25 — ALMERIA. 2015
Diez años antes de la muerte de Juana Martín.
Mikel había aprendido a medir el tiempo por señales que no figuraban en ningún calendario.
El número de llamadas perdidas del banco.
La manera en que su mujer dejaba de preguntar para no discutir.
La expresión del camarero cuando él pedía «lo de siempre» sin mirar la carta.
El zumbido del móvil a horas intempestivas.
El silencio justo antes de que alguien, al otro lado, pronunciara su nombre.
Aquella tarde el calor era insoportable en Almería.
A finales de verano siempre era así. El aire no refresca ni al caer el sol y el asfalto parece guardar la memoria del calor del día.
Mikel había salido de las oficinas de Solar Dynamics con una carpeta bajo el brazo, demasiado fina para contener algo importante y demasiado pesada para parecer inocua.
Caminó dos manzanas sin rumbo, como si su cuerpo necesitara distancia antes de aceptar lo que iba a hacer.
Las pruebas finales en las que él había participado.
El resultado.
El pequeño informe que Alonso había redactado.
No era un «podría funcionar». No era un «sería interesante».
Era un «funciona».
Mikel se detuvo junto a un escaparate apagado. En el cristal se reflejaba su propia cara: cuarenta años. Ojeras de cincuenta, piel seca, el pelo sin fuerza. Lo que más le golpeó no fue verse mal. Fue verse ajeno. Como si el que estaba ahí no fuera él, sino el resto de lo que quedaba.
Siguió caminando.
Había jurado que nunca más se metería en nada raro. Que pagaría sus deudas con trabajo. Que dejaría el juego. Que no volvería a aceptar favores. Que no volvería a dar un paso en falso.
Pero aquel favor no había sido un favor. Había sido una llave.
Y ahora la puerta se estaba abriendo.
No llamó desde el móvil. Eso lo había aprendido rápido. El hombre sin nombre no lo había pedido, ni siquiera lo había sugerido, pero Mikel ya entendía las reglas: el miedo no necesita instrucciones, se organiza solo.
Entró en un bar pequeño cerca del paseo marítimo.
Uno de esos sitios de barra pegajosa y televisión siempre encendida, donde nadie mira a nadie más de dos segundos.
Saludó con un gesto automático, pidió un café que no le apetecía y se fue directo al fondo, donde aún sobrevivía un teléfono público de monedas. Viejo. Desgastado. Invisible.
Metió una moneda. Marcó.
No era un número normal. Era un código, una secuencia que le habían dado una sola vez. Tres tonos. Una pausa. Dos tonos. Un último número.
A la segunda señal, contestaron.
—Diga.
La voz era neutra. Sin acento marcado. Sin emoción. Como si leer un parte meteorológico y decidir la muerte de alguien fueran tareas equivalentes.
Mikel tragó saliva.
—Soy Usurbil.
Un silencio mínimo.
—Le escucho.
Mikel apretó el auricular contra la oreja. El bar olía a fritanga. Dos hombres discutían en la barra por un partido repetido. Nadie miraba hacia él.
—Han salido bien —dijo Mikel—. Las pruebas definitivas… han salido bien.
—Explíquese.
Mikel sintió el impulso de adornarlo, de justificarlo, de hacerlo sonar menos definitivo. No lo hizo. Con ese hombre, cada palabra sobrante era un error.
—En Solar Dynamics hemos conseguido estabilizar el material. Lo hemos probado en ciclos de carga y descarga. No se degrada. No hay pérdida de eficiencia y la capacidad de almacenamiento está a años luz de cualquier otro tipo de batería actual. Esto lo cambia todo. Redefinirá el mundo de la energía.
Hubo otra pausa. Al otro lado se oía, muy de fondo, un sonido leve. Teclas. Un bolígrafo. Una respiración controlada.
—¿Está seguro de lo que dice?
Mikel miró hacia la puerta del bar, como si esperara que entrara alguien a detenerlo.
—He participado en todas las pruebas. He visto los datos. Hasta Alonso Garrido está asustado. Y Víctor… Víctor está como un niño con un juguete nuevo. Está convencido de que va a salvar el mundo o algo así.
La voz no se alteró.
—Bien.
Solo esa palabra.
