El secreto del Cabo 23 — ELORRIO. 2014
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23 — ELORRIO. 2014

Doce años antes de la muerte de Juana Martín.

A Mikel Usurbil siempre le había gustado volver al caserío en verano.

No por nostalgia. No por la familia. Ni siquiera por el aire limpio que olía a hierba húmeda y a leña vieja.

Volvía porque allí, entre prados y niebla, podía fingir que su vida en Almería —la empresa, las tensiones con Víctor, las adicciones, las discusiones con su mujer, las noches largas de insomnio— no existía.

Era una mentira cómoda.

Ese año, además, lo necesitaba más que nunca.

Su mujer se quedó en Almería disfrutando del sol y la playa. A él eso nunca le gustó.

En el interior del caserío hacía fresco.

Las paredes gruesas de piedra aislaban del calor de agosto, y el silencio era tan denso que a veces se oía el tic-tac del reloj del pasillo como si fuera una amenaza.

Mikel desayunó solo, de pie, un yogur y dos galletas.

No tenía hambre. Llevaba semanas sin tenerla.

En la mesa, junto al cenicero, descansaba el móvil.

El aparato no sonaba, pero él lo miraba cada pocos segundos como si pudiera explotar.

Había mensajes sin leer. Números que no tenía guardados. Llamadas perdidas de madrugada. Voces que, cuando respondía, no decían nada y colgaban.

Y luego en su mente estaba siempre el gran proyecto: la caborita.

No sabía si el nombre le daba más miedo por lo ridículo o por lo real.

La palabra sonaba a mineral inventado, a capricho de laboratorio.

Pero él había visto las muestras, las pruebas.

Había visto a Alonso Garrido con esa mirada obsesiva de científico que ha encontrado algo que le justifica la vida.

Y había visto a Víctor —Víctor, el de siempre, el de las ideas grandes— se había tomado esta como ninguna otra desde que lo conocía.

Mikel era un gran ingeniero, un gran profesional del mundo de la tecnología y además sabía reconocer una oportunidad cuando la olía.

Y también sabía reconocer el peligro.

Solar Dynamics era una empresa joven, sí, pero no era una start-up cualquiera. Tenía dinero, contactos y, sobre todo, un fundador que no sabía retirarse a tiempo. Víctor iba a empujar aquello hasta el final. Su ego le impediría hacer lo contrario.

Y si lo empujaba, Mikel había decidido que iba a estar en medio.

Él era parte del proyecto, aunque nadie lo admitiera en voz alta. Porque había visto demasiado. Y porque, desde hacía meses, su vida estaba sostenida sobre una cuerda floja de la que ya no podía bajarse.

Las deudas de juego no eran una cifra. Eran una jaula.

La primera vez que apostó seriamente había sido casi por diversión. Un partido, dos, una racha buena, la sensación infantil de que el mundo se ponía a tu favor. Después llegaron las pérdidas y, con ellas, la necesidad de recuperar lo perdido. Luego la vergüenza. Luego el secreto. Luego el pánico.

Y, al final, la gente que no te llama para recordarte una deuda: te llama para recordarte que tienes familia.

Mikel se frotó los ojos con fuerza. Volvió a mirar el móvil.

No sonó.

Y, aun así, el nudo en el estómago no se aflojó.

Fue entonces cuando oyó el coche.

Un motor acercándose por el camino de grava, despacio, sin prisas, como si supiera exactamente a dónde iba. Mikel se tensó de inmediato. Caminó hasta la ventana y apartó un poco la cortina.

Un vehículo oscuro, sobrio, sin distintivos. Ni demasiado nuevo ni demasiado viejo. No era de alquiler. No era de un vecino.

Aparcó a pocos metros del porche.

Durante un segundo, Mikel pensó en no abrir.

En fingir que no estaba.

En dejarlo pasar.

Pero el coche apagó el motor y, aun así, el conductor no se movió. Se quedó dentro, como si esperara que Mikel saliera a recibirle.

Mikel notó cómo el pulso le subía a la garganta.

Volvió a mirar el móvil, por puro reflejo, y esta vez sí vio una notificación nueva en la pantalla:

«Sal. Estoy fuera.»

No había número. Solo el texto.

Y, sin saber por qué, lo peor no fue el mensaje.

Lo peor fue entender que esa persona que estaba ahí fuera era realmente peligrosa.

Mikel abrió la puerta.

El aire de fuera olía a hierba cortada y a lluvia reciente. En el porche, el silencio era de campo, de pueblo donde nada pasa.

La puerta del coche se abrió con suavidad.

El hombre que salió imponía con su sola presencia. Transmitía seguridad y convicción.

Traje oscuro, sin corbata. Zapatos limpios que no correspondían con la grava del camino. Pelo corto. Un rostro sin rasgos llamativos, como si estuviera diseñado para no ser recordado.

