El secreto del Cabo 19 — CABO DE GATA. 14 de abril de 2025
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19 — CABO DE GATA. 14 de abril de 2025

Día de la muerte de Pablo Soto .

El gimnasio del Club estaba envuelto en un murmullo constante: el golpe de las pesas, el roce metálico de los aparatos, respiraciones forzosas y el zumbido de los ventiladores.

La luz grisácea de la mañana entraba por los ventanales, dibujando sombras que parecían moverse al ritmo de cada músculo que se tensaba y se relajaba.

Pablo trabajaba sus músculos en las máquinas con precisión y control, pero su mente estaba en otro lugar.

Cada golpe resonaba como un metrónomo, marcando los latidos de sus pensamientos: Juana, el vigilante muerto en el terreno de Víctor, y las consecuencias que aún no había podido calcular.

Sacó el móvil del bolsillo de la mochila.

Entre sus dedos descansaba un secreto cuidadosamente guardado: el número de Víctor en Nueva Zelanda.

Nadie sabía que lo tenía. Le había prometido que no lo usaría nunca, por seguridad, porque Pablo se temía lo que podría pasar.

Pero ahora la urgencia era más fuerte que cualquier pacto.

La caborita estaba detrás de todo lo que había sucedido, no había duda, y Víctor debía saberlo.

Se fue a las duchas, se vistió rápido y se encerró en su despacho del Club. Iba a hacerlo. Había tomado la decisión. Era el momento. Marcó el número conteniendo la respiración mientras escuchaba el tono de llamada, cada segundo era más largo que el anterior.

El teléfono sonó un par de veces y luego la voz de su amigo apareció, un poco cansada, pero clara.

—¿Víctor? —dijo Pablo, dejando que la familiaridad llenara el silencio del otro lado.

—Pablo… —respondió Víctor—. Qué sorpresa. ¿Cómo es que me estás llamando? Acordamos que esto no iba a pasar.

Hubo un breve silencio, roto solo por el sonido de su respiración y un leve zumbido de fondo.

—Sí… no sé ni que decir… —repitió Pablo, con una sonrisa que Víctor no podía ver, pero sí sentir a través del tono de voz—. He estado pensando mucho en este momento…

Víctor hizo una pausa, como si leyera entre líneas lo que no se decía.

—Te escucho. Si me estás llamando, entiendo que es algo muy grave. Vayamos al grano.

Otro silencio, más largo esta vez. Pablo se pasó la mano por la cara, buscando las palabras adecuadas.

—Creo que todo lo que intentaste ocultar con tu marcha, está saliendo de alguna manera. Ha muerto un vigilante en tu terreno de Rodalquilar. Han puesto a Juana a llevar el caso, está haciendo preguntas. Hasta ha viajado al País Vasco a hablar con Mikel…

Víctor suspiró al otro lado.

—Te agradezco que me llames y me avises. ¿Hay alguien más con quien hayas hablado de esto?

—No —contestó Pablo, con rotundidad—. Pero creo de verdad que todo está relacionado con la caborita.

Se hizo un silencio cargado, ambos respirando, midiendo cada palabra antes de continuar.

—Entiendo —dijo Víctor al fin, pausadamente—. Gracias por decírmelo. Eso da margen para reaccionar.

—Víctor… —Pablo bajó la voz, intentando que se sintiera cerca— ¿Estás seguro de que puedes seguir allí apartado de todo? ¿Por qué no vienes y aclaras este entuerto de una vez?

Víctor tardó un instante, y Pablo pudo escuchar cómo su amigo exhalaba profundamente antes de responder.

—Hay muchas cosas que no te pude contar. Pero de las que, si sabes, es muy importante que no las hables con nadie. Nadie es nadie. Ni Juana. La pondríamos en peligro también. Las personas que están detrás de todo esto son muy peligrosas, Pablo. No te haces una idea de cuánto.

Un silencio más, pero esta vez no era incómodo; estaba lleno de complicidad y de comprensión mutua.

