exacto donde cavar.

Quizás Víctor y Alonso habían dejado alguna abertura o entrada que ellos pudieran encontrar. Era su única esperanza.

—Las minas están por allí —susurró Mikel—. Quizás haya alguna entrada desde aquí arriba.

Bajaron por un sendero entre matorrales secos. El aire olía a hierro, a piedra vieja.

Y entonces ocurrió.

Un haz de luz apareció de la nada apuntando directamente hacia ellos.

—¡Eh! ¿Quién anda ahí? ¡Salid ahora mismo! Aquí no podéis estar. Estoy llamando a la Guardia Civil.

Era el vigilante.

Un chico joven. Delgado. Con una linterna temblorosa en la mano.

—Mierda —susurró Mikel.

Los mafiosos se tensaron como lobos.

—Apaga la luz —ordenó uno.

El vigilante retrocedió al verlos avanzar.

Intentó correr.

Pero uno de los hombres lo alcanzó de un empujón brutal.

El golpe contra el suelo sonó seco.

—¡Para, joder! —gritó Mikel— ¡No hace falta…! No le hagas daño.

El vigilante intentó levantarse. Tenía sangre en la frente.

El otro lo sujetó por el cuello.

—No debería haber visto nada —murmuró uno de los matones mientras apretaba más el cuello—. Ahora es un cabo suelto.

Todo ocurrió en segundos. Mikel cogió la cizalla, intentó golpear en el brazo al matón que agarraba del cuello al vigilante.

Con los nervios y la falta de luz calculó mal. El tipo se giró rápido sin soltar del cuello al hombre.

Mikel le golpeó directo en la cabeza.

El vigilante ya no forcejeó.

El cuerpo cayó como un saco.

Se hizo un silencio sepulcral.

Mikel se quedó helado.

—No… no quería… —balbuceó.

El de la cicatriz lo miró fijamente.

—Pero qué mierda has hecho, idiota.

La luz de la linterna del vigilante quedó encendida en el suelo, iluminando la escena de forma grotesca.

Mikel retrocedió, tropezando con una roca.

—Tenemos que irnos —continuó el de la cicatriz—. Ahora.

—Pero… ¿y el vigilante? ¿Qué hacemos? —murmuró Mikel.

El de la cicatriz lo tomó por el cuello del abrigo.

—Se ha acabado tu excursión arqueológica. Hay un muerto. Nos movemos YA.

Mikel tragó aire. Su corazón golpeaba como un martillo.

Era consciente de que la línea que había cruzado ya no tenía retorno.

Se giró una última vez hacia el cuerpo.

La oscuridad de esa noche lo había devorado todo.

—Tirad el cuerpo por el terraplén —indicó el de la cicatriz.

Mikel siguió a los hombres hacia el coche; no terminaba de ser consciente de lo que estaba pasando.

Había matado a un hombre.