El secreto del Cabo 26 — MADRID. 2015
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26 — MADRID. 2015

Diez años antes de la muerte de Juana Martín.

Llegó el día de la reunión en Madrid. La notificación había sido escueta. Una dirección en el centro. Cerca de la Plaza de Castilla. Sin logos oficiales, sin membrete, sin teléfono de contacto. Solo una frase:

Víctor quería pensar que sería algún departamento del Estado interesado en su investigación sobre el nuevo mineral.

Tal vez un ministerio, un instituto geológico, un centro de innovación.

Esa ilusión lo sostuvo durante las seis horas de viaje.

Aunque por el tono de voz de la llamada y el secretismo con que le habían insistido que lo llevara, en su interior estaba convencido de que no iba a ser así.

Cuando llegó, esa ilusión terminó de morir en la puerta.

El edificio no tenía placa, ni rótulo, ni indicación alguna.

Solo una fachada gris, silenciosa, que parecía observarlo.

En la puerta solo estaba el guardia de seguridad que, tras pedirle el DNI y comprobar una lista, le abrió paso como si ya lo estuvieran esperando.

Víctor tragó saliva.

Un ascensor lo llevó hasta un piso intermedio donde el aire olía a papel viejo y a decisiones que nunca se registraban por escrito.

Una mujer sin expresión le indicó una sala.

—Espere dentro —dijo.

No hubo cortesías. Ni agua. Ni preguntas preliminares.

Víctor entró.

En la sala había un hombre de traje oscuro. No alzó la vista cuando Víctor entró. Estaba revisando un expediente grueso, de tapas negras. Aunque estaba sentado se veía que era alto y fuerte. El hombre fijó los ojos en él.

—Siéntese.

Víctor obedeció, incómodo. Algo en ese hombre, en su postura inmóvil, en la frialdad de la habitación, le hizo sentir que había cometido un error al venir pero que peor habría sido no hacerlo. Estaba en un callejón sin salida.

—Hemos seguido su trabajo —comenzó el hombre sin nombre sin presentarse—. Demasiado de cerca, quizá.

Pasó una página del expediente. Víctor vio su nombre escrito. Su empresa. Su domicilio en Almería. Fotos suyas entrando y saliendo de Solay Dynamics.

—¿Creía que no nos íbamos a dar cuenta?

Víctor no contestó. El pulso se le aceleró. Aún no había hablado.

—Este «mineral» que dice haber encontrado —prosiguió el hombre— no debe avanzar más. Ni en su empresa ni en su vida personal. Es un proyecto que se termina hoy.

Víctor intentó mantener la calma.

—No entiendo nada. ¿Quiénes son ustedes? ¿Es del gobierno?

El hombre levantó por primera vez la mirada. Tenía unos ojos inexpresivos, tan tranquilos que inquietaban.

—No es relevante quiénes somos —respondió—. Lo relevante es lo que está a punto de perder si usted y su amigo el geólogo continúan con sus pruebas.

Dio un leve toque al expediente con los dedos.

—Tiene una exitosa carrera. Una empresa de prestigio internacional. Varios de sus brillantes empleados participan activamente en la investigación. Mucha gente depende de que usted no cometa errores: Mikel Usurbil, Alonso Garrido, Leire Fernández…

Víctor sintió un nudo en el estómago.

—¿Es una amenaza? Soy un ciudadano libre, no he cometido ningún delito. No sé quiénes son ustedes, pero si son del gobierno, pienso llamar a la policía, a la prensa o a quien haga falta en cuanto salga por esa puerta.

El hombre sin nombre sonrió, pero sin alegría.

—No, no lo hará. Esto es una… advertencia. No tiene nada que ganar si sigue por ese camino. Nada. Ninguna puerta que quiera abrir le va a convenir. Y otras puertas —hizo una pausa— ya se están cerrando.

Un silencio denso cayó entre ellos.

