17 — ALMERIA. 19 de abril de 2025
Cinco días después de la muerte de Pablo Soto .
Víctor y Juana se despidieron de manera fría el día anterior en el aeropuerto de Almería.
El viaje había sido muy largo. Cuando Víctor se encontró frente a la puerta de su antigua casa, su mente era una tormenta de sensaciones.
Era su hogar, la casa que había sido de su madre, y ahora suya.
Víctor era hijo único. Su padre murió joven y su madre meses antes de marcharse a Nueva Zelanda.
Su tía le dijo que le echaría un vistazo a la casa de vez en cuando, pero por el estado en que se encontraba todo, era evidente que llevaba años sin pasarse por allí.
La cantidad de tierra, polvo y hojas daban cuenta de ello.
Aun así, cuando cruzó la puerta y se sentó en el polvoriento sofá, se sintió en paz.
Durmió plácidamente esa noche en su antigua cama, no le afectó ni el cambio horario ni la suciedad… A pesar de todo lo que había ocurrido, de quienes ya no estaban… La sensación era de una extraña calma y bienestar.
Bajó a desayunar a la churrería del barrio. Nadie le reconoció. Churros con café y tostada. Tras el desayuno anduvo en dirección al paseo marítimo. El mar estaba en calma, como él mismo.
El paseo fue interrumpido por la vibración de su teléfono. Tenía un mensaje de Juana:
«Esta noche nos gustaría que vinieras a cenar. ¿Te va bien a las ocho? Vivo donde siempre.»
Contestó seguido sin dudar:
«Claro que sí. Muchas gracias. Allí nos vemos.»
El día se le fue de entre las manos con una rapidez asombrosa. Se dedicó a limpiar y a ordenar su casa.
Decidió ir andando a casa de Juana. Había pasado tantas veces por ese camino que casi podía recorrerlo con los ojos cerrados; aunque aquella tarde, aunque le era cercano, todo tenía un aire distinto.
La ciudad había cambiado, había evolucionado.
Víctor, sin embargo, había parado su vida diez años atrás. Por un bien mayor.
Faltaban unos metros para llegar y ya sentía el nudo en el estómago.
No sabía cómo sería ver a Julia.
La había visto crecer solo a medias. La última imagen que tenía de ella era una niña de mirada luminosa. Pero ahora… ahora era una mujer. Una que quizá no lo recordaría con cariño. Una que quizá no le perdonaba haber desaparecido tanto tiempo.
Estaba frente al portal. Respiró hondo. Llamó a la puerta.
Cuando Juana abrió, lo abrazó con una fuerza que no necesitó palabras. Olía a cocina casera y a hogar. Víctor sintió cómo algo dentro de él se aflojaba.
—Pasa, Víctor —dijo ella, acariciándole el brazo.
Julia estaba de pie junto a la mesa, los apuntes extendidos, un bolígrafo entre los dedos.
Tenía el pelo recogido en un moño suelto y una expresión que intentaba ser neutra…
pero no lo conseguía del todo. Era alta y guapísima; se parecía a su padre.
Aunque mucho mayor, aún conservaba esa mirada que él recordaba.
—Hola, Julia —saludó Víctor con una sonrisa temerosa.
Ella respondió con un asentimiento breve.
—Hola.
Un silencio incómodo se instaló durante unos segundos que parecieron minutos. Víctor notó claramente la distancia. No era rechazo, no del todo. Era… cautela. Reserva. Quizá herida.
Juana rompió la tensión sirviendo algo para beber, moviéndose por la cocina con su eficiencia habitual. Dejó una lata de cerveza frente a Víctor y le dio un pequeño golpecito en el hombro que él claramente interpretó como un gesto de cariño.
A los pocos minutos, Julia empezó a hablar. Al principio de cosas superficiales: una profesora de didáctica que le tenía manía, el grupo de prácticas que nunca se coordinaba. Víctor escuchaba intentando no parecer torpe, interviniendo de vez en cuando.
