El secreto del Cabo 20 — ALMERIA. 14 de abril de 2025
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20 — ALMERIA. 14 de abril de 2025

Día de la muerte de Pablo Soto .

Habían pasado dos días desde su viaje al País Vasco y la amenaza aún le retumbaba en la cabeza cada vez que intentaba cerrar los ojos.

Habían revisado las cámaras de seguridad del área de servicio mil veces.

Ni una matrícula repetida. Ni una sombra sospechosa.

Nadie recordaba haber visto nada raro cerca de su coche.

El sobre había aparecido como un fantasma.

Y los fantasmas no dejan pistas.

Aquella noche Juana se desveló a las tres y media.

Se quedó mirando el techo, inmóvil, sintiendo que algo se le escapaba como agua entre los dedos.

Había una verdad enterrada bajo capas de silencio, de intereses, de decisiones que otros habían tomado.

Pero ¿cómo seguir una investigación cuando todo parecía construido para frenarla?

Se había cruzado una línea entre lo personal y lo profesional. El nombre de su hija estaba en una amenaza anónima. ¿Quién podría llegar a ese punto? ¿Qué es lo que se estaba intentando ocultar?

Cuando llegó a la comandancia, no tuvo tiempo ni de sentarse en su silla. Miguel la llamó con un gesto corto y seco.

—A mi despacho. Ya.

El tono no admitía dudas. Le sorprendió muchísimo, ya que él mismo le había indicado que se tomara el día anterior libre, le había ofrecido cualquier tipo de ayuda. Esa frase y su rostro mostraban ahora una actitud completamente diferente esa mañana.

Juana entró y se sorprendió al ver que no estaban solos.

Había un hombre apoyado en la ventana, traje oscuro impecable y la camisa sin una arruga.

No llevaba corbata, pero su presencia imponía más que cualquier uniforme.

Delgado pero muy musculado, estatura superior a la media, de unos cincuenta años quizás…

y con unos ojos que no parpadeaban nunca.

Tenía esa expresión de quien no pregunta: ordena.

—Siéntate, Juana —dijo Miguel, sin ocultar su incomodidad.

El desconocido ni siquiera se presentó. Caminó dos pasos hacia ella con las manos enlazadas por detrás, como si lo hubiera ensayado mil veces.

Juana no se movió.

—Preferiría quedarme así.

El hombre sin nombre soltó una sonrisa mínima, inexpresiva.

—Como quieras. Voy a ser claro —dijo, con una voz tan baja que obligaba a escuchar cada sílaba—. Cualquier investigación relacionada con el asesinato en Rodalquilar en el terreno de la antigua empresa de Víctor Gutiérrez queda fuera de tus competencias desde este mismo momento.

Juana abrió la boca para hablar, pero él alzó un dedo.

Ni siquiera la miraba con desprecio. Era peor: la miraba como si no importara.

—No insistas —añadió—. No vas a recibir más avisos.

Juana abrió la boca, pero Miguel la miró de reojo: «espera.»

—¿Y quién lo asume? —preguntó él, con una calma falsa.

—Ámbito Central, capitán. La coordinación exacta está… en revisión.

Juana frunció el ceño.

—¿Revisión? ¿Qué significa eso? ¿UCO? ¿El SIGC? ¿Quién?

El hombre sin nombre ladeó ligeramente la cabeza.

—Eso ya no es de su incumbencia —cortó con suavidad.

Juana dio un paso hacia él.

—Con todo el respeto, señor… esto no tiene sentido. Yo empecé el caso. Conozco el terreno, las circunstancias. Apartarme ahora solo va a entorpecerlo.

Él la observó con una expresión que no juzgaba… simplemente medía.

—Precisamente por eso —respondió—. Este caso va a exigir discreción. Más de la habitual. Y usted tiene tendencia a… profundizar demasiado.

Juana apretó los puños.

—¿Y qué se supone que significa eso?

El hombre sin nombre no pestañeó.

—Que no quiero que siga cavando.

Se levantó, ajustándose el pantalón.

Era un gesto innecesario. Una pausa calculada.

—Si desde Madrid se necesita algo más de ustedes, se comunicará.

Hasta entonces, no toquen nada relacionado con el caso. Ni informes. Ni testigos. Ni revisar escenarios. Esto es todo.

Se dirigió a la puerta y la cerró con un clic suave sin despedirse.

El silencio que dejó detrás fue insoportable.

