El secreto del Cabo 24 — ALMERIA. 19 de abril de 2025
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24 — ALMERIA. 19 de abril de 2025

Cinco días antes de la muerte de Juana Martín.

El silencio en la casa de Juana pesaba como un derrumbe.

Las palabras que Víctor acababa de confesar seguían flotando en el aire: la caborita, Pablo, la empresa, las mentiras que ella nunca imaginó que podían esconderse detrás de esa fachada de éxito.

El mundo, de golpe, parece más pequeño. Y más peligroso.

Cuando Víctor terminó de contárselo todo, Juana se quedó en silencio. No era incredulidad. Era algo peor: una certeza que por fin tenía nombre.

Víctor no se atrevió a mirarla.

—El geólogo también murió por esto… Tres muertos, Víctor. Tres vidas —dijo finalmente Juana con la mirada perdida—. Esto no va a parar. Y no van a dejar que nadie llegue a la verdad.

Víctor, agotado, parecía más frágil que nunca.

—Por eso accedí a volver. Por eso necesitaba contártelo. Tú eras la única que podía… que podía entenderlo. Si no lo he hecho antes, ha sido por protegerte, a ti y a tu familia. Pero ya no puedo más. No puede seguir muriendo gente.

Juana negó despacio.

—No. Los únicos que podemos llegar al fondo somos los dos juntos. Nadie más. Tenemos que pararlo y que se sepa la verdad. Por Pablo y por todos. Han amenazado a mi hija. Quien sea que esté detrás tiene que caer.

—Pero ¿cómo? Son capaces de todo, ya lo has visto —la interrumpió él.

Ella esbozó una sonrisa amarga.

—Me han sacado del caso. Pregunté demasiado. Vino un tipo de Madrid y me echaron. Estoy fuera. Aunque eso, nos da una ventaja. No tengo ataduras ni supervisión. Además, Miguel me está ayudando; fue el que me dio la información para encontrarte.

—¿Estás diciendo que…?

—Que a partir de ahora será extraoficial. Y si alguien intenta frenarnos, ya sé que no será por casualidad.

Víctor cerró los ojos un instante. No era alivio, era miedo compartido.

Juana sacó una libreta de un cajón.

—Vamos a repasar qué tenemos.

Por primera vez en días había esperanza en su tono de voz.

—Tenemos unos tipos del gobierno, presumiblemente del CNI, que me amenazaron hace diez años y que sospechamos están detrás de la muerte del geólogo Alonso Garrido —dijo Víctor comenzando a recuperar la compostura.

—Y tenemos el vigilante asesinado en tu terreno de Rodalquilar, donde sabemos que hay caborita. Cinco días después, Pablo tiene un accidente en el Cabo justo el día en que te llama por teléfono por primera vez en diez años para justamente hablar del fallecido en ese terreno.

—No veo la razón por la cual el gobierno iba a reactivar un asunto que llevaba totalmente enterrado durante diez años. ¿Para qué hacer ruido de algo que no quieres que exista? ¿Asesinar al alcalde de Almería? Todo por ocultar un descubrimiento científico… No cuadra.

—Esa es la gran pregunta, Víctor. Creo que tenemos que volver a Rodalquilar. Es el punto donde nos falta la conexión —dijo Juana.

Juana esa noche apenas pudo dormir. Habían quedado a la mañana temprano.

El terreno de Víctor estaba desierto.

Las montañas bajas de Rodalquilar caían sobre ellos como un espectro familiar. Hacía calor, pero Juana sentía frío en los brazos. Había estado allí hacía apenas unos días, investigando algo que todavía no entendía. Ahora, tras la confesión de Víctor, todo adquiría un nuevo significado.

Víctor caminó por delante, con pasos cortos, tensos. Recorrieron la caseta del vigilante y exploraron el resto del terreno.

