20 — CABO DE GATA. 24 de abril de 2025
Día de la muerte de Juana Martín .
Juana estaba en el Cabo de Gata, donde el viento barre la tierra como si quisiera borrar cualquier rastro.
La Torre de la Vela Blanca se alzaba a unos metros, inmóvil, recortada contra un atardecer limpio. Abajo, el mar azul turquesa golpeaba las rocas con una calma insultante, ajeno a todo.
A su alrededor había cuerpos. Uno quieto, demasiado quieto, tendido sobre la grava. Otros vivos, pero rotos: respiraciones cortadas, sollozos ahogados, miradas que pedían una salida que ya no existía.
Y frente a ella, él.
El responsable de todo.
No gritaba. No perdía los nervios. No necesitaba hacerlo. Hablaba con una serenidad fría, como si lo que estaba a punto de ocurrir fuese inevitable, casi lógico. Como si el mundo se gobernara así: con silencios impuestos y finales decididos por otros.
Juana apretó el arma con fuerza.
No pensó en sí misma.
Pensó en lo único que importaba.
La primera explosión de violencia fue rápida, confusa: un forcejeo, un golpe, un grito que rebotó contra la torre. Por un instante, el tiempo pareció abrirse. Una ventana mínima. Una posibilidad.
Juana disparó.
El aire se llenó de polvo y de un olor metálico.
Alguien cayó.
Pero él no se detuvo.
Se giró hacia ella con la misma calma con la que uno se ajusta una chaqueta. Alzó su arma como si ya supiera el lugar exacto al que apuntar.
Juana intentó reaccionar.
No llegó.
El disparo sonó seco. Cercano. Brutal.
Sintió el impacto en el pecho como una mano gigantesca empujándola hacia atrás. El mundo se inclinó. La luz del atardecer se partió en fragmentos. La tierra subió para recibirla.
Cayó boca arriba, mirando el cielo.
No oyó el mar.
No oyó las voces.
Solo un zumbido creciente… y, atravesándolo todo, un sonido extraño allí arriba, en mitad de la nada: unas sirenas lejanas, subiendo por la carretera hacia la torre, cada vez más cerca.
Y luego, oscuridad.