Juana lo rompió:

—Miguel… ¿qué coño ha sido eso?

Miguel negó despacio.

—No lo sé. No sé si es UCO, ni si es SIGC, ni quién demonios es ese tipo. Solo sé una cosa…

Juana lo miró, tensa.

—… que huele a algo muy jodido, Juana. La acreditación de seguridad que tenía de Madrid era de muy alto nivel, algo del tipo CNI. Y quieren que estemos fuera.

Se giró, asintió brevemente a Miguel y se dispuso enfadada a salir del despacho como si el edificio fuera suyo. Miguel esperó a que la puerta se abriera para dejar escapar el aire que llevaba reteniendo.

—Juana… —se frotó la cara, agotado—. No sigas. Te lo digo como jefe… y como alguien que te aprecia. Hazme caso: no te metas ahí.

—Han amenazado a mi hija —la furia le llenaba la mirada.

—Lo sé, pero piensa que esta decisión es lo mejor para ella, en el anónimo te pedían que te apartaras, ¿verdad? Por un motivo u otro eso es lo que va a pasar. Vete ahora a casa, por favor.

Juana asintió derrotada y se marchó del despacho con un nudo en su estómago.

Salió al aparcamiento arrastrando una sensación de vacío. Todo estaba mal. Cada paso que daba parecía llevarla a una pared nueva. No podía contárselo a nadie. No podía avanzar. No podía retroceder.

Se fue a casa y se puso ropa de deporte.

Era abril en Almería, la temperatura era inmejorable.

Estaba ideal para correr por el paseo marítimo; llegó hasta la desembocadura del río Andarax.

Paró a estirar un rato y a pensar. No le gustaba, pero la frustración inicial estaba dando paso a una sensación de alivio.

Miguel tenía razón en una cosa: con ella fuera del caso, Julia estaría a salvo.

Al volver a su piso tuvo claro que hoy no cocinaría. Encargó un pollo asado y decidió desconectar e invertir la tarde en alguna comedia romántica de Netflix, algo de no pensar. El cansancio de todos aquellos días le vino de golpe, y se quedó dormida en el sofá.

Luis llegó a casa sobre las siete de la tarde y la despertó. Le sorprendió mucho encontrarla así, Juana no era una persona de las que se pasa las tardes vagueando.

—¿Qué te pasa? —preguntó con suavidad.

—Nada. No quiero hablar —respondió ella, mientras él se dejaba caer en el sofá a su lado.

Luis asintió, comprendiendo al instante.

—Vale… es trabajo, ¿no?

Juana no contestó, pero el silencio fue suficiente.

—Está bien —añadió él—. Cuando quieras aquí estoy.

—Voy a ir un rato al gimnasio del Club, ¿ok?

—Claro, lo que necesites —indicó Luis con una sonrisa sincera.

Necesitaba hablar con alguien que no la tratara como a una subordinada. No le gustaba hablar con Luis asuntos del trabajo, ni confidenciales, no quería cargarle con ese peso. Necesitaba a un amigo. Necesitaba hablar con Pablo.

Lo llamó mientras caminaba hacia su coche.

—Vamos, contéstame… —murmuró.

Nada.

Volvió a intentarlo.

Tampoco.

Él solía desaparecer muchas tardes para sus excursiones en moto por el Cabo de Gata. Lo conocía lo suficiente como para imaginarlo conduciendo por las carreteras del parque natural, con el viento golpeándole el casco y la costa brillando al fondo.

Pero aun así… Pablo siempre devolvía la llamada.

Juana iba a marcar una tercera vez cuando su móvil sonó. Era la comandancia.

Sintió un latigazo en el pecho.

—¿Sí?

—Juana… —dijo una voz temblorosa al otro lado—. Ha habido un accidente de moto en el Cabo. Un solo vehículo. El conductor ha fallecido.

Juana se quedó rígida.

—¿Quién?

Un silencio.

Un silencio demasiado largo.

—Es alguien que conoces. Lo siento mucho.

Ella notó cómo el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Dime el nombre —gritó, aunque no quería escucharlo.

Otro segundo de silencio.

Luego, la frase que le rasgó el mundo por dentro:

—Juana… es Pablo. Pablo Soto ha fallecido.

El móvil casi se le cayó de la mano.

El aire se volvió una pared espesa que no podía atravesar.

Sintió un escalofrío subirle por la columna y quedarse atrapado en la nuca.

—No… —murmuró—. No, no puede ser.