Hubo un momento en que Julia dejó escapar una risa breve por una anécdota que había contado Juana.
Fue como si ese sonido derritiera algo invisible entre ellos.
—He empezado las prácticas en el cole del cortijo grande —contó Julia, ya más suelta—. Me han puesto con los de tercero. Son terremotos, pero… —miró a Víctor de reojo— me gusta. Creo que se me da bien.
Él sonrió, sincero.
—No tengo ninguna duda, ya te decía de pequeña, que podías conseguir lo que quisieras, que el límite solo te lo pondrías tú.
Julia bajó la mirada, avergonzada pero contenta.
Ya no era fría. Ya no era distante. Solo necesitaba tiempo, pensó Víctor. El puente entre ellos podría reconstruirse.
La cena transcurrió con una naturalidad inesperada. Hablaron de horarios, de recetas, incluso de un vecino al que Juana detestaba desde hacía años. Hubo risas. Calidez. Ese tipo de calor que solo se encuentra en un lugar del que, sin saberlo, has estado demasiado lejos.
Julia se despidió para ir a dormir. Luis la siguió, diciendo que les dejaba un rato para hablar solos.
De repente la atmósfera cambió.
Juana se levantó. Cerró la puerta del salón.
Su mirada se volvió otra cosa. Más profunda. Más seria.
—Víctor —dijo, con un peso en la voz que él reconoció al instante—. Ya basta de disimular, de hacer como si no hubiera pasado. Tenemos que hablar de Pablo. Sé que no fue un accidente. Accediste a volver para ayudarme. Te he dado tu tiempo. Ahora toca hablar.
El nombre cayó como una losa.
Víctor sintió cómo se le tensaba la respiración.
—Juana… —intentó comenzar, pero ella levantó una mano.
—No me mientas. Si vas a seguir hablando, que sea para decir de una vez la verdad. Si no, puedes marcharte ahora mismo a Nueva Zelanda o a donde quieras.
Su tono era más que duro, se notaba el dolor.
—Pablo era nuestro amigo desde hace cincuenta años, Víctor. No hace falta que sigas ocultándolo, sé que hay algo más. Lo sé. Es el momento de que hablemos —sentenció Juana.
Luis reapareció con un vaso de agua en la mano.
—¿Todo bien? —preguntó, percibiendo el ambiente.
—Sí, cariño —respondió Juana, sin apartar los ojos de Víctor—. Déjanos un momento, por favor.
Luis dudó, pero obedeció.
El silencio que siguió fue denso.
Casi físico.
—Tiene que ver con tu empresa, ¿verdad? —siguió Juana con una calma inquietante—.
Dos días antes de que Pablo muriera, recibí un anónimo amenazando a mi hija.
El día que Pablo murió, un jefazo de Madrid me apartó bruscamente del caso del asesinato en tus terrenos.
No tuve otra salida que ir a buscarte esperando respuestas.
¿Me explicas ya de una vez qué está pasando?
Víctor tragó saliva. Llevaba cinco días conteniendo un océano. Cinco días huyendo de la verdad. Pero al mar no se le pueden poner barreras.
Y esa resistencia, de repente, se quebró.
—Yo tampoco creo que fuera un accidente —susurró.
Juana cerró los ojos un segundo.
No lloró. No gritó. Solo aceptó.
—¿En qué estabais metidos Pablo y tú? —preguntó.
La pregunta lo atravesó.
Y cuando habló, lo hizo desde un lugar tan profundo que su voz pareció un hilo a punto de romperse.
—Es… por la caborita.
Juana se quedó inmóvil.
—Víctor —dijo despacio—. ¿Qué es eso?
Ella notó que el muro había caído, la resistencia de su amigo se diluyó al fin.
Él sintió cómo el peso de todos esos años le caía encima.
Los secretos.
Las consecuencias.
La culpa.
Y por primera vez desde la muerte de Pablo… lloró.
—Te lo voy a contar todo —dijo con un hilo de voz.
Y la noche, detrás de las ventanas, pareció contener el aliento.