27 — ELORRIO. 4 de abril de 2025
Veinte días antes de la muerte de Juana.
Elorrio amanecía gris.
Igual que él.
Mikel Usurbil se despertó antes del amanecer, como casi siempre.
No porque fuera madrugador, sino porque llevaba meses sin poder dormir más de tres horas seguidas.
El silencio de la casa —una casa que había comprado pensando que llenaría con hijos, cenas con amigos y risas— ahora era una cueva helada donde solo crecían las recriminaciones.
Se incorporó en la cama y vio, del otro lado, el hueco frío que dejaba su mujer desde que había empezado a dormir en el cuarto de invitados.
Ni siquiera lo miraba ya. Había dejado de hablarle, de preguntarle cómo estaba, de interesarse por nada que tuviera que ver con él.
La última frase que le había dicho, días atrás, le seguía retumbando como un eco oxidado:
—Quiero separarme, Mikel. No puedo seguir así.
Aquello lo había partido en dos.
Caminó hacia la cocina sin encender ninguna luz. El suelo bajo sus pies descalzos era una losa helada. Preparó café sin ganas y, mientras la máquina vibraba, pensó en lo mismo que pensaba todas las mañanas: Víctor.
Víctor y su maldita decisión de cerrar la empresa.
Víctor y sus secretos.
Víctor, el amigo que había prometido un futuro juntos y lo había dejado tirado en mitad de la nada.
Víctor era el responsable de todos sus problemas. Al volver de Almería comenzó su decadencia personal. O al menos eso se decía a si mismo. La realidad es que su decadencia comenzó mucho antes.
Mikel había querido llamarlo cientos de veces, gritarle, suplicarle que recapacitara. Pero nunca lo hizo. El orgullo siempre pesaba más que cualquier necesidad. Sin embargo, en su interior seguía sintiéndose un niño abandonado en mitad de un bosque.
Su nuevo trabajo, un puesto gris en una consultora de ingeniería que había aceptado por desesperación, lo mataba lentamente.
Se dedicaba a aconsejar a altos directivos de empresas tecnológicas, todos completamente incapaces de tomar una decisión correcta por sí mismos.
No resolvía problemas, sus proyectos nunca llegaban a nada.
Solo preparaba informes que nadie leía. Pasaba horas frente a una pantalla sin obtener ninguna satisfacción. Solo un buen sueldo a fin de mes.
Intentó invertir parte del dinero que le quedaba, buscando una salida rápida, un respiro.
Pero todas las decisiones que tomaba parecían malditas.
Criptomonedas que se desplomaban. Un socio que desapareció con la mitad del capital.
Un préstamo personal que lo asfixiaba cada mes. Necesitaba dinero urgentemente.
Y luego estaba aquello que aún tras diez años no conseguía sacarse de la cabeza. La investigación de la caborita. Si aquel proyecto se hubiera cerrado con éxito su vida ahora sería otra. ¿Y si la solución a todos sus problemas económicos estaba ahí?
Conocía el riesgo de abrir esa caja de Pandora, sabía lo que había pasado diez años atrás. Había muerto gente por ello.
«Diez años eran muchos años», se dijo a sí mismo. Ya nadie tendría el foco en aquellas minas.
En su desesperación, había ido a Rodalquilar hacía unas semanas, por su cuenta. Se sorprendió de ver que el terreno sobre las minas estaba vallado y vigilado.
Sabía prácticamente todo sobre el proyecto secreto de la caborita Él, junto con Víctor y Alonso, había liderado el desarrollo y la implementación de ese mineral que habían encontrado en el Cabo como una batería revolucionaria.
Sin embargo, Víctor como siempre solía hacer, se había guardado cosas.
Lo suficiente para que él no pudiera encontrar los materiales necesarios para proseguir con ello.
Cuando la empresa cerró, también desaparecieron todos los documentos de los servidores.
Mikel perdió en un momento todo el acceso a cualquier cosa relacionada con el proyecto.
