El secreto del Cabo 21 — TABERNAS. 2012
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21 — TABERNAS. 2012

Trece años antes de la muerte de Juana Martín.

A Mikel Usurbil le gustaba el ruido.

No el ruido de la calle ni el de los bares, sino el otro: el zumbido constante de las máquinas, el tecleo de una oficina en marcha, el murmullo de una empresa que todavía se creía a salvo del mundo.

En Solar Dynamics, el aire tenía esa electricidad de las cosas nuevas: paneles solares que aún olían a fábrica, cajas sin desempacar en los pasillos, planos pegados con cinta en paredes de pladur y un equipo pequeño con hambre de demostrar algo.

Era un ruido limpio.

Y, sin embargo, desde hacía meses, el ruido que Mikel llevaba dentro lo tapaba todo.

Empezaba siempre igual: una idea pequeña, una punzada, una voz suave que prometía que esta vez sería distinto.

Un partido. Un directo de madrugada. Un triple en el último segundo.

Una cuota absurda que, por alguna razón, su mente convertía en certeza.

Después venía la euforia, el latigazo químico, la sensación de control. Y luego, inevitablemente, la caída.

Lo había intentado dejar.

Lo había intentado de verdad.

Había borrado aplicaciones, había prometido a su mujer que no volvería a hacerlo, había pasado semanas sin entrar en una casa de apuestas. Pero la abstinencia no era solo no jugar: era soportar el mundo sin esa grieta por la que escapaba.

Y el mundo, para Mikel, se estaba cerrando.

Aquella mañana, antes de ir a Tabernas, se desvió por una calle secundaria de Almería, cerca de la avenida Sierra Alhamilla; se trataba de un polígono industrial que había vivido mejores tiempos.

Aparcó en la puerta de un local con la persiana medio bajada y un neón apagado y medio roto. Dentro olía a rancio y a desesperación.

No jugó.

Ese día no.

Solo fue a pagar parte de lo que debía.

El hombre que lo esperaba no era un matón de película. Ni cadenas, ni tatuajes, ni amenazas teatrales. Era algo peor: alguien normal. Alguien que no se alteraba. Alguien que te miraba como si tu vida fuera una cifra y nada más.

—No es suficiente —dijo, sin levantar la voz.

Mikel dejó el sobre sobre la mesa. Billetes arrugados. Efectivo sacado en pequeñas tandas, lo justo para que el banco no hiciera preguntas.

—Es lo que tengo ahora.

El hombre abrió el sobre, contó sin prisa y volvió a cerrarlo.

—La semana que viene, más.

Mikel tragó saliva.

—Estoy intentando…

—No me cuentes tu historia —lo cortó el hombre—. Me da igual si eres adicto, si eres imbécil o si eres las dos cosas. Me debes dinero. Punto.

Mikel se llevó la mano a la frente. Sintió sudor frío en la nuca.

—Dame un poco de tiempo.

El hombre lo miró entonces. Por primera vez, con una calma casi compasiva.

—El tiempo es caro.

Mikel salió de allí con el estómago encogido y la certeza de que tras la siguiente visita no saldría tan fácil de aquel local.

En el coche, camino de Tabernas, intentó respirar como le habían enseñado en una sesión a la que fue una sola vez: inhalar, contar, exhalar. No funcionó. Las manos le temblaban sobre el volante.

Pensó en su mujer. En su caserío en Elorrio, en la hipoteca, en las paredes que él mismo había pintado. Pensó en cómo se vería esa casa vacía si algún día él desaparecía o se la quitaban.

Luego pensó en Víctor.

En la facilidad con la que Víctor hablaba de futuro, de energía, de cambiar el mundo, como si el mundo estuviera esperando a que alguien lo hiciera mejor.

Mikel sintió rabia.

Una rabia sucia, injusta, pero real.

Porque mientras Víctor soñaba, él sobrevivía.

Le utilizaba a su antojo, le daba la información a cuentagotas. Él le había seguido en su locura. Había dejado su casa para vivir a mil kilómetros. Víctor era un egoísta. Le lastraba su potencial.

En Solar Dynamics era un día normal, un día más. Tabernas tenía esa belleza áspera que resultaba tan atractiva: montañas recortadas, tierra rojiza, dunas fosilizadas. El edificio de la empresa parecía una anomalía en medio de esa nada: limpio, funcional, brillante en contraste con el paisaje.