Bien.
Como si acabaran de confirmar que el pan estaba en el horno.
Mikel sintió un vacío en el estómago.
—Entonces… ¿qué pasa ahora?
Al otro lado, la respiración siguió siendo perfecta. Demasiado perfecta.
—Ahora usted mantiene la calma y sigue con su vida normal.
Mikel apretó los dientes.
—Mi parte la he hecho. Os he informado. Os he dicho todo. Me pedisteis avances y… y esto es el avance definitivo.
—Correcto.
—Entonces ya está, ¿no? —se atrevió a decir—. Mis deudas… siguen…
—Siguen a cero.
Mikel cerró los ojos un segundo. Notó un alivio instantáneo, químico, adictivo, el mismo que había sentido la primera vez que ganó dinero en una mesa. El mismo veneno con otra etiqueta.
—Gracias —susurró.
—No me dé las gracias. Hizo lo que debía.
Mikel tragó saliva. La moneda temblaba en el cajetín, como si también escuchara.
—Yo… yo no quería meterme en nada de esto. Solo necesitaba…
—Necesitaba dinero —cortó el hombre—. Lo entiendo. El mundo está lleno de hombres que solo necesitaban algo. La diferencia es lo que hacen después.
Mikel sintió un sudor frío en la nuca.
—¿Qué queréis que haga?
La respuesta llegó sin vacilación.
—Ha llegado la hora de conocer a su amigo, Víctor.
Mikel se quedó quieto.
—¿Conocerlo? —repitió, como si no hubiera entendido—. ¿Quién? ¿Tú?
—Yo.
La voz no se presentó. No le dio un nombre. No le ofreció una explicación. Solo esa certeza.
Mikel notó que el aire del bar se espesaba.
—Pero… —dijo—. ¿Para qué? ¿Qué va a hacerle?
—Nada que a usted le importe —dijo el hombre sin nombre.
Mikel apretó el auricular con más fuerza.
—Víctor no sabe nada de esto.
—Lo sabemos.
—Si lo descubre…
—No lo descubrirá si usted hace lo que se le dice.
El corazón de Mikel empezó a golpearle en el pecho con una fuerza ridícula. Miró de reojo al camarero. Nadie parecía escuchar. Nadie parecía mirar. La normalidad era un decorado.
—¿Y Alonso?
Un silencio.
—Alonso no nos interesa todavía.
La palabra «todavía» le arañó la garganta.
—Pero… él es el que ha encontrado…
—No se confunda —dijo el hombre sin nombre—. No estamos hablando de ciencia. Estamos hablando de control. Y la pieza clave es el empresario. Mientras Gutiérrez colabore nadie más tendrá problemas.
Mikel tragó saliva. Quiso preguntar más. Quiso saber qué iba a pasar. Quiso escuchar una frase que sonara a no le haremos daño a nadie.
Pero sabía que esa frase no existía.
—No intente ser más listo que los demás, Usurbil. No intente salvar a nadie. Usted no es un héroe. Usted es un canal. Y los canales, cuando se atascan, se limpian.
Mikel apretó los ojos.
—Lo entiendo.
La línea se cortó.
Mikel se quedó un segundo con el auricular pegado a la oreja, escuchando solo el tono muerto. Luego colgó despacio, como si ese gesto pudiera evitar que lo que acababa de pasar fuera real.
Volvió a la barra, pagó el café sin haberlo probado y salió a la calle.
Almería seguía igual. Gente paseando. Niños corriendo. Coches buscando aparcamiento. La ciudad indiferente.
Mikel caminó hacia el paseo marítimo con la mirada perdida.
Pensó en Víctor. En su entusiasmo. En esa manera de hablar del futuro como si fuera una cosa que se podía tocar. Pensó en Alonso, en su mirada de hombre obsesionado que por fin encuentra sentido a una vida entera. Pensó en sí mismo, y en lo fácil que había sido venderse.
Miró hacia el mar. El cielo ya estaba naranja.
La estampa era preciosa. El faro de fondo, el sonido de las olas del mar.
Quiso llorar. No le salió.
Mikel entendió una cosa con una claridad que le dio asco:
que su deuda más grande ya no era de dinero.
Había vendido su alma al diablo.