Además, Víctor fue muy claro cuando le dijo que se olvidara del tema.
Incluso le dijo que su vida corría peligro si no seguía su recomendación.
Mikel sabía mejor que nadie que tenía razón. Había tratado con el peligro cara a cara.
En los últimos diez años sus problemas de juego y gestión de dinero tampoco habían mejorado. Hasta de ello culpaba a Víctor.
—Ese malnacido no se saldrá con la suya —se dijo a sí mismo en voz alta.
No dormía, pensaba. No comía. No vivía. Solo daba vueltas alrededor de ese maldito trozo de tierra abandonado donde él estaba seguro de que estaba la clave de todo. La clave para solucionar sus problemas económicos. Esa patente valdría millones.
Decidió asumir el riesgo.
A las diez de la mañana, Mikel estacionó su coche en un polígono industrial a las afueras de Trapagaran, a unos quince minutos del centro de Bilbao. El cielo gris presagiaba lluvia; el viento arrastraba bolsas de plástico que cruzaban la carretera como fantasmas deformados.
El lugar donde tenía la reunión no tenía rótulo, solo una puerta metálica pintada con grafitis.
Por culpa de sus adicciones le había tocado coquetear anteriormente con esos bajos fondos. No se sentía cómodo, pero sabía moverse.
Al entrar, notó cómo la temperatura bajaba varios grados.
Tres hombres lo esperaban en una mesa larga, iluminados por un fluorescente que parpadeaba. No eran amigos. No eran socios. Eran hombres a los que sólo se acudía cuando ya no quedaban más opciones.
Mikel tragó saliva.
—No solemos tratar con gente que no conocemos, pero has pagado un buen adelanto —dijo el que estaba en el centro.
Era un tipo calvo con una cicatriz que le cruzaba la mejilla.
—¿Qué quieres exactamente?
Mikel respiró hondo. Sabía que aquello era un punto de no retorno.
—Necesito ayuda para un trabajo —dijo, intentando que la voz no le temblara—. Es en Almería. En el Cabo de Gata. Un terreno abandonado. Quiero… investigar algo allí. Pero puedo encontrarme… problemas. Y si los encontráramos quiero tener la garantía de que podríais solucionarlos.
Los hombres se miraron entre sí.
—¿Qué clase de problemas? —preguntó el de la cicatriz.
Mikel apretó los puños. Era alguien mucho más inteligente que la media y se había endeudado por enésima vez buscando la que, esta vez sí, iba a ser la solución definitiva de todos sus problemas.
No mencionaría la caborita. Ni su origen. Ni el motivo por el que estaba seguro de que había algo valioso enterrado allí.
—Vigilancia —respondió—. Habrá seguridad privada. Y necesito discreción absoluta. Solo eso.
—¿Y qué sacamos nosotros? —dijo otro, encendiéndose un cigarrillo.
Mikel deslizó una carpeta por la mesa. Dentro, un contrato. Un pago por adelantado. Y para él mismo una promesa que lo quemaba por dentro: que recuperaría lo que era suyo, lo que le había arrebatado la vida.
El de la cicatriz la abrió, la revisó y asintió.
—Lo tendrás —dijo—. Pero recuerda… cuando entramos en un asunto, no nos gusta salir a medias.
Mikel sintió un escalofrío detrás del esternón. Había querido controlar la situación, pero estaba claro que ya no controlaba nada.
—No habrá problema —mintió.
Cuando salió del edificio, la lluvia comenzó a caer con furia, como si quisiera borrar su rastro. Se apoyó en el coche y respiró profundamente, intentando convencerse de que aún podía dar marcha atrás.
Pero era mentira.
Había cruzado la línea.
Y, mientras arrancaba, una única idea se repetía en su cabeza como un mantra envenenado:
Víctor me lo debe. El mundo me lo debe. Y yo voy a recuperar lo que me pertenece, sea como sea.