Caminó hacia el porche sin apresurarse, mirando alrededor con una tranquilidad que no era propia de un desconocido.

—Mikel Usurbil —dijo, sin preguntar.

Mikel no contestó.

—¿Puedo pasar?

—¿Quién es usted? —logró decir Mikel, con la voz más fina de lo que le habría gustado.

El hombre sonrió apenas, lo mínimo.

—Alguien que puede resolverte un problema.

Mikel sintió un escalofrío.

—Yo no… no sé de qué me habla.

El hombre sin nombre dio un paso más, lo justo para que Mikel entendiera que aquello no era una visita que se pudiera cortar con educación.

—Tú sabes exactamente de qué hablo —dijo—. Las deudas no desaparecen en verano por irte de vacaciones a mil kilómetros.

Mikel apretó la mandíbula.

—¿Quién le ha dicho eso?

El hombre lo miró como si esa pregunta fuera ingenua.

—Déjame entrar, Usurbil. No quiero hablar de esto en un porche.

Cuando él cruzó el umbral, Mikel sintió que algo se cerraba, aunque la puerta siguiera abierta.

El hombre sin nombre se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla sin pedir permiso.

—Bonito sitio —comentó observando el interior—. Tranquilo. Aislado. Perfecto para hablar de cosas que no deben salir de aquí.

Mikel se quedó de pie, sin saber qué hacer con las manos.

—No le conozco.

—Es mejor así.

El hombre se acercó a la mesa de la cocina, miró el móvil de Mikel, el cenicero, el yogur a medio terminar.

—No has dejado de fumar.

No era una pregunta. Mikel notó cómo se le erizaba la piel.

—¿Qué quiere?

El hombre se sentó.

—Quiero hacer un trato.

Mikel soltó una risa nerviosa.

—¿Un trato? ¿Con quién?

El hombre sostuvo su mirada.

—Con alguien que trabaja para que ciertas cosas no ocurran.

Mikel sintió una presión fría en el pecho.

—¿Eres policía? ¿Del gobierno?

—No te interesa —dijo el hombre con calma.

El silencio se llenó de una palabra que Mikel no quería pronunciar, porque pronunciarla era hacerla real.

—No eres un mafioso, ni nadie que haya venido a saldar una deuda —dijo Mikel.

El hombre sin nombre no lo confirmó. No lo negó.

Solo dijo:

—Hay una lista de lugares que el Estado vigila de forma discreta. Lugares que no deben volver a generar problemas.

Mikel frunció el ceño, confuso.

—¿Eso qué tiene que ver conmigo?

El hombre apoyó los codos en la mesa.

—En 1965, en las minas de Rodalquilar se encontró algo. Hubo un informe. Un análisis. Un hallazgo que no interesó en ese momento… pero que se archivó como se archivan las cosas importantes: sin ruido y con sello oficial.

Mikel sintió un vuelco.

—¿La caborita…?

—No sé de qué me hablas —dijo el hombre, cortante por primera vez—. Lo que sé es que, si de mi depende, y por desgracia para ti así es, nunca existirá.

Mikel tragó saliva.

—Yo no… yo no tengo nada que ver con eso.

El hombre lo miró con una paciencia casi didáctica.

—Trabajas en Solar Dynamics.

Mikel se tensó.

—Soy… soy un empleado.

—Eres el eslabón débil —dijo el hombre sin adornos—. Y eso te convierte en el más útil.

Mikel sintió que la cocina se le hacía pequeña.

—Le repito: no sé de qué me está hablando.

El hombre sacó el móvil del bolsillo. No era el mismo modelo que el de Mikel. Era más simple, más discreto. Lo dejó sobre la mesa y lo deslizó hacia él.

En la pantalla había una fotografía.

Mikel en una sala de apuestas, de noche, con la cara desencajada.

Otra, saliendo de un coche en un polígono.

Otra, sentado frente a un tipo al que Mikel no quería recordar.

Mikel apartó el móvil como si quemara.

—¿Me está… siguiendo?

—No te sigo a ti —corrigió él—. Sigo a lo que puede ayudar a mis intereses.

Mikel notó la garganta seca.

—¿Qué intereses?

El hombre sin nombre lo observó unos segundos, midiendo cuánto podía decir sin decir demasiado.

—Digamos que en tu empresa estáis haciendo algo que no deberíais en las minas de Rodalquilar y tú te vas a asegurar de que yo esté informado de todos los avances al momento.

Mikel tragó saliva.

—¿Está diciendo que…?

—Estoy diciendo que habéis comprado un terreno en una zona sospechosa y estáis haciendo algún tipo de trabajo que no deberíais con esa cosa que se encontró en 1965 y tú vas a ayudarme a pararlo.

Mikel sintió náuseas.

