El secreto del Cabo 28 — TABERNAS. 2015
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28 — TABERNAS. 2015

Diez años antes de la muerte de Juana Martín.

El miedo no es un pensamiento. Es algo físico. Un peso que no te deja respirar.

Desde la muerte de Alonso, Víctor vivía con ese peso en el pecho. Lo notaba al despertar, al caminar por la empresa, hasta al ducharse. Habían matado a un geólogo. A un buen hombre. A nadie en el mundo parecía importarle salvo a él y a su familia.

Lo habían matado para enviarle a él un mensaje. Y el mensaje era claro: «deja de pensar, deja de investigar, la caborita no existe.»

Esa mañana, cuando entró en la oficina, sintió un escalofrío. Todo le resultaba extraño, como si su propia empresa ya no le perteneciera. Los ordenadores, los prototipos, las pizarras con cálculos… cada rincón parecía estar marcado por la sombra de alguien más.

Y así era.

A media mañana, su asistente entró en su despacho con la cara pálida.

—Víctor… —dudó—, hay un hombre que insiste en verte. No ha querido dar su nombre.

Víctor supo quién era antes incluso de levantarse de la silla. El corazón empezó a golpearle en las costillas.

—¿Dónde está?

—En tu despacho. Ha entrado directamente. Yo intenté… —pero Víctor ya no le escuchaba.

Entró en su despacho.

Y allí estaba. El mismo hombre sin nombre de Madrid. El traje oscuro. Los ojos sin alma. Sentado en su silla, como si hubiese sido siempre suya.

—Buenos días, señor Gutiérrez —dijo el hombre sin inmutarse—. Como recordará hace unos días hablamos de la necesidad de tomar las decisiones adecuadas. Quería asegurarme de que lo ha entendido.

Víctor sintió cómo el mundo se encogía a su alrededor.

—Ya lo he entendido —dijo con un hilo cobarde de voz.

—No estoy completamente convencido —respondió el hombre levantándose—. Pero lo estará hoy. Le aconsejo no tomar decisiones equivocadas. Ya sabe lo que pasa cuando la gente no hace lo que se le indica.

Un latido.

Otro.

El recuerdo del cadáver de Alonso flotando entre las rocas.

—¿Qué quiere de mí?

—Nada. Solo que desaparezca. Usted, su investigación, su mineral, su empresa y cualquier registro que exista. Hágalo rápido, señor Gutiérrez. No volveré a repetirlo. Creo que ahora ambos tenemos claras las consecuencias de no hacerlo, tanto para usted como para sus colaboradores cercanos.

Caminó hacia él. Se detuvo a un palmo.

—Y no vuelva a mencionar nada de esto. Ni ahora ni nunca. A nadie. Esto no ha pasado.

Después salió. Sin una amenaza explícita. Porque no la necesitaba.

Víctor cerró los ojos. Había tomado la decisión antes de abrirlos.

Tenía que destruirlo todo.

Horas después reunió a su equipo en la sala de conferencias grande. Mikel Usurbil estaba allí, apoyado en la pared, brazos cruzados. Había estado apagado desde la muerte de Alonso. Sabía demasiadas cosas. No podía evitar sentir la culpa.

Víctor no se creía lo que estaba a punto de hacer. Iba a enterrar la caborita. No iba a proseguir con ningún tipo de prueba relacionada cuando ese proyecto había sido el eje de su vida hasta ese momento. No quería poner otra vida en riesgo.

—Tengo que deciros algo muy difícil para todos —anunció Víctor intentando que la voz no le temblara—. La empresa cierra. De inmediato.

Un murmullo de incredulidad recorrió la sala.

—¿Cómo que cierra? —estalló Mikel dando un paso al frente—. ¿Estás loco? Tenemos inversores, prototipos, contratos… No puedes hacer esto, Víctor.

—Es el final. No hay discusión. Siento muchísimo tener que hacer esto así. No puedo deciros nada más. Mañana recibiréis un email oficial informando de todo. Distribuidlo entre vuestros respectivos equipos.

Víctor abandonó la sala. Los ojos de Mikel se estrecharon. Le siguió al pasillo.

—¿Es por lo de Alonso? —preguntó en voz baja—. ¿Qué te dijeron en Madrid? ¡Dímelo, joder! ¡Me estás ocultando cosas!

Víctor sintió ganas de contárselo todo, pero la imagen de Juana, de su familia, del geólogo muerto… lo detuvo.

