22 — ALMERIA. 15 de abril de 2025
Nueve días antes de la muerte de Juana Martín.
El cielo de Almería amaneció gris, como si supiera que Pablo Soto ya no estaba.
Juana caminó despacio hacia la entrada al tanatorio.
Había ido andando, su casa quedaba a solo diez minutos.
Les dijo a Luis y Julia que no quería que fueran porque habría prensa y muchos políticos.
Ese día no llevaba maquillaje. No tenía fuerzas para nada.
Atravesó el enjambre de periodistas y fotógrafos sin contestar a nada. Se había pedido privacidad. Se quería que el funeral fuera lo más íntimo posible teniendo en cuenta que se trataba del alcalde de la ciudad.
La familia de Pablo estaba reunida en la sala número uno, la más grande del tanatorio. Sus padres, encogidos, aferrados el uno al otro como si temieran romperse; su hermana, con el rostro devastado; y su mujer… estaba completamente destrozada.
La viuda de Pablo dio un paso al frente al ver a Juana. No dijo nada. Solo abrió los brazos y ella, sin pensarlo, se dejó abrazar.
—No puedo creerlo —susurró la mujer, con la voz fracturada—. No puede ser verdad. No se merecía esto. Yo no quiero perderle. Es tan injusto.
Juana tragó saliva.
—Lo sé. Pablo era… era imposible no quererlo.
Se quedaron así unos segundos, respirando el dolor de la otra, sintiendo que algo se les escapaba para siempre.
Juana tenía los ojos fijos en el ataúd de madera clara. Estaba cerrado por petición de la familia.
La mujer de Pablo olía a colonia suave, la misma que Pablo había mencionado una noche, entre risas, cuando hablaban de sus cosas. Ya nunca más escucharía esa risa.
Juana se acercó al cristal con paso lento, intentando no mirar directamente el féretro. Sabía que, en cuanto lo hiciera, algo dentro de ella se rompería para siempre.
La familia de Pablo estaba al frente. Su madre, diminuta, agarrada al brazo del marido como si ese gesto fuese lo único que la mantenía de pie. El padre, rígido, mirada vacía, los nudillos blancos sobre el pañuelo arrugado. No lloraba, pero parecía estar derrumbándose por dentro.
—Gracias por venir —susurró la madre, con la voz hecha pedazos.
Juana solo asintió. Tenía un nudo en la garganta que no sabía deshacer.
El funeral avanzó entre susurros y sollozos. El sacerdote habló de la luz, del recuerdo, de lo injusto que resultaba despedir a alguien tan joven y de la vida que le esperaba en el más allá.
Juana tenía algo claro: aquello seguro que no era el funeral que Pablo hubiera querido.
Él no era creyente ni practicante. No podía culpar a su familia por haberlo hecho así.
Si ella hubiera estado en su lugar seguramente no lo habría hecho mejor.
La familia quería que fuera lo más rápido posible.
Librarse de la prensa y los políticos cuanto antes y poder ir a casa a llorar en paz.
Juana apenas escuchaba el sepelio. Su mente se aferraba a algo que se repetía como un eco: esto no fue un accidente.
Pablo había muerto solo, en circunstancias que no encajaban. Lo sabía. Estaba segura.
Todos se despidieron del féretro, paso previo a la incineración que nadie quiso presenciar. Demasiado dolor.
Cuando salieron, la brisa del Mediterráneo se sentía diferente. Más áspera. Más grave. La mujer de Pablo volvió a tomarle la mano.
—Él te quería mucho. Lo sé.
Juana sintió la punzada en el pecho. Recordó a Pablo joven, de niños. Su amigo de la infancia.
Se despidió dándole a la madre de Pablo un beso en la mejilla. Otro para su padre junto con un apretón de manos. Y un último abrazo a la mujer que ahora empezaba una vida sin su compañero. Al alejarse, sintió que cargaba con un peso nuevo, uno que no estaba dispuesta a ignorar.
Cuando iba hacia el coche, se le acercó por detrás una figura familiar, su jefe y mentor.
—No te he visto dentro del tanatorio, en el funeral —indicó Juana.
—No he querido entrar. Ya había demasiada gente —dijo Miguel.
—Entonces, ¿qué haces aquí? —preguntó Juana.
—He venido a verte a ti, a ver cómo estabas. Con lo de Pablo, no hemos hablado de lo que pasó ayer con el tipo aquel de Madrid. Estoy preocupado por ti.
—No estoy en mi mejor momento como te puedes imaginar.
Me han amenazado a mí, a mi hija, y ahora mi mejor amigo de la infancia está muerto.
Un asesinato ocurre en un terreno que pertenecía a mi otro mejor amigo, el cual lleva desaparecido voluntariamente diez años.
Si pretendes que crea que todo es casualidad, sabes que no vas a convencerme.
Juana estaba realmente abatida.
—Lo sé, y por eso he venido a ofrecerte ayuda. No como tu jefe, sino como tu amigo y policía que soy. Sigo teniendo dudas de que estés en lo cierto, pero voy a confiar en ti.
—¿Ayuda? ¿Me estás insinuando que vamos a investigar el caso de forma extraoficial?
La expresión en el rostro de Juana cambió por completo.
—No es exactamente así. Tú vas a investigar el caso —afirmó Miguel con rotundidad—. Solo si estás dispuesta. Sabes que hay riesgo en todo esto, no hace falta que yo te lo diga. Y no solo para ti.
—Lo sé y lo asumo. Tengo claro cuál es el siguiente paso y quién es la única persona que nos puede ayudar a encajarlo todo.
La seguridad en la mirada de Juana no dejaba lugar a dudas.
—Tú dirás, soy todo oídos —dijo Miguel.
—Necesito que investigues el pasaporte de Víctor Gutiérrez. Tenemos que encontrarlo hoy mismo. Informa en la comandancia que estoy de vacaciones, que necesito un descanso tras lo que ha pasado con Pablo. A nadie le parecerá raro. Así podré viajar de inmediato a donde sea que Víctor esté.
Ambos se marcharon de aquel encuentro con el pacto cerrado. Ya no había marcha atrás.
Al llegar al coche, Juana apoyó ambas manos en el techo, respiró hondo y cerró los ojos.
Nadie le aseguraba que Julia estaba a salvo, ni siquiera que ella misma lo estuviera.
Tenía que hacerlo.
Ya no era una posibilidad.
Era una necesidad.
Víctor había desaparecido del mapa, escondiéndose en algún rincón del mundo al que nadie tenía acceso. Pero Juana dijo basta.
Iba a encontrarlo.