—Vale —dijo Pablo al fin—. Iremos paso a paso. Pero me estás asustando muchísimo.

—Me alegro; es justo lo que pretendo. No sabes de lo que son capaces —replicó Víctor—. Mantén la calma. No pasará nada más. Juana no llegará a nada relacionado con lo que tú y yo sabemos. Ya ha muerto suficiente gente por esto.

—Pero ¿quiénes son? ¿Quién está detrás? Juana tiene razón en todas sus sospechas…

—Nunca lo supe realmente, pero es alguien del gobierno, CNI probablemente… tendrán sus intereses en que ciertas cosas no progresen, no lo sé a ciencia cierta, pero he tenido tiempo para pensar y estoy seguro de que es eso.

—Entendido, no pregunto más —confirmó Pablo, con voz firme.

Estaba aterrado.

—Bien… —Víctor asintió al otro lado, aunque Pablo no pudiera verlo.

—Te echamos de menos —dijo Pablo, con un suspiro que mezclaba alivio y tensión.

—Y yo a todos vosotros —dijo Víctor finalizando claramente la conversación.

Hubo un silencio final, un instante suspendido en el aire, antes de que colgaran, cada uno llevando consigo el peso y la esperanza de lo que acababan de compartir.

Pablo se secó el sudor de la frente. Salió al aire libre. El sol de Almería golpeaba con fuerza, y sentía que necesitaba aire. Se fue directo al aparcamiento, subió a su moto, y emprendió el camino hacia el Cabo.

Cada curva de la carretera hacía que su corazón latiera más rápido, como si cada giro acercara un paso más al descubrimiento, o al peligro. Él sabía todo lo que ocurrió, sabía la verdad. Estaba muy asustado.

Llegó al terreno de Rodalquilar. Nadie más conocía lo que se ocultaba debajo.

Esa creencia le había mantenido seguro durante los últimos diez años.

Se comenzaba a apreciar la luz del atardecer.

El lugar parecía inmóvil, pero Pablo podía sentir la tensión acumulada, la misma que Víctor había medido y contenido con su marcha.

Aparcó la moto y bajó del vehículo, recorriendo todo con la mirada. ¿Qué hacía ahí? No había nada. Solo la valla oxidada. Nada ahí recordaba a la magnitud de lo que Víctor y su equipo habían logrado.

Se volvió hacia el pueblo y se sentó en una terraza a tomar una cerveza.

El sol se estaba despidiendo, y la luz dorada del Cabo de Gata se transformaba en sombras alargadas sobre los riscos y la arena.

Apuró la caña y se subió a su moto. La carretera de vuelta a Almería estaba desierta, solo el rugido del motor y el olor a sal del Mediterráneo acompañaban su trayecto.

Con cada curva, repasaba de nuevo mentalmente todo lo que había sucedido: la conversación con Víctor, el vigilante muerto, la investigación de Juana, la conexión con la caborita… y un escalofrío recorría su cuerpo. Todo parecía estar a punto de desbordarse.

A lo lejos, por el retrovisor, una luz lo hizo frenar un instante. Un coche lo seguía, a cierta distancia, pero lo suficiente como para que su instinto se activara. Pablo aceleró un poco, pero la silueta del vehículo permanecía detrás, como un eco silencioso de amenaza.

No hizo ruido. No encendió intermitentes. Solo mantuvo la velocidad, observando los reflejos de los faros en los bordes de la carretera, sintiendo cómo la noche se cerraba a su alrededor.

«Irán perdidos y están siguiendo al que llevan delante», se dijo a sí mismo.

El viento le golpeaba la cara a través de la visera del casco. Mientras la carretera continuaba serpenteando, el coche siguió cada movimiento de su moto, silencioso, constante, implacable.

Se acercaba al mirador de la Amatista.

El coche se le acercó aún más. Todo iba muy rápido.

Una rueda de la moto pisó donde no debía.

Pablo salió disparado.

Y luego, oscuridad.