—Eso es… eso es traición.

El hombre sonrió, sin alegría.

—Eso es política. Tú y yo no estamos aquí para discutir de moralidad, Mikel. Estamos aquí para hablar de tu futuro inmediato.

Mikel apretó los puños.

—No pienso… No voy a hacer nada.

El hombre asintió, como si ya esperara esa respuesta.

—Entonces hablemos de tus deudas.

El nombre de su problema real. El que no podía negar.

—¿Cuánto es? Dímelo, no seas tímido —dijo el hombre sin nombre con una amplia sonrisa.

Mikel dudó, pero la vergüenza ya no le servía de nada.

—Ciento… ciento veinte mil.

El hombre no se inmutó.

—Eso no es una cifra. Es una condena.

Mikel cerró los ojos un instante.

—No puedo pagarlo.

—No —dijo el hombre sin nombre—. Pero yo sí puedo hacer que desaparezca.

Mikel abrió los ojos.

—¿Cómo?

Él se inclinó ligeramente hacia delante.

—Con una llamada. Con un ingreso. Con un favor. Da igual. Lo importante es que, mañana, tu problema se habrá esfumado.

Mikel sintió un golpe de esperanza tan brutal que le dio asco.

—¿Y solo a cambio de información?

El hombre no sonrió.

—Correcto. A cambio, vas a contarme todo lo que ocurra en Solar Dynamics.

Mikel tragó saliva.

—¿Qué… todo?

—Reuniones. Progresos. Pruebas. Ubicaciones. Nombres. Fechas. Cualquier cosa que tenga que ver con ese terreno, con las minas, y con lo que Víctor Gutiérrez pretenda hacer con ello.

Mikel negó con la cabeza.

—No sé si voy a poder… Víctor está en todo… No se le escapa una.

—Sí —dijo el hombre con calma—. Si vas a poder, porque es la única manera de salvarte.

Mikel se levantó, incapaz de quedarse quieto.

—¿Y si digo que no?

El hombre esperó. No tenía prisa.

—Si dices que no, seguirás debiendo ese dinero. Y la gente a la que se lo debes… no es paciente. No negocia. No entiende de vacaciones.

Mikel notó un temblor en las piernas.

—Tengo familia.

—Lo sé.

La frase le cayó encima como un bloque de hielo.

Mikel se quedó mirando al hombre sin nombre, con una mezcla de rabia y derrota.

—¿Por qué yo?

Él lo observó con frialdad.

—Porque tú ya estabas perdido antes de que yo llamara a tu puerta. Yo solo vengo a utilizar lo que tú me has mostrado: una debilidad.

Mikel apretó los dientes.

—¿Y qué pasa con Víctor? ¿Con Alonso? ¿Los va a…?

El hombre ladeó la cabeza.

—No se te permite hacer preguntas.

Mikel sintió un pico de pánico.

—¿Los va a matar?

El hombre se levantó. Se colocó la chaqueta con calma.

—Dependerá de lo que hagan.

Mikel respiró hondo, como si intentara llenarse de valor.

—Esto es una locura.

—No —dijo el hombre—. Esto es un sistema funcionando.

Caminó hacia la puerta.

Antes de abrir, se giró y miró a los ojos.

—A partir de hoy, cuando un número extraño te llame, contestas. Cuando te pida algo, lo das. Cuando te diga que guardes silencio, callas.

Mikel no se movió.

—Y una cosa más, Usurbil —añadió el hombre, ya con la mano en el pomo—. No intentes usar esto para convertirte en alguien importante. No eres el protagonista. Eres el canal.

Mikel sintió un ardor en los ojos.

—¿Y si… si confieso?

El hombre lo miró como si Mikel acabara de contar un chiste malo.

—No confesarás. Porque no tienes pruebas. Y porque, si lo intentas, nadie sabrá nunca por qué tu vida se rompe de golpe.

Abrió la puerta.

El aire frío entró en la cocina.

—¿Cómo… cómo te llamas? —preguntó Mikel, y odió su propia necesidad de ponerle nombre al monstruo.

El hombre sin nombre lo observó un segundo.

—No te interesa —dijo.

Y salió.

El coche arrancó sin ruido, se perdió por el camino de grava y desapareció entre los árboles como si nunca hubiera estado allí.

Mikel se quedó solo en la cocina, con el móvil sobre la mesa, con el pecho apretado y la certeza de que acababa de venderse por algo tan miserable como seguir vivo.

Minutos después, su teléfono vibró.

Un mensaje de un número desconocido:

«Mañana tus deudas dejarán de existir. Empiezas a trabajar para mí.»

Mikel miró la pantalla sin parpadear.

En el caserío, el silencio volvió a ocuparlo todo.

Pero ya no era un silencio tranquilo.

Era un silencio vigilado.