—No puedo, Mikel. Es una decisión personal. Tengo mis motivos.

—¿Tus motivos? —Mikel se rio sin humor—. ¿Y todo lo que hemos construido? ¿Toda mi vida puesta aquí? ¿Toda la investigación? ¿Las horas? ¿Los riesgos? ¿El puto mineral, Víctor? La batería de almacenamiento de energía que va a cambiar el mundo. ¿Se te ha olvidado?

Las palabras de Mikel eran como puñales para él.

—Olvídalo, Mikel. No existe nada de eso ya.

—¡No me mientas! Al menos ten dignidad y a mí dime la verdad.

Pero Víctor ya no podía seguir escuchando. Se marchó a su despacho dejando atrás los gritos de Mikel.

Al salir de la empresa ese día, cuando iba en el coche llamó a Pablo, su fiel amigo. Le dijo que tenían que cenar esa noche en el Gran Padre juntos. Que era urgente.

Víctor venía con ojeras y manos temblorosas. A él sí podía contárselo. A él tenía que contárselo.

Le estaba esperando en su mesa de siempre. Fue directo, sin preámbulos:

—Pablo, escucha. No tengo mucho tiempo. Lo que encontramos en las minas de Rodalquilar…

todo el proyecto… No puede seguir. Es peligroso.

Hay… gente del Estado. No sé nombres, pero tienes que olvidarlo.

Borra todo lo que tengas, cualquier mensaje, cualquier nota.

¿Entiendes? ¿Has hablado con alguien de ello?

Pablo tardó en hablar.

—¿Tan serio es?

—Más de lo que te imaginas —susurró Víctor.

Se guardó lo de Alonso para sí mismo. No quería asustar aún más a su amigo.

—Prométeme que no dirás jamás nada a nadie de las pruebas que se hicieron con la caborita y de los resultados que obtuvimos —dijo Víctor casi al borde de las lágrimas—. Tu vida y la de tu familia y amigos están en juego.

—Te lo prometo, tienes mi palabra —dijo Pablo.

Víctor le dio un abrazo y se marchó si más palabra. La cara de Pablo era una mezcla de total incredulidad y terror.

Esa misma noche no pudo irse a casa; cogió el coche y volvió a Tabernas. A Solar Dynamics. Entró directo a la sala donde estaban los servidores que contenían toda la información. Le temblaban las manos mientras tecleaba la orden final.

DELETE ALL.

PURGE.

CONFIRM.

Tres comandos que borraron años de trabajo. Años de esperanzas, de resultados. De una posibilidad real de cambiar el mundo.

El futuro de la energía borrado en tres comandos.

Con su superusuario bloqueó todo el resto de los posibles accesos al dominio de la empresa en la nube. Desde ese momento nadie podría acceder a su ordenador de Solar Dynamics. Ni de manera local ni remota.

Al terminar, se quedó allí, en silencio, escuchando el zumbido de los ventiladores de los ordenadores. Sentía que estaba matando algo que había sido parte de él, pero era la única forma de sobrevivir.

Mikel se encontraba en su casa del barrio del Zapillo, al lado de la playa en Almería capital. Tenía la mala costumbre de mirar el email del trabajo siempre antes de dormir. Cuando trató de entrar en el sistema como hacía cada noche, se encontró con que era imposible.

Él sabía perfectamente lo que estaba pasando. Se maldijo mil veces por no haber hecho nunca una copia de seguridad fuera de Solar Dynamics.

Gritó. Golpeó el teclado. Lanzó el ratón por los aires. Daba igual. Mikel sabía que no tenía solución.

Maldijo a Víctor. «Maldito mentiroso narcisista.»

Lo que le ardía por dentro era la rabia de creerse un paso por delante y no haber estado preparado para este momento.

Aquella noche, Víctor hizo varias cosas antes de desaparecer: dejó el cierre de la empresa atado con los abogados, vendió su coche, cerró cuentas bancarias y compró un billete.

Destino: Nueva Zelanda.

Un sitio lo suficientemente lejos para que nadie lo encontrara. Ni los de Madrid. Ni los que mandaban sobre ellos. Ni las sombras que rodeaban la caborita.

Cuando subió al avión, no miró atrás. No podía.

Pero mientras el avión despegaba, Víctor sintió una certeza helada:

no había escapado. Solo había aplazado la caída.

Y algún día, lo sabía, alguien pagaría por lo que había pasado aquellas semanas en Almería. El secreto del Cabo, tarde o temprano, se revelaría.