El secreto del Cabo 18 — CABO DE GATA. 2014
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18 — CABO DE GATA. 2014

Diez años antes de la muerte de Pablo Soto .

El viento de levante cruzaba Cabo de Gata como una hoja afilada.

Víctor y Pablo caminaban por el sendero que subía hacía el mirador de la Isleta desde Los Escullos.

El Mediterráneo respiraba lento, casi perezoso, como si también él estuviera agotado de tanta luz.

Era uno de sus lugares, un clásico de los domingos.

Donde hablaban de sueños, de ideas absurdas, de planes demasiado grandes para Almería.

Víctor andaba muy rápido. Pablo trataba de seguirle el ritmo, aunque llevaba todo el trayecto con una sonrisa que no podía ocultar.

Sabía que Víctor tenía algo importante que contarle. Lo había notado en la llamada de la noche anterior: esa voz contenida, ese brillo que siempre le aparecía cuando algo grande estaba a punto de ocurrir.

Se apoyaron en la valla del mirador; la vista era increíble: enfrente de ellos, los Frailes dominaban todo el valle. Al otro lado, los barcos pesqueros de la Isleta.

—Tío, esto es espectacular —dijo Víctor—. No me canso de admirar el Cabo.

—Venga, suéltalo ya. ¿Qué ha pasado? —dijo Pablo riendo.

Víctor guardó silencio unos segundos. El sol rebotaba en el mar y le iluminaba la mirada, una mezcla de agotamiento y euforia contenida.

—Ha funcionado —dijo al fin.

Pablo tardó dos segundos en entender.

—¿La prueba?

Víctor asintió, clavando los ojos en el horizonte.

—Mikel ha repetido el ciclo tres veces en un entorno de producción real. No hay pérdida. Nada. La caborita mantiene la carga como si fuera… como si fuera imposible. Como si no tuviera límites.

Pablo sonrió. Una sonrisa limpia, orgullosa, de amigo de verdad.

—Joder, Víctor. Lo has hecho.

Víctor negó con la cabeza.

—Mi gran proyecto… pero debemos tenerlo claro —se inclinó un poco, bajando la voz—. Esto no puede salir de aquí. ¿Vale? Es más grande de lo que creíamos. Mucho más grande.

Pablo entrecerró los ojos.

—Tienes que compartirlo cuanto antes.

Víctor apretó los labios.

En ese momento el silencio del Cabo era tan absoluto que parecía acompañarlos, como si también quisiera escuchar.

—Aún no; tengo que reposarlo bien —susurró—. Ni los gobiernos, ni las empresas, ni los bancos. Ni siquiera la comunidad científica. No en este punto. Si supieran lo que tenemos… Se acabó. Nos lo quitarían antes de que pudiéramos probar nada.

Pablo lo miró con atención.

No era miedo lo que veía.

Era otra cosa. Una mezcla de lucidez y de inquietud.

Víctor respiró hondo, como si inflara los pulmones con todo el mar de Cabo de Gata.

—Puedo redefinir el mundo energético, Pablo —dijo simplemente.

El viento levantó un remolino de polvo a su alrededor, como si quisiera subrayar la frase.

Comieron en el bar de los jubilados en La Isleta. La comida era espectacular como siempre. La conversación fue por otros caminos: fútbol, cotilleos, parejas sentimentales…

La sobremesa se alargó. El sol bajaba. Víctor llevaba días sin dormir, pero había una energía en él que lo sostenía. Una convicción férrea.

Después de dos gin-tonics Pablo volvió a sacar el tema de las pruebas de la caborita.

—Cuando me has dicho antes que las pruebas han ido bien en un entorno de producción, ¿a qué te refieres? —dijo Pablo con sincera curiosidad—. Sinceramente ahí me he perdido.

Víctor dejó de sonreír.

—Significa que lo hemos probado en la vida real —dijo al fin—. En Tabernas.

—¿La planta solar de pruebas?

Víctor asintió.

—Instalamos el primer módulo funcional de la batería de caborita allí. Un prototipo pequeño, pero suficiente para validar el comportamiento real. La eficiencia es… —se frotó la cara, incrédulo—. Es tremenda, Pablo. Insuperable. Ninguna batería de litio convencional puede acercarse a esto.

—¿Y cómo cojones habéis metido eso allí sin levantar sospechas?

Víctor soltó una risa leve, como quien reconoce una travesura peligrosa.

—Pedimos permiso diciendo que íbamos a instalar un sistema experimental de almacenamiento de alta densidad. Algo creíble. Mikel se encargó del papeleo. Y luego… —hizo una pausa breve—. Bueno, Mikel también encontró la manera de camuflar los datos.

—¿Camuflar?

—Para que la gente de Red Eléctrica que monitoriza la planta no vea picos extraños ni flujos de energía que no encajan.

Les llega un registro limpio, normal. La magia está enterrada muy profundo en el sistema.

Si quieren ver la verdad tienen que venir en persona, y nadie lo hace para un módulo tan pequeño.

Pablo negó con la cabeza, entre asombro y miedo.

—Estás jugando con dinamita, Víctor.

—Ya no estamos jugando —respondió él, mirando el horizonte—. Tenemos el material. Tenemos el proceso. Pablo… —volvió la vista hacia él— tenemos el mayor avance tecnológico de los últimos veinte años.

Hubo un silencio. El viento soplaba desde el mar, trayendo arena fina que se pegaba a la piel. Pablo inspiró, como si quisiera recordar para siempre el olor de aquel instante.

—Creo que ahora sí lo he entendido —afirmó al fin.

Víctor asintió y los dos amigos se sonrieron.

Víctor condujo de vuelta a Almería ya de noche, con las luces amarillas de la carretera temblando en el asfalto caliente. Tenía la mente bullendo, atrapada entre la euforia absoluta y una punzada extraña, casi imperceptible, que no sabía ubicar.

A diez minutos de llegar, el móvil vibró. Un número oculto.

Respondió sin pensar.

—¿Sí?

Una voz masculina, neutra, dura, directa.

—¿Señor Víctor Gutiérrez?

—Sí, soy yo.

Un segundo de silencio.

—Le llamo desde un departamento de seguridad del Estado. Necesitamos mantener una conversación con usted sobre algunos desarrollos recientes relacionados con Solar Dynamics.

Víctor sintió cómo se le tensaba el cuello.

—¿Quién es usted?

—No puedo dar más detalles por teléfono. Solo puedo decirle que es muy importante. Le agradeceríamos que acudiera esta semana a una reunión en Madrid. Le enviaremos un burofax oficial con la dirección y hora a la que deberá presentarse.

—¿Qué tipo de reunión? —preguntó, intentando que la voz no le temblara.

—Una reunión necesaria, señor Gutiérrez. Y le recomiendo encarecidamente que no lo comente con nadie. Recuerde esto bien. Con nadie o lo sabremos.

—Pero oiga. ¿Usted sabe quién soy yo? ¿Esto es una broma? —Víctor chillaba al altavoz del teléfono del coche.

La llamada se cortó.

Víctor siguió conduciendo sin mover un músculo, con los dedos helados alrededor del volante.

En su interior sabía que ese momento llegaría. Lo temía.

Solo esperaba haber tenido más tiempo.