—Le recomiendo dejar el proyecto inmediatamente —añadió—. Y olvidarlo. Por completo. No contactar con medios. No registrar nada. No hablar con nadie. No preguntar más. Solo… dejarlo morir. Si no, nosotros lo haremos por usted, y le garantizo que no le va a gustar.

Víctor no dijo nada. No podía. Algo dentro de él comprendió que ese hombre no estaba exagerando, ni lanzando amenazas vacías. Que aquel edificio no pertenecía a ningún ministerio que quisiera ayudarlo. Que había tocado un nervio del Estado. Una cloaca. Un bajo fondo.

Cuando el hombre cerró el expediente, la reunión terminó.

—Una buena decisión ahora sería marcharse —dijo simplemente.

—Sois el CNI, ¿verdad? Estáis protegiendo intereses políticos de multinacionales no dejándome progresar. Encima amenazando a un ciudadano de vuestro propio país… Es asqueroso —dijo Víctor sacando una extraña mezcla de valentía y rabia de su interior.

El hombre no se inmutó ni lo más mínimo.

—A lo largo del día de hoy nos aseguraremos de que el mensaje le haya quedado lo suficientemente claro.

Víctor salió del edificio con una sensación de vacío que no recordaba haber tenido nunca. Quizás no era vacío. Era miedo.

Hasta el aire le parecía distinto, como si hubiera cruzado a un mundo donde las reglas ya no le pertenecían.

Condujo de vuelta a Almería sin apenas sentir el volante. La carretera se estiraba como una línea infinita. Cada kilómetro le pesaba más.

Llegó a su casa bien entrada la tarde.

Acababa de meter el coche en el garaje cuando recibió en su móvil una llamada de Juana.

Eso no era normal.

—Hola Juana, ¿pasa algo? Qué raro que me llames a estas horas un día de diario.

—Víctor… hay algo que tienes que saber.

Su voz sonaba especialmente preocupada.

Él sintió un escalofrío antes de que ella hablara.

—Es sobre Alonso. Alonso Garrido. El geólogo que trabaja contigo.

El mundo se contrajo. No podía ser verdad.

—¿Qué ha pasado? —preguntó sin reconocer su propia voz.

La mujer respiró hondo.

—Ha tenido un accidente. Encontraron su cuerpo esta tarde en el Cabo, en el agua, dentro de la Cueva de las Palomas.

Parece que estaba haciendo el sendero de la Molata.

Un resbalón, eso dicen… Cayó por una zona escarpada directo al mar.

Los servicios de rescate llegaron tarde. Estaba flotando entre las rocas.

Víctor se tambaleó. Tuvo que apoyarse en la pared.

Alonso conocía esas rutas de memoria. Hacía senderismo cada semana. Nunca iba solo. Nunca arriesgaba.

Y justo hoy… Hoy, después de su reunión en Madrid… Hoy después de que aquel hombre le dijera que antes de acabar el día se aseguraría de que había entendido el mensaje…

Este era el mensaje.

Juana continuó:

—Dicen que fue un accidente. Pero… no sé, Víctor, es todo muy extraño. Estaba solo. No llevaba su móvil. Y la mochila apareció treinta metros más adelante de donde supuestamente cayó.

Víctor cerró los ojos.

Había recibido una amenaza para detener el proyecto. Y al volver, su compañero de investigación estaba muerto.

Las dos líneas se unieron en un solo pensamiento: no era un accidente.

No le quedó otra opción. Lo había entendido. El descubrimiento, su proyecto, la caborita, el mineral que podía cambiarlo todo, nunca iba a ser suyo. Sus baterías de almacenamiento de energía revolucionarias nunca iban a ver la luz.

Había fuerzas que no permitirían que existiera. No importaba lo científico, no importaba el progreso, no importaba mejorar el medio ambiente… solo los intereses económicos y políticos, esos intereses ocultos que mueven el mundo.

Si seguía adelante, él sería el siguiente en caer por un barranco. El mensaje le había llegado. Víctor lo había entendido:

—Es una pena lo que ha pasado. Por favor, me vas contando. Siento mucho no poder ayudarte, Juana.