—No es aquí. No en la superficie —dijo—. Si buscaban algo sería en las minas. Si alguien conocía que había aquí, sabría que la caborita no estaba a simple vista. Hay que adentrarse en las minas. Alonso me enseñó dónde se encontraba el filón.

Las minas estaban completamente abandonadas. Era un lugar carente de toda seguridad. Alonso le había llevado dentro durante el proceso de obtención de las muestras de caborita. Durante los últimos diez años pensaba que era un lugar al que jamás regresaría.

Bajaron con linternas. El aire era denso, cargado de humedad y óxido. Cada paso reverberaba como si alguien les siguiera desde la oscuridad. Avanzaron bastante por un túnel hacia el corazón de la montaña.

—Aquí —susurró Víctor—. Esta cámara está justo debajo del terreno. Aquí se encontró la caborita.

Era un rincón húmedo, cubierto de polvo. Había un pequeño desprendimiento reciente. Juana iluminó el suelo buscando algo que no debiera estar ahí.

Estuvieron bastante rato buscando alguna huella, algo fuera de lugar que les diera una pista, una esperanza. Todo estaba como removido, no daba la sensación de que hiciera diez años que no entraba nadie ahí.

De repente Juana lo vio. Había algo metálico que brillaba.

Unas llaves. Un llavero con dos llaves. Solo tenían una etiqueta de plástico negro con algo escrito:

GARAJE PADURA.

Juana lo tomó con los dedos, sintiendo el frío del metal.

Garaje Padura. Dos palabras que en principio no significaban nada en unas llaves perdidas en una mina abandonada en Almería.

Víctor inhaló hondo.

—¿Te dice algo? —preguntó Juana.

Juana se agachó, analizando las llaves como si el propio llavero fuese capaz de hablarle.

—No, pero aquí no hay nada más —dijo al fin—. ¿Quién demonios baja a una mina abandonada y pierde un llavero? A no ser que saliesen de aquí a toda prisa. A no ser que ocurriera un forcejeo, una caída… algo que los obligó a salir sin mirar atrás.

—Salgamos y pensemos —indicó Víctor.

Una vez fuera de las minas, volvieron a observar el llavero juntos.

—Vamos a buscar en los mapas de Google, a ver si Padura es un lugar —dijo Víctor sacando su móvil—. No es un pueblo, pero hay varias calles que se llaman Padura en el País Vasco… Sodupe, Arrigorriaga, y… no te lo vas a creer…

Juana le miró con inquietud.

—Calle Padura, en Elorrio. Elorrio es donde vive Mikel. No puede ser casualidad…

—Tenemos que confirmarlo. Déjame hacer una llamada.

Juana llamó a Miguel a la comandancia. Le explicó el hallazgo.

—En unos minutos Miguel me va a enviar la lista de propietarios de garajes en esa calle de Elorrio.

La espera se hizo eterna. El silencio y la tensión inundaban todo. No hablaron nada durante ese rato. Aún había heridas sin sanar.

A los pocos minutos llegó el mensaje de Miguel. Analizaron la lista los dos concienzudamente.

—No hay nada… No está su nombre ni ningún otro que me resulte familiar —dijo Víctor.

—Cuando estuve en su casa, vi que convivía con una mujer. ¿Sabes cómo se llama? —preguntó Juana.

—Si no ha cambiado, su mujer se llamaba Iratxe, Iratxe… y un apellido muy vasco —Víctor se golpeaba la cabeza intentando recordar.

—¿Iratxe Azurmendi?

—Correcto, eso es —exclamó Víctor con entusiasmo.

—Aquí la tienes. Es propietaria de un garaje en la calle Padura, en Elorrio. Esto vuelve a señalarnos en una dirección. Hacia una persona.

Víctor no dijo su nombre. No hizo falta.

Juana apretó las llaves dentro del puño. Sintió la chispa de algo que no era solo rabia. Era decisión.

—Todo nos lleva otra vez al norte, a Mikel Usurbil.