Mikel aparcó, se bajó y se obligó a sonreír.

En cuanto cruzó la puerta, el ruido bueno lo envolvió.

—¡Eh, Mikel! —le saludó Leire desde su mesa.

Él levantó una mano.

—Buenos días.

Se sentó en su puesto y encendió el ordenador. Tenía acceso a casi todo. Había sido el tipo útil: sistemas, redes, organización interna, proyectos de innovación… El que hacía que las cosas funcionaran. El que arreglaba los problemas sin que nadie supiera ni siquiera que habían existido.

Al principio le había gustado esa sensación.

Luego empezó a parecerle que era invisible.

Esa mañana, sin embargo, notó algo diferente.

No fue un cambio obvio. Fue una suma de detalles: un pasillo donde antes se hablaba y ahora se susurraba, una puerta cerrada que solía estar abierta, una conversación que se interrumpía cuando él entraba.

Mikel miró hacia el despacho de Víctor.

La puerta estaba entornada. Vio a Víctor y a Alonso Garrido dentro, de pie, inclinados sobre una mesa. Había mapas desplegados. Fotografías. Un portátil abierto con gráficos que Mikel no entendió.

Pero entendió otra cosa.

Entendió el gesto de ambos.

Esa concentración no era la de un proyecto normal.

Eso era secreto e importante.

Mikel tragó saliva.

No era la primera vez que escuchaba el nombre de Rodalquilar flotando entre frases cortadas. No era la primera vez que veía a Alonso entrar con una mochila llena de muestras y salir con el rostro más pálido de lo habitual, como si hubiera visto algo que no debía existir.

Durante semanas se había dicho que no era asunto suyo.

Que su trabajo era desarrollar paneles solares más eficientes, desarrollar productos que pudieran vender.

No hacerse preguntas. Víctor financiaba el proyecto de aquel geólogo y de vez en cuando le hacían preguntas a él, pero nada que le hubiera llamado la atención hasta el momento.

Solo que esas reuniones entre Víctor y Alonso iban cada vez a más.

Pero esa mañana, con el hombre al que le había dado el sobre todavía en su cabeza, la curiosidad se mezcló con una idea nueva: necesidad.

Necesitaba una salida.

Y una salida, en la mente de un adicto acorralado, siempre se parece a una apuesta.

A última hora de la tarde, cuando la oficina empezó a vaciarse, Mikel se levantó con aparente normalidad y caminó hacia la sala de servidores.

No era raro. Nadie lo miraba.

Entró, cerró la puerta y se quedó quieto unos segundos, escuchando su propia respiración. El aire allí dentro era más frío y olía a metal y a ventiladores. Ese lugar siempre le había dado paz.

Ese día le dio vértigo.

Abrió una consola, revisó accesos recientes.

Y allí estaba.

Una carpeta nueva, con permisos restringidos.

Una carpeta que no debía existir en un sistema tan pequeño si no había algo grande detrás.

Mikel se quedó mirando el nombre, sin tocarlo. No por ética, sino por miedo. Como si al abrirlo fuera a activar una alarma invisible.

Luego recordó el rostro del hombre del sobre, tan tranquilo.

Recordó la palabra «tiempo».

Y esa misma ansiedad que lo había llevado a apuestas imposibles empezó a empujarlo otra vez.

Solo un vistazo.

Solo para entender.

Solo por si acaso.

Cuando abrió la carpeta, el mundo se detuvo un segundo.

No vio la fórmula que lo cambiaría todo. No vio un manual. No vio una explicación completa.

Vio pedazos.

Mapas con coordenadas.

Informes preliminares de laboratorio.

Fotografías de un mineral oscuro, opaco, con anotaciones al margen.

Y una palabra que aparecía repetida por todas partes:

Caborita.

Mikel sintió que se le secaba la boca.

No entendía lo que era, pero entendía el tono. Entendía la obsesión en las notas de Alonso. Entendía la urgencia en los correos internos. Entendía que aquello no era un capricho académico: era algo que Víctor quería convertir en producto.

En negocio.

En futuro.

Mikel respiró hondo. Por fin ató todos los cabos y entendió qué es lo que Víctor pretendía.